Emilio Ulloa
La historia política de México puede leerse también como la historia de una larga lucha contra los privilegios hereditarios del poder. Desde la Independencia hasta la Revolución Mexicana, pasando por las grandes reformas democráticas del siglo XX y los profundos cambios políticos del siglo XXI, el pueblo mexicano ha combatido una y otra vez la tentación de convertir los cargos públicos en patrimonio familiar o en instrumentos de reproducción de grupos políticos permanentes.
Por ello, la discusión que hoy comienza a desarrollarse en Guerrero en torno a la sucesión gubernamental de 2027 no puede reducirse a una disputa de nombres, encuestas o estructuras partidistas. Se trata, en realidad, de un debate de fondo sobre la naturaleza misma de la democracia y sobre el compromiso que las fuerzas transformadoras deben mantener con los principios que les dieron origen.
Morena nació como una alternativa frente a las viejas prácticas políticas que durante décadas caracterizaron al régimen mexicano. Su crecimiento y consolidación se explican, en buena medida, por la promesa de construir una nueva ética pública basada en la participación ciudadana, la honestidad y el rechazo a los privilegios de grupo. Esa promesa no puede ser relativizada cuando resulta incómoda para determinados intereses políticos.
En Guerrero existe una realidad evidente: la actual gobernadora, Evelyn Salgado Pineda, llegó al cargo impulsada por un movimiento político encabezado por su padre, Félix Salgado Macedonio. Negar ese hecho sería desconocer la historia reciente de la entidad. Sin embargo, una cosa es reconocer la influencia política de un liderazgo y otra muy distinta aceptar como normal la posibilidad de una sucesión inmediata entre integrantes de una misma familia.
La democracia moderna se construyó precisamente para evitar que el poder se transmitiera por vínculos de sangre. Las monarquías hereditarias pertenecen a otra etapa de la historia; las repúblicas constitucionales descansan sobre un principio diferente: la igualdad de oportunidades para acceder al poder mediante el respaldo ciudadano y no mediante la pertenencia a una familia o a un linaje político.
Nadie puede cuestionar el derecho político de Félix Salgado Macedonio a participar en la vida pública. Como cualquier ciudadano, posee libertades y derechos que deben ser respetados; lo que legítimamente puede discutirse es si resulta conveniente para Guerrero y para Morena que el gobierno estatal permanezca bajo la influencia directa de un mismo núcleo familiar durante periodos consecutivos.
La pregunta no es jurídica; es política y ética.
El problema no se limita al nepotismo entendido en su sentido estricto. Existe una dimensión igualmente preocupante: el caciquismo político. A lo largo de la historia mexicana, los cacicazgos han representado formas de control territorial y político que sobreviven más allá de los cargos formales. Son estructuras que concentran decisiones, condicionan candidaturas y subordinan la vida pública a la voluntad de un grupo reducido.
Lo más preocupante es que este fenómeno no reconoce fronteras ideológicas ni territoriales. Los casos de Atizapán de Zaragoza, Metepec y Huixquilucan, donde grupos familiares vinculados al PAN han logrado construir esquemas de continuidad política que se prolongan a través de distintos cargos y administraciones, muestran que el problema trasciende siglas y colores partidistas. La democracia pierde vitalidad cuando el acceso al poder comienza a depender más de los apellidos que de la competencia abierta entre proyectos y liderazgos. Razón ética y política que entiende y asume con ejemplaridad legislativa la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum.
La transformación democrática de México ha buscado precisamente desmontar esas prácticas. Por ello resulta paradójico que algunos sectores pretendan justificar hoy mecanismos que en otros tiempos habrían sido señalados como expresiones de la vieja cultura política. Guerrero enfrenta desafíos enormes en materia de desarrollo económico, seguridad, infraestructura y bienestar social. Resolverlos exige abrir espacios a nuevas generaciones, nuevas ideas y nuevos liderazgos. Ninguna fuerza política puede darse el lujo de confundir continuidad de proyecto con continuidad familiar.
La fortaleza de Morena no radica en una persona ni en una familia. Radica en millones de ciudadanos que depositaron su confianza en un proyecto de transformación nacional. Cuando un movimiento se vuelve dependiente de apellidos específicos, comienza a alejarse de su vocación original como instrumento colectivo de cambio.
Por ello, la discusión sobre la candidatura de 2027 debe asumirse con madurez y con visión histórica. No se trata de descalificar a nadie ni de negar trayectorias políticas construidas durante años; se trata de defender un principio fundamental: en democracia, los cargos públicos no pertenecen a las familias, pertenecen al pueblo.
Guerrero tiene la oportunidad de enviar un mensaje poderoso al país. Demostrar que la transformación política significa también renovación generacional, competencia abierta y fortalecimiento institucional; que la legitimidad democrática se construye mediante la participación libre de múltiples liderazgos y no mediante la concentración del poder en círculos cada vez más reducidos.
La verdadera fortaleza de un movimiento político se mide por su capacidad para renovarse. Cuando una organización sólo encuentra respuestas en los mismos nombres de siempre, corre el riesgo de confundir liderazgo con dependencia y representación con control.
La democracia mexicana ha recorrido un largo camino para dejar atrás las herencias políticas y los cacicazgos. Sería un grave error permitir que esas prácticas regresen bajo nuevos discursos o nuevas siglas. La transformación que México necesita no puede convertirse en la administración permanente de un mismo grupo; debe seguir siendo, como lo establece el artículo 39 constitucional, la expresión soberana de un pueblo libre que decide su destino sin tutelas, sin privilegios y sin herencias políticas. Guerrero merece futuro. Y el futuro, por definición, siempre exige renovación.
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