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La estupidez según Borges


Por Jorge Eduardo García Pulido

Para evitar ofensas y situarnos en un terreno de reflexión, es vital comprender la estupidez no como un insulto, sino desde su origen profundo: la decisión voluntaria de suspender el pensamiento crítico, ese dejarse adormecer por el bullicio de la masa. Jorge Luis Borges, el genio literario que habitaba entre laberintos de tiempo y espejos, sentía un profundo rechazo por el fútbol. Lo veía como un juego que anulaba al individuo. Para él, este deporte era popular simplemente porque la estupidez es popular; un espectáculo ruidoso que sepultaba la razón bajo el peso de un resultado.

Si miramos hacia atrás, a aquel Mundial de 1978, recordaremos que las calles de Buenos Aires vibraban con un fervor que fue utilizado como un velo oscuro. La dictadura militar se sirvió de esa pasión desbordada para maquillar una realidad de fractura y dolor social; un dolor profundo que inevitablemente preparó el terreno para la tragedia y que desembocaría pocos años después en la absurda e injusta Guerra de las Malvinas. Ese es el peligro del fanatismo que Borges advertía: su poder letal para nublar la vista de todo un país. Hoy, la sociedad argentina, atravesando carencias económicas severas en pleno siglo veintiuno, sigue aferrada a esa pelota como un salvavidas emocional.

Pero la verdadera añoranza que hoy nos embarga no proviene de aquel evento en el sur, sino de nuestra propia memoria. Existe una nostalgia profunda por las experiencias mundialistas que México supo vivir en el pasado, aquellas que eran auténticas fiestas para el pueblo. Hoy, el mundo ha cambiado y ese rito romántico del barrio, accesible y compartido en la calle, se desvanece frente a nuestras narices.

En su célebre obra “El Aleph”, el maestro describió un punto luminoso que contenía todos los rincones del universo al mismo tiempo. Las pantallas de este Mundial de Norteamérica 2026 intentan ser nuestro propio Aleph, prometiendo una hermandad global que es, en el fondo, una ilusión pasajera. Las gradas de estos estadios compartidos exponen una frialdad distinta. Las distancias no son solo geográficas, son políticas y sociales. Vivimos un torneo donde la relación entre los gobiernos de México y Estados Unidos respira una de sus tensiones más ásperas, envuelta en un clima diplomático sumamente complejo, y sin embargo, el espectáculo finge una unidad comercial que nadie siente propia en el corazón.

Ese desencuentro se refleja en el ánimo de nuestro país. El fútbol ya no es el refugio de nuestra gente. Esa goma pegajosa del aturdimiento de la que es tan difícil desprenderse ha mutado de dueño. La estupidez se ha vuelto un artículo de lujo. Las élites, aquellas que antes miraban de reojo la euforia popular, ahora compran su boleto a la irracionalidad a precios exorbitantes. Es una insensatez de etiqueta, donde se grita y se sufre por una camiseta desde palcos inalcanzables, mientras el ciudadano común, asfixiado por el día a día, observa cómo le han arrebatado su tradición.

En medio de esta vorágine que lo devora todo, resulta un respiro profundo constatar que esa fiebre no logró arrastrar a la máxima investidura del país. Hay que celebrar que la presidenta Claudia Sheinbaum haya declinado ese codiciado palco de honor ofrecido por la FIFA. Ese gesto de total congruencia es un acto de cordura en tiempos de ruido; una forma de recordar que la prioridad de una nación no se juega en una cancha de pasto, ni se rinde al mejor postor de las federaciones.

Frente al estruendo de un Mundial elitista, la decisión de mantener la distancia es, quizá, la mejor respuesta a la advertencia que Borges nos dejó: no ceder nuestro intelecto a la turba, ni permitir que la pasión ciega anestesie nuestra realidad. Tal vez, si logramos mirar más allá del espejismo, descubramos que el acto más rebelde frente a esta maquinaria no sea otro que, sutilmente, apagar la pantalla y dejar de aplaudir.


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