Close

¿Y si sí nos dejamos de tonterías?

Por: Jorge Eduardo García Pulido

La eliminación de la selección de México en la justa mundialista, consumada este domingo, no debe interpretarse meramente como un resultado adverso en el campo de juego. Es, ante todo, el momento en que el sedante colectivo pierde su efecto. Durante semanas, la opinión pública ha sido secuestrada por un espectáculo que funcionó como un eficaz extintor de fuegos, un paliativo necesario para evadir la crudeza de una nación que se debate entre la inercia y la crisis. La esperanza, esa noción que se nos ha vendido como una virtud, requiere una revisión urgente. En la mitología griega, la esperanza quedó atrapada en el fondo de la caja de Pandora, no como un regalo, sino como el último y más insidioso de los males; es aquello que nos mantiene sujetos a una espera pasiva, impidiéndonos tomar la responsabilidad individual indispensable para alcanzar la excelencia.

La justa deportiva nos dejó una muralla que cercó el oriente y el occidente de Guadalajara, una barrera que opera bajo la lógica de los grandes muros históricos: desde la división de Berlín hasta la metáfora de Sidarta Gautama. Aquellos que cruzaron el umbral para refugiarse tras la muralla del Fan Fest lo hicieron buscando el aislamiento del mundo real a cambio de placebos momentáneos. Al igual que el príncipe que vivía rodeado de lujos para ignorar el sufrimiento, quienes habitaron esta burbuja decidieron dar la espalda a la realidad para sobrevivir en una ilusión de bienestar comercializada. Esta barrera no solo restringió el flujo urbano, sino que asfixió a quienes, con esfuerzo propio, apostaron por el desarrollo. Hubo empresarios, comerciantes y pequeños prestadores de servicios que invirtieron capital, remodelaron sus espacios y profesionalizaron a su personal con la promesa de atender al visitante, solo para descubrir que habían sido condenados al ostracismo económico por haber quedado fuera de la muralla impuesta por la logística oficial.

Más allá de este muro, lo que realmente preocupa es el vacío que se esconde tras estos distractores. El sistema ha optado por el paliativo para mitigar un estrés social que no tiene intención de resolver de fondo. Se nos venden momentos de euforia para amortiguar los sinsabores de la existencia, ignorando una crisis de salud mental que se agrava en silencio. Aunque existen normas que supuestamente regulan la salud mental en los entornos laborales, estas no han pasado de ser letra muerta; son leyes de escritorio que nada hacen por el trabajador que transita, con peligrosa rapidez, de la eufórica distracción a la depresión profunda cuando el espectáculo termina. Al gobierno parece importarle poco la psique del ciudadano, mientras el compadrazgo y el amiguismo —evidenciado en el reparto discrecional de boletos a magistrados y figuras del poder por parte de la administración municipal— marcan la verdadera agenda de esta justa.

Este mundial se diseñó a la medida de la gente bonita de Guadalajara, relegando a los suburbios a un Fan Fest que, lejos de democratizar el evento, comercializó nuestra dignidad a cambio de una moneda muy cara. Resulta desolador observar cómo, en un sistema educativo que ya atraviesa una fase de profunda complejidad, se escatimaron recursos y atención en favor de un placebo social. La pregunta que surge tras el silbatazo final frente a Inglaterra no reside en los aciertos o errores tácticos, sino en la estructura misma de nuestra sociedad. ¿Hacia dónde nos dirigimos si permitimos que el entretenimiento desplace la conciencia crítica, y si aceptamos como norma que el éxito es coto privado de unos cuantos, mientras la mayoría aguarda una victoria ajena para justificar su propia realidad?

Hoy, la burbuja se ha desinflado. Los problemas estructurales que decidimos poner en pausa siguen intactos, esperando soluciones que no vendrán de un marcador deportivo. La verdadera madurez de una nación se mide por su capacidad de abandonar los distractores y enfrentar, con rigor y dignidad, los desafíos que impiden nuestro progreso. Es momento de erradicar la falsa esperanza de nuestras mentes y comprender que no hay paliativo que sustituya la acción. La interrogante queda lanzada, directa y sin cortapisas: ¿Y si sí nos dejamos de tonterías?


Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que La Verdad Jalisco no se hace responsable de los mismos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

0 Comments
scroll to top