
Por: Jorge Eduardo García Pulido
Cuando un orden histórico comienza a resquebrajarse, sus propias tensiones internas se vuelven visibles. Quienes durante décadas se presentaron como garantes de reglas universales hoy recurren a la excepción, la coerción selectiva y la reinterpretación interesada del derecho internacional para preservar posiciones en claro retroceso. La actual fase de transición en la estructura del poder global alberga disputas regionales que revelan a un bloque occidental buscando sostener su primacía en un entorno cada vez más multipolar. En paralelo, China y el grupo ampliado de los BRICS consolidan mecanismos propios de articulación económica y financiera que amplían los márgenes de maniobra del Sur Global y tensionan la centralidad hegemónica de Estados Unidos.
El conflicto en torno a Irán debe leerse bajo este encuadre. No se trata de un simple episodio regional ni de una controversia nuclear aislada, sino de la convergencia de estrategias de contención, límites estructurales y una profunda disputa por la legitimidad histórica dentro de un sistema internacional que ya no responde a una sola lógica de poder. El contencioso armado entre Irán e Israel de junio de 2025, conocido como la guerra de los 12 días, marcó un punto de inflexión. Este enfrentamiento funcionó como un medidor de fuerzas donde quedó demostrado que la evolución tecnológica está erosionando la noción de invulnerabilidad operativa en escenarios de alta intensidad, evidenciando una capacidad de disuasión iraní que vulneró las defensas tradicionales.
La capacidad de respuesta y coerción por parte de Washington enfrenta restricciones tanto institucionales como estratégicas. En el plano doméstico, los recientes fallos de la Corte Suprema estadounidense han limitado el uso expansivo de herramientas económicas bajo justificaciones de emergencia, reduciendo la flexibilidad del Ejecutivo para imponer sanciones o aranceles de manera unilateral. En el ámbito geopolítico, la prioridad indiscutible de Estados Unidos reside en el Indo-Pacífico como parte de su competencia estructural con China. Administrar simultáneamente una presión máxima en Medio Oriente y la contención en Asia resulta insostenible; un conflicto a gran escala con Irán implicaría desviar recursos militares y financieros que son vitales para el teatro de operaciones asiático.
A estas limitantes se suma un riesgo económico global ineludible. Cualquier escalada descontrolada que alcance el Estrecho de Ormuz comprometería el flujo de más de la quinta parte del petróleo consumido a nivel mundial. Una disrupción en esta arteria vital dispararía los precios energéticos y la inflación, golpeando de manera directa la economía internacional y las propias cadenas de suministro estadounidenses.
En el fondo de esta crisis subyace un choque por definir el orden en Medio Oriente. Por un lado, se encuentra el gobierno de Israel, impulsando un proyecto respaldado material y políticamente por Washington y el fuerte cabildeo del AIPAC. Por el otro, Irán mantiene una postura de resistencia forjada tras décadas de presiones imperiales, cimentando un modelo que rechaza la intervención extranjera. Aunque persisten canales diplomáticos orientados a modificar conductas sin detonar una guerra total, la presión por intensificar el conflicto reduce peligrosamente los márgenes de negociación. Cualquier error de cálculo podría alterar el delgado y frágil equilibrio en el que se encuentra la región y, con ella, la estabilidad global.
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