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El laberinto de los espejos frente al poder

Por Cap. En situación de retiro I. Hernández Luna.

Estimados lectores de La Verdad Jalisco:

La sociedad actual se encuentra atrapada en un laberinto de espejos frente a la crisis política que atraviesa el país. Lo que en otras épocas se manifestaba como una indignación colectiva o una movilización unificada, hoy se ha transformado en un fenómeno mucho más complejo, fragmentado y, en cierta medida, alarmante: una mezcla de polarización atrincherada, fatiga crónica y una preocupante apatía cívica.

El primer rasgo evidente de nuestra postura social es la división casi simétrica de la conversación pública. Pareciera que ya no compartimos un país real, sino dos versiones irreconciliables del mismo. Para un sector, las decisiones gubernamentales representan un avance histórico hacia la justicia social; para el otro, un desmantelamiento institucional sin precedentes. Esta polarización no es una simple diferencia de opiniones, sino un estado de trinchera ideológica donde el diálogo constructivo ha muerto. Ya no se debate para convencer o para encontrar un punto medio, sino para aniquilar verbalmente al contrario. En este escenario, la verdad se ha vuelto secundaria; lo único que importa es la lealtad al relato del propio bando.

Sin embargo, debajo del ruido ensordecedor de las redes sociales y los discursos políticos, late una corriente subterránea mucho más generalizada: el hartazgo. Existe una inmensa mayoría silenciosa que experimenta una profunda fatiga democrática. Para el ciudadano de a pie, la crisis política no se mide en reformas constitucionales ni en debates legislativos, sino en la persistencia de los problemas cotidianos que nadie resuelve: la inseguridad que no da tregua, la inflación que devora el salario y un tejido social que se deshilacha día con día. Esta desconexión entre la agenda de la clase política, obsesionada con el poder, y las necesidades reales de la población ha generado una peligrosa normalización de la crisis. Cuando el escándalo y la inestabilidad se vuelven el pan de cada día, la sociedad termina por anestesiarse.

El mayor peligro de esta postura social no es la rabia, sino el cinismo y la resignación. Al asumir que «todos los políticos son iguales» o que «nada va a cambiar», la sociedad abdica de su rol como contrapeso y se convierte en espectadora pasiva de su propio destino. La política ha dejado de verse como una herramienta de transformación colectiva para transformarse en un espectáculo ajeno y desagradable, del cual muchos prefieren desconectarse para proteger su salud mental.

A modo de reflexión, la actual crisis política no es solo responsabilidad de quienes ocupan los cargos públicos; es también un espejo que nos devuelve el reflejo de nuestras propias carencias como comunidad. Una sociedad que renuncia a la exigencia rigurosa, que prefiere el fanatismo a la autocrítica y que cambia la participación ciudadana por el desinterés, está condenada a perpetuar el ciclo de sus crisis. El verdadero desafío actual no es solo cambiar a los actores en el poder, sino reconstruir la postura de la sociedad: transitar de la polarización estéril y la apatía hacia una ciudadanía activa, crítica y, sobre todo, empática. Debemos recordar que el país se construye desde abajo, mucho más allá de las urnas y los discursos oficiales. Eso digo yo, ¿usted qué opina?


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