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Ni anarquía ni sumisión: El estigma de la «mexicanización» y la lección histórica de Jalisco

Por Jorge Eduardo García Pulido.

​En los últimos meses, los despachos ministeriales de París y las tribunas de la derecha europea han colocado sobre la mesa internacional el constructo de la «mexicanización» para definir el recrudecimiento de la violencia y el narcotráfico en urbes francesas como Marsella, Poitiers y Rennes. Funcionarios galos de primera línea, encabezados por el ministro del Interior, Bruno Retailleau, y respaldados por la retórica punitiva de Didier Migaud y Marine Le Pen, han presentado a nuestro país como el espejo de una distopíaterminal que Europa debe evitar a toda costa. Lejos de tratarse de una preocupación genuina por las dinámicas delictivas, esta maniobra constituye una cómoda exportación de culpas: los dirigentes europeos proyectan sobre una nación del Sur global las fallas estructurales de sus propios aparatos de integración social, el descontrol en sus puertos comerciales y la desenfrenada demanda de estupefacientes que financia a las redes criminales transnacionales.

​Para Jalisco, esta tergiversación transatlántica encierra una ironía histórica inocultable que une el conflicto bélico con la identidad popular. Durante la Segunda Intervención Francesa de 1864, mientras las tropas imperiales intentaban someter militarmente al occidente de la república, la convivencia cotidiana en los cuarteles y los hornos de Guadalajara engendró uno de nuestros mayores patrimonios gastronómicos. Ante la escasez de levadura prensada y las singularidades del clima tapatío, el cocinero de origen belga Camille Pirotte se vio forzado a recurrir a fermentaciones lentas con masa madre para alimentar al batallón ocupante, obteniendo una hogaza de costra crocante, miga porosa y perfil salino. La costumbre del artesano de obsequiar las piezas sobrantes a las familias desposeídas llevó al pueblo a pedir el pan «de Pirotte», cuya deformación fonética bautizó para siempre al birote salado. Aquel vestigio de la invasión fue asimilado y perfeccionado por las manos jaliscienses hasta convertirlo en el soporte arquitectónico insustituible de la torta ahogada, evidenciando cómo nuestra memoria colectiva es capaz de transformar la agresión armada en resistencia y soberanía cultural.

​Esa capacidad comunitaria de sobreponerse a las imposiciones choca frontalmente con la vocación del conservadurismo mexicano, una corriente que históricamente ha preferido declarar la quiebra moral de la nación antes que reconocer la soberanía de su pueblo. La insistencia contemporánea en describir a México como un territorio ingobernable rescata punto por punto el alegato formulado en 1840 por José María Gutiérrez de Estrada, quien sostenía que el proyecto republicano desembocaba de forma inexorable en la anarquía y que la única salvación radicaba en importar a un príncipe europeo, preludio directo de la delegación monárquica que marchó al Castillo de Miramar a postrarse ante Maximiliano de Habsburgo. En el escenario actual, los sectores de la derecha partidista ya no navegan a ultramar en busca de coronas dinásticas, pero exhiben la misma sumisión neocolonial cuando suscriben la Carta de Madrid con la ultraderecha española de Vox o cuando celebran que el gobierno de Estados Unidos catalogue a los cárteles como organizaciones terroristas con el propósito explícito de legitimar intervenciones militares extranjeras en suelo patrio.

​Esta ofensiva desestabilizadora opera a través de los mecanismos que el teórico político Giovanni Sartori caracterizó como la «videopolítica» en la era del Homo videns. Al reemplazar la deliberación cívica y el análisis estructural por el impacto sensorial de las pantallas digitales, los consorcios opositores y las plataformas algorítmicas saturan deliberadamente la percepción colectiva con imágenes descontextualizadas de narcobloqueos, camionetas artilladas y balaceras. El propósito de este discurso teledirigido es anular el juicio reflexivo del ciudadano y sembrar un pánico paralizante, convenciéndolo de que la república habita en un caos irreversible provocado por el régimen democrático. Mediante la manipulación visual, se busca allanar el camino psicológico para que la sociedad acepte el desmantelamiento institucional y reclame, bajo la ilusión del orden, el retorno de un protectorado autoritario o la tutela directa de Washington.

​Frente al cinismo de los parlamentos franceses que ensucian el nombre de México para ganar elecciones locales y frente a los voceros reaccionarios que capitalizan la sangre en los teléfonos celulares para desgastar al Estado soberano, la lección desde Jalisco es contundente. El destino de la república no pertenece a la anarquía pregonada por los cortesanos del siglo XIX ni a los heraldos mediáticos del presente. Las heridas de la violencia y las tensiones del orden público sólo encontrarán solución en la profundización del bienestar social, el fortalecimiento de las leyes republicanas y la dignidad de un pueblo que, al igual que sus panaderos frente a las tropas imperiales, jamás ha necesitado de la bota extranjera para forjar su propia grandeza. Al final, frente a la hipocresía de quienes intentan juzgar el lodazal ajeno mientras se hunden en el propio, la sentencia en su propia lengua es inapelable: «La merde croitque tout le monde flotte».


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