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El verdadero dilema de la inteligencia artificial en México

Emilio Ulloa

La discusión sobre inteligencia artificial en México comienza a entrar en una etapa más compleja. Ya no basta con preguntarnos qué puede hacer esta tecnología, sino qué estamos dispuestos a permitirle hacer, bajo qué reglas y, sobre todo, cómo vamos a preparar a las personas para convivir con ella. Educación, empleo, desigualdad, privacidad y regulación forman parte de una misma conversación que el país tendrá que enfrentar con mayor rapidez.

El primer dilema está en las aulas. Prohibir la inteligencia artificial sería tan poco realista como incorporarla sin reglas. Un estudiante puede utilizarla para investigar, practicar idiomas, analizar información o recibir explicaciones personalizadas; pero también puede emplearla para sustituir procesos fundamentales como leer, escribir, argumentar o resolver problemas. El verdadero desafío educativo no consiste entonces en impedir su utilización, sino en enseñar a utilizarla sin entregar a la tecnología la capacidad de pensar por nosotros.

El problema se vuelve todavía más evidente cuando observamos a los docentes. El Observatorio de Inteligencia Artificial en Educación de la UNESCO señala que 91 por ciento de los docentes universitarios consultados en México considera que necesita formación para incorporar estas herramientas a la enseñanza. Al mismo tiempo, cerca de tres de cada cuatro estudiantes y docentes de instituciones públicas de educación superior desconocen alguna normativa institucional sobre su utilización. No podemos exigir una educación responsable con inteligencia artificial si profesores, alumnos y autoridades avanzan sin criterios comunes.

A ello se suma la desigualdad tecnológica. De acuerdo con la ENDUTIH 2025, 86.1 por ciento de la población mexicana de seis años o más utilizó internet; sin embargo, mientras en las zonas urbanas lo hizo 88.9 por ciento, en las rurales la proporción fue de 75.2 por ciento. Introducir masivamente inteligencia artificial en la educación sin cerrar estas diferencias podría crear una nueva forma de desigualdad: estudiantes que aprendan a trabajar con estas herramientas desde pequeños frente a otros que apenas tengan acceso a una computadora.

El segundo gran dilema se encuentra en el mercado laboral. Existe una preocupación legítima sobre el posible desplazamiento de trabajadores, pero los datos obligan a matizar el escenario. La OCDE calcula que alrededor del 19 por ciento de los trabajadores en México se encuentra expuesto a la inteligencia artificial generativa, entendiendo por exposición que una parte significativa de sus tareas podría realizarse más rápidamente con estas tecnologías. Sin embargo, no significa desaparición automática del puesto de trabajo.

Un estudio conjunto de la Organización Internacional del Trabajo y el Banco Mundial estima que entre 26 y 38 por ciento de los empleos en América Latina y el Caribe podría verse influido por la IA generativa. Entre 8 y 14 por ciento podría experimentar mejoras de productividad y entre 2 y 5 por ciento tendría riesgo de automatización completa con las capacidades actuales de la tecnología. La transformación, por tanto, probablemente no ocurra únicamente mediante máquinas reemplazando personas, sino mediante empresas reemplazando determinadas tareas y trabajadores que utilizan IA compitiendo con trabajadores que todavía no saben utilizarla.

Ahí aparece una de las responsabilidades más importantes de los próximos años: la capacitación. México necesitará programas permanentes de actualización laboral que no estén reservados a ingenieros o especialistas en programación. Administradores, abogados, contadores, comunicadores, servidores públicos, profesores, diseñadores, personal de atención al cliente y trabajadores de múltiples sectores tendrán que aprender a utilizar herramientas de inteligencia artificial relacionadas con sus propias actividades. La capacitación no debería entenderse como una responsabilidad exclusiva del trabajador. Empresas, instituciones educativas y Estado tendrán que participar en esa transición.

También deberá discutirse quién obtiene los beneficios de los incrementos de productividad. Si una empresa logra producir más utilizando inteligencia artificial, surge una pregunta económica y social inevitable: ¿esa ganancia se traducirá solamente en reducción de personal o también permitirá mejores salarios, nuevas actividades, jornadas más eficientes y creación de puestos diferentes? La tecnología por sí misma no responderá esa pregunta. La respuesta dependerá de las decisiones empresariales, laborales y regulatorias que adoptemos.

La regulación constituye precisamente otro de los grandes dilemas. Regular demasiado pronto y de manera rígida puede frenar innovación; regular demasiado tarde puede permitir abusos difíciles de corregir. México ya discute propuestas relacionadas con inteligencia artificial en el ámbito laboral. Una iniciativa presentada en junio de 2026 plantea, entre otros elementos, transparencia en decisiones algorítmicas, supervisión humana, protección de datos, prevención de discriminación y capacitación de trabajadores; de acuerdo con el Sistema de Información Legislativa, continúa pendiente en comisiones.

El camino razonable parece estar en regular los riesgos y no simplemente la existencia de la tecnología. Una herramienta que ayuda a redactar un correo no representa el mismo riesgo que un sistema que decide quién obtiene un empleo, quién recibe un crédito, qué estudiante aprueba, qué ciudadano recibe un servicio público o qué trabajador debe ser despedido. Mientras mayor sea la consecuencia de una decisión automatizada, mayores deberían ser la transparencia, la posibilidad de explicación y la intervención humana.

También quedan preguntas sobre privacidad, propiedad intelectual, sesgos, ciberseguridad y responsabilidad. ¿Quién responde cuando una inteligencia artificial se equivoca? ¿La empresa que la desarrolló, quien la contrató o quien tomó una decisión apoyándose en ella? ¿Qué información puede utilizarse para entrenar modelos? ¿Cómo evitamos que sistemas desarrollados con información de otros países reproduzcan prejuicios o ignoren particularidades culturales y sociales mexicanas?

México no enfrenta el dilema de elegir entre aceptar o rechazar la inteligencia artificial. Esa etapa ya quedó atrás. El verdadero dilema consiste en decidir cómo incorporarla sin profundizar desigualdades, cómo elevar la productividad sin abandonar a los trabajadores, cómo modernizar la educación sin debilitar el pensamiento crítico y cómo establecer reglas sin cancelar la innovación.

La inteligencia artificial puede convertirse en una extraordinaria herramienta de desarrollo o en un nuevo factor de desigualdad. La diferencia no estará únicamente en la capacidad de los algoritmos. Estará en la capacidad de México para educar, capacitar, regular y proteger a las personas mientras la tecnología continúa avanzando.

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