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EL RUIDO DE LAS COSAS PEQUEÑAS

Por Mariana Navarro

Había una casa con muchas ventanas.

Nadie recordaba quién había abierto la primera, pero con los años se había convertido en un lugar peculiar: por una entraba música; por otra, noticias de tierras lejanas; por aquella del fondo, inventos; y por la más pequeña, algunas ideas que todavía no tenían nombre.

La gente llegaba, dejaba algo sobre la mesa y seguía su camino.

Funcionaba.

Hasta que apareció el ruido.

Al principio fue pequeño.

Tan pequeño que nadie consideró necesario mencionarlo.

Tac.

Después:

Tac. Tac.

Luego:

Tac. Tac. Tac.

Una mujer que acostumbraba sentarse junto a la ventana levantó la mirada.

No dijo nada.

Había aprendido que algunos ruidos desaparecen cuando descubren que nadie los escucha.

Pero éste no.

El ruido tenía una cualidad singular:

se consideraba mensaje.

Tac.

Y como nadie respondía:

Tac, tac.

Parecía convencido de que la insistencia podía transformar cualquier cosa en importancia.

La mujer siguió leyendo.

Aquello debió desconcertarlo.

Durante mucho tiempo, el ruido había conseguido un efecto bastante predecible: alguien preguntaba qué sucedía, otro protestaba, un tercero intentaba corregirlo y, de pronto, toda la habitación estaba hablando del ruido.

Era una técnica eficaz.

No hacía falta tener razón.

Bastaba con conseguir centralidad.

Pero aquella tarde nadie acudió.

Entonces ocurrió un fenómeno interesante.

Apareció otro ruido.

Y después otro.

No eran iguales, aunque compartían cierta necesidad de ocupar el silencio.

Tac.

Tac-tac.

TAC.

Por momentos parecía que competían entre ellos para demostrar cuál resultaba más indispensable.

La mujer dejó el libro sobre sus piernas y los observó.

Sonrió.

Había descubierto algo:

cuando el ruido no consigue audiencia, busca compañía.

Y la encuentra.

Siempre existe otro ruido dispuesto a confundir coincidencia con relevancia.

Durante unos minutos la habitación se llenó de ecos.

Pero entonces alguien abrió una ventana.

Entró una conversación sobre el futuro.

Por otra llegó una historia.

Después alguien dejó sobre la mesa una idea nueva.

Y ocurrió lo inesperado:

la casa continuó existiendo.

Los ruidos seguían allí.

Pero habían dejado de ser el centro.

Nadie los había censurado.

Nadie los había enfrentado.

Nadie necesitó demostrarles que eran ruido.

Simplemente habían aparecido cosas más interesantes que escuchar.

La mujer volvió a su libro.

Afuera se escuchó otra vez:

Tac.

Pasó la página.

Tac, tac.

Siguió leyendo.

TAC.

Entonces sonrió.

No porque el ruido hubiera cesado.

Sino porque acababa de descubrir que el silencio también podía ser una decisión.

Terminó su lectura cuando comenzaba a oscurecer.

Cerró el libro, se levantó y dejó la habitación.

Detrás de ella continuaron los pequeños ruidos.

No parecieron advertir su ausencia.

Siguieron haciendo lo que mejor sabían hacer:

ruido.

La casa, en cambio, siguió llena de música, historias, conversaciones e ideas.

A la mañana siguiente, cuando la mujer regresó, encontró todo exactamente en su sitio.

Incluso el ruido.

Seguía allí.

Tac.

Ella abrió su libro por la página señalada.

Y comprendió que algunas cosas no necesitan ser vencidas.

Basta con aprender qué merece nuestra atención.

Pasó la página.

El ruido volvió a sonar.

Esta vez,

ya no interrumpió nada.

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Fragmento del libro Cronología inversa, de Mariana Navarro


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