
Jorge Eduardo García Pulido.
Ir al centro era, hasta hace poco, mucho más que un traslado geográfico; era un rito de identidad. Para el tapatío, el Centro Histórico fungía como el gran centro de distribución de nuestra vida cotidiana, ese lugar donde la respuesta a cualquier necesidad era siempre la misma: «ve al centro, ahí lo vas a encontrar». Los famosos «mandados» eran parte de nuestra esencia, una dinámica donde hallabas de todo, desde la refacción más extraña hasta el artículo de especialidad que ningún supermercado moderno podría ofrecer. El centro era nuestro CEDIS, un espacio de abasto real que nos daba pertenencia y solvencia. Hoy, en este modelo *vintage* de ciudad, hacer un mandado en el corazón de nuestra capital es una posibilidad extinta; el centro ha perdido esa categoría de espacio comercial amplio y diverso, transformándose en una sombra de lo que fue.
La historia reciente del Centro Histórico de Guadalajara no es la de una revitalización urbana, sino la de una erosión sistemática de su tejido social. La semilla de este declive se sembró desde 2006, con la administración de Alfonso Petersen Farah. Desde entonces, el centro comenzó a padecer una inestabilidad que nunca cesó, marcada por intervenciones interminables que ya en aquella época detonaron una profunda inconformidad entre los comerciantes. Los archivos periodísticos de esos años dan cuenta de un malestar generalizado por obras que simplemente no se concluían, dejando el corazón de la ciudad en un estado de abandono constante, siendo la Plaza de los Mariachis el emblema más doloroso de esa ineficiencia operativa. Desde 2006 hasta el presente junio de 2026, lo que las sucesivas administraciones han etiquetado bajo el eufemismo de «modernización» ha derivado en una crisis de habitabilidad, una expulsión del comercio tradicional y una parálisis logística que hoy, ante la inminencia del Mundial 2026, exhibe sus heridas más profundas, marcando la cronología de una fractura anunciada. El punto de quiebre se consolidó durante el periodo 2015-2018 con el Corredor Alcalde; si bien prometía un espacio transitable, en la práctica, fracturó la circulación vial de toda la zona metropolitana, saturando arterias secundarias y estrangulando la logística de suministro del pequeño comercio. Este diseño careció de una visión sistémica, privilegiando la estética sobre la funcionalidad real de la ciudad.
A partir de 2019 y hasta este 2026, la política pública giró hacia una gentrificación como estrategia deliberada. El Ayuntamiento de Guadalajara, lejos de fomentar la permanencia de los vecinos originarios, ha permitido una dinámica de encarecimiento del suelo que ha hecho prohibitiva la vida residencial en el primer cuadro. En un intento por justificar este modelo, la administración actual ha implementado esquemas de «renta social» mediante subsidios de 3,000 pesos mensuales dirigidos a jóvenes para que habiten estos espacios; sin embargo, volvemos a lo mismo: se trata de un modelo de vida ajeno a lo que fue el centro de Guadalajara, una imposición de habitabilidad que ignora la realidad de nuestras familias. El Centro ha dejado de ser un espacio de cohesión social para convertirse en una vitrina destinada al consumo gastronómico estacional y a experimentos sociales de vivienda. La proliferación de ofertas comerciales —muchas de ellas con modelos ajenos a la tradición local— ha roto el vínculo cultural que definía al corazón tapatío, desplazando al comerciante que históricamente ha sostenido la economía del sector.
Esta realidad ha consolidado el desacuerdo como norma y la simulación del diálogo como herramienta administrativa. La relación entre la autoridad municipal y los comerciantes se ha reducido a una inexistencia de beneficio mutuo. Las mesas de diálogo han sido, en múltiples ocasiones, actos de simulación política. Las manifestaciones no han cesado: desde las protestas por las obras del Tren Ligero que se prolongaron por años, hasta el conflicto actual por las vallas del *FIFA Fan Festival*. El comerciante exige condiciones de operación; el Ayuntamiento responde con decretos de «ordenamiento» que, en esencia, son muros físicos. Bajo la normativa municipal vigente, el uso del espacio público debería garantizar el equilibrio, pero se ha reinterpretado para favorecer eventos temporales, ignorando el derecho del locatario a operar sin las restricciones que imponen cercos, guardias privados y logísticas que asfixian la actividad económica.
El panorama se agrava ante la falsa cosmopolitización de una ciudad sin cimientos. Guadalajara se prepara para recibir al mundo bajo el estatus de «Ciudad Cosmopolita», pero lo hace sobre bases precarias. El Centro Histórico padece deficiencias que el maquillaje mundialista no puede ocultar: infraestructura hidráulica obsoleta que colapsa con las primeras lluvias, un sistema de gestión de residuos ineficiente y una inseguridad persistente. La gentrificación que presenciamos no es un fenómeno natural de desarrollo, sino una política dirigida. Al encarecer el costo de vida y propiciar un entorno de alta exclusividad, se está vaciando el centro de su gente. La infraestructura de seguridad y servicios de la ciudad no está preparada para las exigencias de un modelo global y, ante la falta de una planeación integral, el congestionamiento y la desatención se han convertido en el sello distintivo de esta gestión.
Es necesario señalar, con la firmeza que la verdad exige, que existe una profunda irresponsabilidad en las decisiones tomadas por los gobiernos de los últimos veinte años, evidenciando el fracaso de una ambición puramente económica. Ninguna de estas intervenciones ha llevado a buen puerto porque el motor de la política pública ha sido, exclusivamente, el interés financiero inmediato sobre el bienestar social. Al tratar al Centro Histórico como una mercancía especulativa y una escenografía efímera, han ignorado que la verdadera riqueza de una ciudad reside en sus habitantes y en la continuidad de su actividad cotidiana.
La reciente rectificación de la presidente municipal, Verónica Delgadillo, al retirar las vallas tras la presión social, no debe confundirse con una medida magnánima; es, en realidad, el cálculo político de quien comprendió que sus estrategias en redes sociales, lejos de construir consenso, solo incrementan el disgusto ciudadano. Si no logra controlar estas acciones y recuperar aquel espíritu de servicio con el que alguna vez trabajó, su viabilidad electoral se verá severamente comprometida. Es una lástima, pues si la presidenta municipal gobernara con el amor que profesaba antes de entrar en la política, las cosas serían hoy como ella prometió: un México mejor. Lamentablemente, hoy es una más en el sistema. Guadalajara no necesita más intervenciones cosméticas que la conviertan en una carcasa vacía, sino una rectificación urgente que ponga al ciudadano y al comercio tradicional en el centro de la agenda, antes de que el daño a nuestra identidad histórica sea irreparable.
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