por Jorge Eduardo García
El relevo en la cúpula de Morena, consumado este domingo en el VIII Congreso Nacional Extraordinario, ha dejado una sensación de prestidigitación política en el ambiente. Mientras el círculo rojo especulaba con nombres de perfil mediático o de linaje puramente ideológico, la presidenta Claudia Sheinbaum ejecutó un movimiento que, por su precisión y oportunidad, parece extraído de la manga de un experto en el manejo de los tiempos.
La designación de Ariadna Montiel Reyes no es solo un cambio de estafeta; es un mensaje de realismo político que ha dejado a muchos con la mirada fija en el escenario, intentando descifrar el truco. Montiel, quien operaba la maquinaria más sensible del gobierno desde la Secretaría de Bienestar, ahora se convierte en la guardiana de las llaves del partido.
En este enroque, la salida de Luisa María Alcalde Luján hacia la Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal puede leerse desde una óptica menos optimista que el simple «blindaje». Si bien esta instancia es técnicamente el brazo legal de la Presidencia —encargada de validar decretos y leyes—, en la práctica parece ser el destino donde se le ha asignado una carga de trabajo administrativa que, más que empoderarla, la congela. Tras su paso por la dirigencia, Alcalde queda ahora sumergida en la revisión de expedientes y pendientes técnicos de la mandataria, un rol que la aleja de los reflectores y de la operación política real.
El desgaste en la carrera de Alcalde no es casual. Su trayectoria pareció irse truncando al quedar atrapada en juegos de alianzas que no cuajaron en el ánimo de la actual mandataria. Su cercanía con el director del IMSS, Zoé Robledo, y posteriormente con figuras como el hidrocálido Arturo Ávila —personaje percibido como un errante sin arraigo que placeó a Adán Augusto López por todo el país—, generó ruidos innecesarios. Resulta evidente que ser vocero de Morena bajo esos términos termina por afectar; se abre la boca para profanar la profundidad del humanismo mexicano con retóricas que no conectan con la esencia del movimiento.
Para entender su capacidad de interlocución, es necesario mirar hacia atrás, específicamente a su paso por la LXII Legislatura. Fue en San Lázaro donde se tejió una relación que explica su pragmatismo: su cercanía con Mery Pozos. Ambas compartieron espacio como diputadas federales bajo las siglas de Movimiento Ciudadano en aquel bloque que sirvió de plataforma externa para el obradorismo. Esa coincidencia en el «lado naranja» de la historia permitió a Alcalde construir puentes con perfiles que hoy operan en distintas fuerzas políticas, aunque hoy esos puentes parezcan conducir a una oficina de trámites jurídicos.
El movimiento de Montiel es magistral por su pragmatismo. Al enviar a Alcalde al escritorio de la Consejería, la presidenta despejó el camino para que el control del partido recayera en quien mejor conoce el padrón y la calle. Montiel no llega a un día de campo; recibe un partido con el «caso Rocha» y la inestabilidad en Sinaloa quemando en las manos. Su exigencia de un «examen de conciencia» interno es, en realidad, el primer aviso de una purga silenciosa. La nueva dirigente viene con la consigna de limpiar la casa antes de 2027, alineando la narrativa del partido con la política exterior y el rigor de Palacio Nacional. Aquí, el humanismo mexicano no es un eslogan para merolicos de paso, sino una disciplina de hierro que se dicta desde la silla presidencial.
Pero el mensaje de fondo es mucho más contundente para quienes ya se relamían los bigotes pensando en las candidaturas de 2027: la señal es clara y vertical, «yo elijo». Este golpe de mando deja ver que, en la nueva era, no por mucho madrugar amanece más temprano. Aquellos que pretendían adelantarse a los tiempos o imponer condiciones mediante el placeo verán que la última palabra reside en el despacho presidencial.
Esto obliga a personajes de peso, como Marcelo Ebrard, a ejercitar una paciencia más profunda que nunca. La magia del domingo no fue solo cambiar nombres, fue reafirmar que el poder de decisión es indivisible y que, al final, no hay nada para nadie. La historia reciente ha mostrado que muchos morenistas han perdido precisamente por la ausencia de reglas claras; hoy, el truco ha funcionado para dejar claro que la única regla es que Claudia elige.
Jorge Eduardo García Pulido
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