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EL BLOQUEO TECNOLÓGICO Y HUMANO

 

¿Qué nos revela la cultura del bloqueo sobre nuestra capacidad para convivir con el desacuerdo en la era digital?

“No toda puerta se cierra con un portazo. Algunas desaparecen silenciosamente detrás de una pantalla.”

Por Mariana Navarro
Periodista cultural, escritora. Especialista en ética aplicada, innovación y tecnologías con enfoque humano.

Intentó responder el mensaje.

La conversación seguía ahí. Las palabras también. El historial permanecía intacto. Sin embargo, algo había cambiado.

Buscó el perfil.

No apareció.

Intentó abrir la conversación.

No fue posible.

No hubo despedida.

No hubo explicación.

No hubo un último argumento.

No hubo siquiera un adiós.

Sólo una ausencia.

Un clic.

Y el silencio.

La tecnología tiene la capacidad de transformar experiencias humanas ancestrales en acciones instantáneas. Lo que antes requería una conversación incómoda, una confrontación dolorosa o una ruptura explícita, hoy puede ocurrir con el movimiento casi imperceptible de un dedo sobre una pantalla.

Lo llamamos bloqueo.

Y lo consideramos una función tecnológica.

Quizá sea mucho más que eso.

LA HERIDA INVISIBLE

Desde tiempos remotos, los seres humanos han comprendido que existir no significa únicamente estar vivos.

También significa pertenecer.

Ser reconocidos.

Ser recordados.

Ocupar un lugar en la memoria y en la mirada de los otros.

Las antiguas civilizaciones conocían bien el poder de la expulsión. El ostracismo en Atenas, el destierro, la excomunión o la exclusión de una comunidad no eran solamente mecanismos de control social. Eran sanciones existenciales.

La persona seguía respirando.

Seguía caminando.

Seguía habitando el mundo.

Pero dejaba de pertenecer.

Dejaba de formar parte del nosotros.

Quizá por eso el bloqueo produce emociones tan intensas.

No porque desaparezca una conversación.

No porque se cierre una ventana digital.

Sino porque toca una de las heridas más antiguas de la condición humana: el temor a dejar de existir para los demás.

EL FANTASMA DIGITAL

Tal vez el dolor del bloqueo no provenga del silencio.

Provenga de la experiencia de convertirse en fantasma.

Los fantasmas tienen una característica singular.

Están ahí.

Pero nadie les responde.

Nadie los escucha.

Nadie los ve.

La persona bloqueada continúa existiendo.

Trabaja.

Ama.

Sueña.

Construye proyectos.

Camina por las calles de la ciudad.

Sin embargo, ha desaparecido de un territorio específico: el universo relacional del otro.

No existe en su pantalla.

No existe en su conversación.

No existe en su mundo cotidiano.

Y aunque la razón sea legítima, la experiencia sigue siendo profundamente humana.

Porque somos seres relacionales.

Nuestra identidad también se construye en el reconocimiento mutuo.

EL DEDO QUE SUSTITUYÓ AL ROSTRO

Emmanuel Levinas afirmaba que el rostro del otro constituye un llamado ético.

El rostro nos interpela.

Nos obliga a reconocer humanidad incluso cuando existe diferencia.

La tecnología introdujo una novedad extraordinaria en la historia de las relaciones humanas.

Hoy es posible eliminar la presencia digital de una persona sin necesidad de volver a mirarla.

Durante siglos, los conflictos exigían encuentros.

Explicaciones.

Despedidas.

Confrontaciones.

Hoy pueden resolverse —o evitarse— mediante una interfaz.

No es necesariamente bueno ni malo.

Es simplemente nuevo.

Y precisamente por eso merece ser pensado.

Porque detrás de una herramienta aparentemente simple permanece una pregunta profundamente humana:

¿Qué hacemos con quienes piensan distinto a nosotros?

LA CULTURA DEL BLOQUEO

Conviene decirlo con claridad.

No todo bloqueo es injusto.

Existen situaciones donde constituye una herramienta legítima de protección.

El acoso.

La violencia.

La manipulación.

La invasión de límites personales.

Nadie está obligado a permanecer donde existe daño.

Pero una cosa es protegerse.

Y otra muy distinta convertir la eliminación del otro en la forma habitual de gestionar el desacuerdo.

Ahí aparece un fenómeno cultural digno de análisis.

Vivimos en una época que celebra la diversidad, pero que con frecuencia tiene dificultades para convivir con la diferencia.

Defendemos la libertad de expresión, pero cada vez disponemos de más herramientas para dejar de escuchar.

Hemos construido espacios digitales donde resulta posible seleccionar cuidadosamente las voces que permanecen y las que desaparecen.

Y cuando eso ocurre de manera sistemática, las comunidades comienzan a parecerse menos a plazas públicas y más a habitaciones cerradas donde todos terminan pensando parecido.

LA PUERTA

Sin embargo, quizá la pregunta más importante no sea tecnológica.

Sea humana.

Todos hemos estado alguna vez a ambos lados de la puerta.

Yo bloqueo.

Tú bloqueas.

Todos bloqueamos.

A veces por prudencia.

A veces por protección.

A veces por cansancio.

A veces por heridas que nadie más conoce.

No se trata de condenar el bloqueo.

Se trata de comprender lo que ocurre cuando una puerta se cierra.

Porque en la expulsión del otro también nos expulsamos de algo.

De la posibilidad de escuchar.

De la posibilidad de comprender.

De la posibilidad de descubrir aquello que no sabíamos.

De la posibilidad —siempre incierta y siempre humana— de sanar.

No conozco las razones de cada silencio.

No sé qué historia hay detrás de cada ausencia.

Pero sí sé que toda comunidad humana existe porque alguien decidió mantener una puerta abierta.

Una puerta al encuentro.

Al desacuerdo.

A la diferencia.

A la reconciliación.

A la posibilidad de cambiar.

Quizá por eso la gran pregunta de nuestro tiempo no sea a quién bloqueamos.

Quizá la verdadera pregunta sea:

¿Hasta cuándo estamos dispuestos a mantener abierta la puerta para que el otro siga existiendo en nuestro mundo?

Porque las comunidades no desaparecen cuando llegan las diferencias.

Desaparecen cuando dejan de escucharse.

Y tal vez la herida más profunda del bloqueo no sea el silencio.

Tal vez sea olvidar que detrás de cada perfil, de cada mensaje y de cada opinión, sigue habitando un ser humano que busca lo mismo que nosotros:

ser visto, ser escuchado y pertenecer.

CONCLUYENDO

Durante siglos temimos ser expulsados de la ciudad, de la tribu, de la comunidad o de la memoria.

En la era digital seguimos temiendo exactamente lo mismo.

Sólo que ahora el destierro puede ocurrir en silencio.

Sin juicio.

Sin explicación.

Sin despedida.

Con el leve movimiento de un dedo sobre una pantalla.

Y quizá por eso duele tanto.

Porque detrás de un clic no siempre perdemos una conversación.

A veces perdemos un lugar en el mundo de alguien.

Porque quizá pertenecer nunca ha significado pensar igual.

Quizá pertenecer ha significado permanecer lo suficientemente cerca para seguir reconociéndonos humanos.

Y, mientras exista una puerta capaz de volver a abrirse, seguirá existiendo la posibilidad de encontrarnos nuevamente como comunidad y, más profundamente, de volver a existir en la mirada del otro.


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