Por Carlos Anguiano
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Durante décadas, el mexicano aprendió a convivir con una idea profundamente arraigada: la de que los grandes triunfos siempre eran para otros. Que nuestro papel consistía en competir con dignidad, hacer un buen esfuerzo y regresar a casa con la satisfacción del «casi». Esa narrativa se instaló en la conversación pública, en la política, en el deporte y hasta en nuestra forma de imaginar el futuro. Pero algo distinto parece estar ocurriendo. Una frase, breve y poderosa, comenzó a recorrer el país durante esta Copa del Mundo: «¿Y si sí?»
No es únicamente un lema futbolístico. Es una expresión que resume un cambio de actitud. Representa la posibilidad de sustituir la resignación por la confianza; el conformismo por la aspiración; el miedo al fracaso por la disposición a intentar lo extraordinario.
Quizá parezca exagerado afirmar que cuatro partidos ganados por la Selección Mexicana han fortalecido más el sentido de identidad y pertenencia de millones de personas que décadas enteras de discursos políticos. Sin embargo, basta observar las calles, las plazas, las redes sociales y las conversaciones cotidianas para entender que el deporte, cuando conecta con las emociones colectivas, logra algo que pocas instituciones consiguen: hacer que personas muy distintas se sientan parte de una misma historia.
Los partidos políticos han intentado construir identidad mediante ideologías, campañas, programas y símbolos. Los gobiernos lo han buscado a través de obras, políticas públicas y narrativas nacionales. Algunas iniciativas han dado resultados; muchas otras han quedado atrapadas en la polarización. El futbol, en cambio, logró durante unas semanas suspender diferencias políticas, económicas, religiosas y sociales. Millones de mexicanos volvieron a mirarse como parte de un mismo equipo.
Eso tiene un enorme valor cultural. La felicidad de un pueblo no puede sostenerse únicamente en el crecimiento económico ni en los indicadores de desarrollo. Necesita también referentes morales, principios compartidos, valores cívicos y símbolos capaces de alimentar la esperanza colectiva. Las sociedades avanzan cuando creen que pueden hacerlo. El «¿Y si sí?» expresa precisamente esa confianza renovada.
No significa pensar que todo está resuelto. Tampoco implica ignorar los enormes desafíos que enfrenta México en materia de seguridad, educación, salud, justicia o desigualdad. Significa algo mucho más profundo: dejar de asumir que el fracaso es nuestro destino inevitable. Porque México ya ganó mucho antes del resultado final del torneo. Ganó al convertirse en el anfitrión que ofreció, probablemente, la experiencia mundialista más alegre, vibrante y económicamente dinámica entre las tres naciones organizadoras.
Ganó al mostrar al mundo una imagen de hospitalidad, organización, calidez humana y capacidad logística que sorprendió incluso a quienes mantenían prejuicios sobre nuestro país. Ganó porque millones de visitantes regresarán hablando de la sonrisa de nuestra gente, de nuestra gastronomía, de nuestras ciudades, de nuestra cultura y de una celebración que difícilmente olvidarán. Ganó porque confirmó que México no solamente es un gran destino turístico: es una nación indispensable para el turismo mundial, capaz de competir con cualquiera cuando trabaja con profesionalismo y cuando sociedad y gobierno avanzan en la misma dirección.
En realidad, lo que haga la Selección en los próximos días será únicamente la cereza del pastel. El verdadero triunfo ya ocurrió. Ocurrió cuando millones de mexicanos dejaron de preguntarse por qué no podían y comenzaron a preguntarse: ¿Y si sí? Ese cambio de mentalidad puede parecer pequeño, pero la historia demuestra que las grandes transformaciones comienzan precisamente así: cuando una sociedad modifica la conversación que sostiene consigo misma.
Los pueblos que progresan no son aquellos que nunca tropiezan. Son aquellos que aprenden a imaginar un futuro distinto y trabajan para alcanzarlo. Hoy México transmite una imagen diferente ante el mundo. Está de moda. Se habla de nuestro país con admiración, curiosidad y entusiasmo. Pero conviene recordar que esa reputación no nació por casualidad ni pertenece exclusivamente a un gobierno, a una administración o a una generación de futbolistas. La construimos entre todos.
La construimos quienes recibieron con una sonrisa a los visitantes, quienes trabajaron para que cada ciudad funcionara, quienes mostraron nuestra cultura con orgullo y quienes, desde cualquier rincón del país, demostraron que la mayor fortaleza de México sigue siendo su gente.
Ojalá que cuando termine el Mundial no olvidemos la lección. Porque el desafío más importante no será ganar un campeonato. Será conservar para siempre esa nueva convicción colectiva que hoy comienza a abrirse paso en nuestra conciencia nacional. La pregunta ya no debería limitarse al futbol. Debería acompañarnos cada vez que pensemos en el país que queremos construir. Porque las naciones cambian cuando cambian las ideas con las que sus ciudadanos imaginan el porvenir.
Y quizá, después de todo… ¿Y si sí?
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