Jorge Eduardo García Pulido
Resulta paradójico que a menos de un mes de que el balón ruede en la Copa del Mundo 2026 las calles de Guadalajara luzcan con un semblante de apatía que raya en el olvido. Mientras el comité organizador y las autoridades estatales se esfuerzan por proyectar una imagen de preparación total mediante el Plan Kukulcán en materia de seguridad o la inversión de 400 millones de pesos en infraestructura, la realidad en las banquetas es muy distinta. El ciudadano camina entre el Centro Histórico y la zona de la Minerva sin percibir ese pulso eléctrico que suele anticipar a la máxima fiesta del fútbol.
Esta desconexión no es gratuita. Los aspectos legales y normativos han jugado un papel restrictivo en la atmósfera urbana. Las reformas al Reglamento de Anuncios y el Reglamento de Imagen Urbana para el Municipio de Guadalajara, actualizadas apenas en marzo de 2026, mantienen un control férreo sobre la publicidad exterior. Esta rigidez reglamentaria sumada a los estrictos lineamientos de propiedad intelectual de la FIFA ha limitado la apropiación comercial y popular de los espacios. No hay banderas asomando por cada balcón ni una explosión visual en los comercios locales, pues el temor a sanciones por publicidad no autorizada o fuera de norma ha silenciado la creatividad tapatía.
A lo anterior se suma una crítica social creciente encabezada por voces que advierten sobre las desigualdades que el evento acentúa. La percepción de una ciudad dividida se fortalece cuando las inversiones se concentran en zonas turísticas o en el perímetro del Estadio Guadalajara, mientras colonias populares enfrentan crisis de servicios básicos como el agua. Las restricciones operativas en el Centro, como el cierre de estacionamientos subterráneos en Plaza de la Liberación y Plaza Fundadores debido a la instalación del FIFA Fan-Fest, han generado más molestia logística que entusiasmo festivo entre los habitantes que deben sortear el tráfico diario.
Incluso los recientes sucesos de seguridad en la región han inyectado una dosis de cautela que apaga cualquier asomo de júbilo espontáneo. Al respecto, las delegaciones diplomáticas han emitido recomendaciones que reflejan una vigilancia internacional expectante. La embajada de Corea del Sur ha centrado sus alertas en la logística masiva, instando a sus ciudadanos a utilizar exclusivamente los transportes oficiales hacia el recinto deportivo. Por su parte, España y Uruguay coinciden en advertir sobre los riesgos en carreteras, recomendando el uso estricto de vías de cuota y evitar traslados durante la noche.
Desde Sudamérica, Colombia prioriza la prevención ante delitos comunes y posibles extorsiones en zonas de alta afluencia turística, mientras que la representación de la República Democrática del Congo mantiene protocolos de monitoreo de estabilidad social, sugiriendo a sus connacionales evitar zonas periféricas que carezcan de vigilancia oficial. Esta atmósfera de movilidad blindada y perímetros de seguridad restrictivos parece confirmar la percepción de una sede funcional y segura bajo estándares internacionales, pero que en el día a día se siente distante y carente de alma para el habitante local.
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