
Por Jorge Eduardo García Pulido
Desde la altura atemporal del Parnaso, Lope de Vega observa con una mezcla de desconcierto y severidad cómo su obra cumbre, *Fuenteovejuna*, ha sido despojada de su esencia fundamental en la esfera pública de Jalisco. La pieza que originalmente capturó el grito de un pueblo unido contra la tiranía del Comendador Fernán Gómez de Guzmán, se ha convertido, bajo la pluma de Salvador Cosío Gaona, en un simple membrete periodístico. Esta apropiación no solo es una simplificación; es una distorsión del sentido de la justicia colectiva.
En el drama de Lope, *Fuenteovejuna* representa la voz única de un colectivo que prefiere la muerte a la delación ante la injusticia. Era la fuerza del pueblo organizado exigiendo un orden moral superior frente al abuso. Hoy, observamos con estupor cómo dicho nombre se emplea en el ejercicio de una gestión pública —específicamente en el IDEFT— donde la opacidad y el nepotismo parecen ser las notas predominantes. Lejos de la justicia social, el uso del título evoca una parodia: la del Comendador que, sintiéndose dueño de la verdad, blinda su gestión mediante la confusión informativa.
Para entender este fenómeno de desnaturalización informativa, es imperativo recurrir a Giovanni Sartori. En su obra seminal *Homo videns: la sociedad teledirigida*, Sartori nos advirtió sobre la atrofia de la capacidad de comprender conceptos complejos cuando la información se degrada en una sucesión de impresiones visuales y dogmas mediáticos. El uso maniqueo de un símbolo literario para fines de agenda política particular es un ejemplo perfecto de lo que el pensador italiano describió como el vaciamiento del pensamiento crítico.
Un verdadero ejercicio de contrapoder requiere, como bien dictaría la prudencia, tener la lengua lo suficientemente larga para denunciar la corrupción con evidencia, y la cola lo suficientemente corta para no temer a las auditorías. La gestión pública actual en instituciones como el IDEFT parece padecer el mal opuesto: una lengua que se utiliza para desviar la atención y una estructura interna tan extensa y cuestionable que ninguna transparencia puede cubrirla. La información se ha malutilizado como un escudo de autoridad, cuando su única función legítima debería ser la rendición de cuentas ante el ciudadano.
La fuente, lejos de ser un símbolo de empoderamiento ciudadano, se ha secado bajo el peso de la autocomplacencia política. Es imperativo recuperar el sentido del «todos a una» de Lope, no como un lema para columnas de opinión, sino como una exigencia real de transparencia. La ciudadanía merece que la información pública deje de ser un coto privado y retome su vocación de servicio. La pluma del crítico debe servir para desmantelar la opacidad, no para perpetuarla bajo la máscara de una literatura que, desde el más allá, seguramente maldice el uso que hoy se hace de su nombre.
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