Por Jorge Eduardo García Pulido
El PAN jalisciense está en una encrucijada más clara que nunca. O recupera la unidad y apuesta por perfiles sociales limpios, o sigue por el mismo camino y se arriesga a perder el registro.
No es una exageración. Cuando un partido se desangra por facturas, gasolina y entrevistas pagadas, cuando las candidaturas se definen por contentillos y no por trayectoria, y cuando se permite que personas con antecedentes de violencia o penales salgan a representar al blanquiazul, el desgaste deja de ser político y se vuelve existencial.
Alberto Cárdenas lo dijo sin rodeos: no conoce la ruta del PAN en Jalisco rumbo a 2027. Y si un consejero nacional y estatal de su peso desconoce la estrategia, el problema no es de comunicación. Es de dirección. Mientras tanto, la vieja guardia exige algo básico: que se depure, que se abran las decisiones y que se deje de tratar al partido como una franquicia personal.
Unidad no es un eslogan. Es la condición mínima para competir. Perfiles limpios no es moralina. Es la única forma de recuperar algo de credibilidad después de tantos golpes. Y abrir el partido a la sociedad no es un favor: es una necesidad.
Si la dirigencia insiste en el control cerrado, en gastar el recurso en imagen propia y en proteger intereses particulares, el destino de perder el registro dejará de ser una amenaza retórica. Se volverá una posibilidad real.
Las opciones están sobre la mesa. Unidad y perfiles limpios… o seguir desangrándose hasta que ya no quede nada que salvar.
El PAN será factor el próximo 2027, si va en Alianza podrá tener presencia, si va solo y con perfiles perdedores y violentos como los que dirigen actualmente el partido, perderá el registro como en Coahuila, escenarios que deberá prever el CEN de Jorge Romero.
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