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El laboratorio del poder: Del arquitecto de continentes a parásitos que necesitan estimulantes.

Por: Jorge Eduardo García Pulido.

Si algo he aprendido en mis años de lectura es que no hay mejor guía para explorar la realidad que Edgar Allan Poe. Para muchos, Poe es el maestro del horror, el tipo que se quedaba en las sombras; para mí, es mucho más. Lo admiro profundamente porque él no le tenía miedo a la oscuridad; al contrario, se sumergía en ella para extraer verdades que otros preferían ignorar. Fue ahí, en esa penumbra, donde encontró a su protagonista más fascinante: el animálculo. Basándose en los descubrimientos de Leeuwenhoek, Poe no se limitó a verlo como un microbio; en sus diálogos, le dio voz y lo convirtió en el “arquitecto de continentes”, una inteligencia natural capaz de construir estructuras que la arrogancia humana apenas puede empezar a entender.

Esa esencia, que nos remite al Berechit —término hebreo con el que abre el Génesis, que significa literalmente “en el principio”—, es la que hoy han intentado arrebatarnos. En ese instante fundacional, el espíritu de Elohim —el nombre hebreo que evoca la fuerza creadora, la pluralidad de la potencia divina gestando el orden del cosmos—, revoloteaba sobre las aguas primordiales. En ese momento, la vida no era un proceso mecánico, sino un acto de voluntad pura, donde las partículas primordiales colaboraban para dar origen a todo lo que existe. Pero el poder contemporáneo ha decidido ponerse la bata de laboratorio y nos observa a través de un microscopio que solo busca nuestras carencias. Ya no nos ven como constructores, sino como organismos que han terminado operando como parásitos de su propio sistema, necesitando dosis constantes de estimulantes para sobrellevar la tensión y el estrés que ellos mismos generan. Y es que, además, han construido de un fenómeno físico un modelo filosófico de vida llamado “resiliencia”, que termina siendo una falta de respeto muy grave a la humanidad.

Esta política de la carencia es un estimulante barato. Al igual que en la Roma antigua, nos lanzan el circo —el espectáculo deportivo, la agitación artificial, la distracción constante— para generar una excitación que altere nuestra conducta natural y nos permita sentir un poco de “alegría” entre tanto agobio. Nos han convertido en animálculos de primera y de segunda, dividiendo a nuestra Guadalajara, partiendo la ciudad en dos hasta convertir casi todo en un suburbio sin alma. Nos mantienen agitados, excitados y profundamente agotados, funcionando bajo los efectos de estímulos que solo buscan que no pensemos en nuestra capacidad original.

El vacío que genera este modelo es absoluto. Nos mantienen divididos, fragmentando el tejido social porque un animálculo aislado es un animálculo que no cuestiona. Solo nos requieren en el momento de la elección, como si fuéramos células que deben activarse bajo pedido para legitimar su inercia.

Pero la tragedia real no es el circo; es nuestra renuncia a la responsabilidad de generar comunidad. Hemos olvidado que, aunque la creación original ya está hecha, nuestra misión es seguir construyendo. Al permitir que nos traten como microorganismos desechables, hemos descuidado nuestra mayor potencia: la de articularnos entre nosotros, más allá de la división que ellos dictan.

Ya es hora de romper el portaobjetos. La vida no es un experimento de laboratorio. Detrás de esa lente del poder no hay un científico superior; hay un sistema que nos teme porque sabe que, en cuanto dejemos de reaccionar a sus estímulos y recuperemos nuestra vocación de constructores, el laboratorio se les vendrá abajo. No somos células que trabajan para su circo, ni parásitos de su estrés. Somos arquitectos de la creación, y es momento de dejar de edificar el poder ajeno para volver a generar, desde nuestra propia raíz, la comunidad que nos fue arrebatada.


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