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CUANDO MARÍA VUELVE, LA HISTORIA CAMINA CON ELLA | ROMERÍA DE ZAPOPAN 2026

Por Mariana Navarro — Periodista cultural y escritora

Hay caminos que no se miden en kilómetros, sino en generaciones.

Caminos que nuestros abuelos recorrieron antes que nosotros, que nuestros padres aprendieron a reconocer y que algún día nuestros hijos podrían continuar.

En Guadalajara existe uno de esos caminos.

Tiene calles, avenidas, árboles y edificios. Pero cada 12 de octubre, cuando la Virgen de Zapopan regresa a su Basílica, ese camino deja de ser solamente un espacio geográfico.

Se convierte en memoria.

En gratitud.

En una oración que avanza.

Y mientras miles de pasos acompañan a una pequeña imagen de la Virgen María, ocurre algo extraordinario: una ciudad entera parece recordar que también tiene alma.

DOSCIENTOS NOVENTA Y DOS AÑOS DE UNA PROMESA

Este lunes 12 de octubre de 2026, Jalisco vivirá la edición 292 de la Romería de la Virgen de Zapopan, una tradición que hunde sus raíces en 1734.

Entonces, los habitantes de Guadalajara buscaron la intercesión de María ante las tempestades, las enfermedades y los peligros que amenazaban la vida de sus familias.

Desde aquellos tiempos, la imagen de Nuestra Señora de la Expectación de Zapopan quedó profundamente vinculada a la historia espiritual de esta tierra.

La llamaron La Generala.

La reconocieron como protectora.

Y comenzaron a acompañarla en un peregrinar que ha sobrevivido a guerras, epidemias, transformaciones políticas y cambios sociales.

Los siglos modificaron el rostro de Guadalajara.

Cambiaron sus calles, sus costumbres, sus maneras de comunicarse y hasta la forma de comprender el mundo.

Pero hubo algo que permaneció.

Cada octubre, María vuelve a casa.

Y su pueblo camina con ella.

EL MANTO QUE NOS HABLA DE SAN FRANCISCO

Este año, sin embargo, la Romería guarda un significado particularmente profundo.

Se conmemoran los 800 años del tránsito a la eternidad de San Francisco de Asís, ocurrido en 1226.

Y la comunidad franciscana ha querido expresar esa memoria mediante un lenguaje que no necesita palabras: el de los símbolos.

El nuevo ajuar de la Virgen, diseñado por Alberto Luna, es mucho más que una vestidura ceremonial.

Es una narración bordada.

Su manto, de delicado color malva, recuerda el atardecer de la vida de Francisco.

Ese instante en que la existencia terrenal comienza a despedirse, pero la esperanza cristiana descubre el horizonte de la eternidad.

Los bordados dorados evocan precisamente esa trascendencia.

Y entre los detalles de la indumentaria aparecen la estrella de Belén, el serafín relacionado con los estigmas de Francisco y los signos de su encuentro con lo que él llamaba, con singular ternura, la hermana muerte.

También están presentes elementos de la creación, inspirados en el Cántico de las criaturas.

El viento.

El fuego.

La vida que se manifiesta incluso en los seres más pequeños.

Porque Francisco comprendió algo que ocho siglos después continúa interpelándonos: que el ser humano no es dueño absoluto de la creación, sino parte de ella.

Y que aprender a contemplar también es una forma de aprender a amar.

Hay una belleza extraordinaria en que este mensaje aparezca bordado sobre el manto de María.

Porque la Madre, que acompañó a su Hijo hasta el dolor de la cruz, es también para los creyentes signo de esperanza ante la muerte y de confianza en la resurrección.

Así, este año, la Virgen de Zapopan llevará sobre sus hombros una memoria de ocho siglos.

DE LA MANO DE MARÍA CAMINAMOS HACIA LA ETERNIDAD

Ése es precisamente el lema elegido para la Romería de 2026.

Y pocas expresiones podrían resultar más oportunas.

Porque vivimos en una época que ha aprendido a conquistar distancias, pero que no siempre sabe hacia dónde se dirige.

Una época capaz de comunicar a millones de personas en segundos y, sin embargo, marcada muchas veces por la soledad, la incertidumbre y la dificultad para escucharnos.

Hemos construido tecnologías extraordinarias.

Pero ninguna puede sustituir el sentido profundo de una mano que acompaña a otra.

Tal vez por eso la Romería conserva una fuerza que desafía al tiempo.

Entre danzantes, familias, religiosos, jóvenes, adultos mayores y niños, cada persona llevará consigo una historia que los demás desconocen.

Habrá quien camine para agradecer una vida recuperada.

Quien recuerde a una madre ausente.

Quien lleve el nombre de un hijo en sus oraciones.

Quien no encuentre todavía las palabras para expresar su dolor.

Y quien simplemente quiera decir gracias.

Nadie podrá escuchar todas esas plegarias.

Pero todas formarán parte del mismo camino.

LA FE QUE TAMBIÉN ES PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD

Desde 2018, la UNESCO reconoce la Romería de Zapopan como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

No solamente por la magnitud de la procesión, sino por la extraordinaria capacidad de esta tradición para reunir comunidades, transmitir conocimientos y conservar expresiones culturales a través de las generaciones.

Sus danzas, músicas, vestuarios, rituales y formas de organización constituyen una herencia viva.

Una herencia que no permanece encerrada en los museos.

Sale a las calles.

Respira.

Se transforma.

Y sigue transmitiéndose de unas manos a otras.

Por eso, cuando este lunes la Virgen recorra los poco más de nueve kilómetros que separan la Catedral de Guadalajara de su Basílica en Zapopan, no estaremos presenciando solamente el traslado de una imagen venerada.

Estaremos contemplando una expresión de identidad colectiva que ha cruzado casi tres siglos.

Y quizá también una pregunta dirigida a nuestro presente:

¿Qué valores estamos conservando para quienes vendrán después?

CONCLUYENDO: EL CAMINO QUE NUNCA TERMINA

San Francisco de Asís comprendió que la existencia humana no puede reducirse a lo que poseemos, acumulamos o conquistamos.

Su vida fue una invitación a descubrir lo esencial.

María, desde la tradición cristiana, nos recuerda otra forma de fortaleza: la de permanecer, confiar y acompañar, incluso cuando no conocemos todas las respuestas.

Ambos nos hablan de una espiritualidad que no necesita imponerse para transformar.

Le basta con hacerse vida.

Quizá ésa sea una de las enseñanzas más profundas de esta Romería.

Porque mientras el mundo parece apresurarse hacia un futuro que todavía no comprende, millones de personas volverán a caminar siguiendo una imagen que lleva siglos recordándonos el valor de la esperanza.

Y cuando La Generala cruce las puertas de su Basílica, los danzantes descansen y las calles recuperen lentamente su silencio, habrá terminado una procesión.

Pero no el camino.

Porque María habrá regresado a su casa.

Y quienes la acompañaron volverán a las suyas llevando consigo algo que no puede bordarse en un manto, medirse en kilómetros ni conservarse en una fotografía.

La esperanza de que nadie tenga que caminar solo.

Y acaso ése sea el verdadero milagro de cada 12 de octubre: que mientras nosotros creemos acompañar a María de regreso a su casa, descubrimos que es ella quien nos acompaña en el camino hacia la nuestra:

Nuestra Madre María

Mariana Navarro

Periodista cultural y escritora. Especialista en ética aplicada, comunicación e innovación en tecnologías con enfoque humano.


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