
Por Jorge Eduardo García Pulido
Lo que hoy se especuló en la esfera pública sobre la misa en memoria de Hernán Cortés no fue un simple acto litúrgico, sino el despliegue de una liturgia política que busca desenterrar fantasmas coloniales para legitimar agendas de ultraderecha. La intención de celebrar este acto en memoria del conquistador desnudó la red de intereses que vincula al sector empresarial encabezado por Ricardo Salinas Pliego con las facciones más rancias del nacionalcatolicismo español.
Para entender este movimiento es necesario descifrar la simbología de las figuras marianas que operan como estandartes de esta corriente extrema. La Virgen del Pilar representa el orden y la Hispanidad imperial, siendo el mismo manto con el que fue enterrado Francisco Franco en un acto de devoción al nacionalcatolicismo que hoy sobrevive en la retórica de VOX y los herederos de la Falange. Por otro lado, la Virgen del Pozo aparece como el refugio del misticismo sectario, vinculada a estructuras secretas que diversos investigadores han señalado como el eco de organizaciones como El Yunque, grupo que históricamente ha operado en las sombras de la política mexicana. Finalmente, la Virgen de los Remedios se presenta como la protectora de la conquista, la misma que se opuso a la insurgencia de Hidalgo y que hoy se intenta rescatar para borrar la historia de resistencia de los pueblos originarios.
Resulta contradictorio que Salinas Pliego apadrine eventos que huelen a sacristía decimonónica. Al tachar los cambios sociales de neocomunistas de forma despectiva, la extrema derecha responde con el santoral del conquistador, buscando convertir a Cortés en un símbolo de la propiedad privada, ignorando que su legado es el acta de nacimiento de un proceso de opresión sistemática. Esta mezcla de intereses es la receta de una clase que, ante la falta de argumentos, recurre al estandarte para proteger sus privilegios.
Señor Salinas Pliego, usted que desprecia lo que llama el control del estado, surge una pregunta obligada: ¿por qué se refugia en la simbología de un imperio teocrático y autoritario? ¿Acaso desea santificar a Cortés como el santo de los genocidas para justificar que el poder económico tiene la bendición divina para imponerse sobre la soberanía social? Es necesario cuestionar si al señor le avergüenza que este país, antes de la conformación de los reinos de la Nueva España y de las ataduras centralistas de Iturbide que forzaron divisiones como la de Jalisco y Colima, haya sido poblado por lo que su visión clasista podría llamar una Mesoamérica marginal.
Pareciera que al magnate le fastidian las raíces naturales que predominaban en el territorio antes del genocidio; esas raíces que sostuvieron la tierra mucho antes de que el saqueo de los recursos minerales se convirtiera en la norma de «civilización». ¿Es su desprecio por lo originario lo que lo empuja a celebrar a quien inició el despojo? La narrativa que hoy promueve busca infiltrarse en las políticas públicas para revertir derechos de vanguardia, pretendiendo que la modernidad es una enfermedad que solo se cura regresando a las sombras de la Colonia y al orden de un caudillismo que solo reconoce la libertad de quienes, como él, están en la cima del pozo.
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