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El día que llegaron las lluvias: el romance de la tormenta y el colapso metropolitano

Por Jorge Eduardo García Pulido

Como reza aquella nostálgica y dulce melodía, el día que llegaron las lluvias, la tierra despertará, los campos se fortalecerán y el cielo regalará su aliento de vida. Es un idilio romántico innegable: el agua bendita que nutre la semilla, reverdece el paisaje y le devuelve el alma al entorno natural. Sin embargo, ese mismo poema, al tocar el asfalto de nuestra metrópoli, pierde todo su encanto para transformarse en un naufragio anunciado. Mientras la naturaleza celebra su renacer, nuestra urbe se asfixia; la tormenta fortalece el campo, pero convierte a la ciudad en un caos absoluto.

La bendita lluvia ha comenzado a caer sobre la ciudad. En pocas semanas, el césped del Estadio Guadalajara recibirá la justa mundialista y los ojos del planeta se posarán sobre una urbe que presume vanguardia. Sin embargo, detrás de los reflectores internacionales, las nubes traen consigo la eterna condena de cada año: una red hidráulica colapsada que amenaza con borrarle la sonrisa a cualquier visitante y transformarla en una mueca de frustración ante las inundaciones cotidianas.

Si retrocedemos en el tiempo, el contraste es contundente. Durante los mundiales de 1970 y 1986, el rostro comercial tapatío ofrecía certezas distintas. Los visitantes tenían como principales puntos de encuentro Plaza del Sol, inaugurada en 1969, y posteriormente Plaza Patria, que abrió sus puertas en 1974. En aquel entonces, los turistas acudían a estos recintos con tranquilidad. Hoy la realidad es diametralmente opuesta, pues precisamente esas zonas son los puntos de mayor riesgo por inundación. Surge entonces la gran interrogante: ¿cómo se va a controlar a toda esa cantidad de gente que no está acostumbrada a lidiar con este tipo de desastres urbanos?

Es entendible la euforia por recibir un evento tan significativo, pero resulta imposible cegarnos ante el hecho de que el fútbol ha dejado de ser un espectáculo de arraigo popular. Ya no se disfruta desde la barrera del pueblo; hoy es un deporte elitista que solamente unos cuantos pueden pagar. Basta revisar los costos actuales de los boletos para las sedes en Guadalajara, Ciudad de México y Monterrey para dimensionar las cifras estratosféricas que exige ver a las selecciones de México, España o Uruguay. Todo este elitismo vuelve la situación mucho más escabrosa cuando contrastamos los miles de dólares que gasta el aficionado con la miseria de la infraestructura pública que lo recibe.

Un punto crítico e inminente es la protección de los 25,000 surcoreanos que están por llegar a Jalisco, específicamente a un cruce tan complicado como es Avenida Vallarta y Periférico. Ellos buscarán hospedaje y movilidad en esa zona debido a la cercanía con el campamento de su selección en las instalaciones del glorioso Club Guadalajara S.A. de C.V. Someter a decenas de miles de turistas a una de las zonas viales más propensas a anegaciones es una bomba de tiempo.

Esta crisis tiene un origen claro en la omisión política y las promesas rotas de hace más de una década. Las raíces de la indolencia actual apuntan al compromiso incumplido de Enrique Alfaro cuando, como candidato a la presidencia municipal tapatía, empeñó la palabra en una transformación de fondo. El tan llevado y traído proyecto del drenaje profundo terminó sepultado bajo el eterno pretexto de la incapacidad económica, demostrando que invierten millones en embellecer la calle por encima, pero ignoran por completo el suelo que sostiene la habitabilidad urbana.

Es imperativo ser justos en el análisis metropolitano y separar las realidades de cada municipio. No podemos afirmar que el gobierno de Zapopan sea pobre en su gestión; por el contrario, cuenta con un gran administrador, una persona sumamente capacitada al frente. Sin embargo, ha faltado un compromiso mucho más férreo en este tema específico. Su mayor reto hidráulico se concentra en la zona de Plaza Patria, un punto geográficamente muy deteriorado y vulnerable por los cauces naturales del río. Se requiere una intervención definitiva que esté a la altura de la capacidad administrativa que han demostrado en otras áreas.

Guadalajara, en cambio, es un caos absoluto. Se ha dejado de hacer lo esencial por la ciudad para dedicarse a engrosar la nómina. Resulta doloroso comprender que el gobernante es únicamente un administrador contratado para la eficiencia urbana y, en lugar de ello, el poder conferido se gasta en banalidades. La presidente Verónica Delgadillo parece haber reducido el ejercicio de su cargo a una constante frivolidad de redes sociales. Queda en el aire una pregunta legítima: ¿Acaso su pensamiento mágico del 2011, cuando prometía bienestar al Distrito 11, le alcanza ahora para ir a tomarse una «selfie» en el río de Plaza del Sol en plena tormenta?

El pronóstico para los próximos diez días anticipa lluvias que pondrán a prueba la nula planeación metropolitana. Mientras se siga presumiendo modernidad sobre un drenaje en ruinas, el agua continuará reclamando su cauce, y el turista internacional descubrirá muy pronto que esta sede mundialista es una potencia de cristal con pies de lodo.


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