Por: Jorge Eduardo García Pulido.
En la política jalisciense existe una máxima que las cúpulas partidistas suelen ignorar cada tres años: nadie aprende en cabeza ajena. Una y otra vez, las dirigencias metropolitanas y nacionales han operado bajo la falsa creencia de que el sometimiento del yugo partidista, el cálculo de escritorio o la fama pasajera bastan para doblegar la soberanía del linaje tonalteca. Quienes ven a la Cuna Alfarera como un botín de conquista fácil olvidan que esta tierra del barro y el sol posee una cosmovisión ancestral que castiga con severidad a todo aquel que subestima su identidad comunitaria.
El eje ideológico que define esta frontera infranqueable de respeto a las creencias y a la soberanía local tiene un símbolo sagrado: la defensa histórica del Cerro de la Reina. Cuando administraciones pasadas cedieron más de 74,000 metros cuadrados de ese suelo histórico al Gobierno del Estado para imponer el megaproyecto turístico Yolkan, asumieron erróneamente que el linaje tonalteca aceptaría en silencio la mercantilización de su santuario. La resistencia del pueblo obligó a la cancelación definitiva de aquella afrenta, permitiendo que posteriormente, desde la sindicatura municipal encabezada por Nicolás Maestro Landeros, se trazara la ruta jurídica para revertir la donación y devolver ese patrimonio inalienable a Tonalá bajo la figura de parque ecológico protegido. El mensaje quedó grabado en piedra: en Tonalá ningún interés externo puede traspasar la frontera de respeto a la memoria de su gente.
Sin embargo, la soberbia de los partidos insiste en tropezar con la misma piedra. La memoria colectiva tonaltecarecuerda cómo perfiles ajenos a la vida comunitaria pretendieron gobernar el municipio por la vía de la imposición cupular. Así ocurrió con Abraham González Uyeda, empresario de élite y operador de gabinetes estatales y federales que en 2003 buscó la alcaldía bajo las siglas del PAN y que en 2018 reapareció intentando capitalizar la ola de Morena sin contar con arraigo alguno en las colonias tonaltecas. La misma desconexión marcó el paso de Rosa Alba Ramírez, «Nachis», impulsada en 2018 por la estructura de Movimiento Ciudadano para competir en el Distrito 7 y proyectarse hacia la alcaldía como cuota partidista, estrellándose contra una realidad que las crónicas locales resumieron con precisión: Tonalá es ancestral y quien llega sin gestión ni pertenencia termina perdido en su territorio.
Hoy, en el preludio de la sucesión de 2027, esa misma historia de imposición pretende repetirse en la figura de la creadora de contenido Juncal Solano Flores, quien el pasado 18 de octubre registró su postulación para encabezar la Coordinación de los Comités de Defensa de la Transformación de Morena en Tonalá. Originaria de Guadalajara y conductora de El Charro Político, Solano representa el intento de sustituir el linaje comunitario por el algoritmo digital. Tras perder por más de dos a uno la elección a diputada local por el Distrito 6 de Zapopan en 2021 y fracasar en su intento por obtener la candidatura de mayoría relativa a la diputación federal por el Distrito 7 de Tonalá en 2024, ingresó al Cabildo tonalteca únicamente gracias a la octava posición de la lista cerrada municipal.
Su paso por la regiduría —donde preside la Comisión de Planeación para el Desarrollo Urbano, Rural y Habitación Popular— ha confirmado los riesgos de imponer perfiles sin vocación territorial: una producción normativa de fondo que permanece en fase meramente testimonial, justificaciones de inasistencia en comisiones, el abandono de sus labores en horario hábil para operar bloques facciosos de restaurante («el sanedrín tonalteca») contra ediles que sí entregan resultados y una petición ciudadana activa en Change.orgque exige su destitución por no trabajar para el municipio.
Resulta profundamente paradójico que la dirigencia nacional de Morena permita o aliente este tipo de incursiones en tierras de tradición originaria, evidenciando que la cúpula del partido ni siquiera ha leído el libro Grandeza, publicado en diciembre de 2025 por su propio líder moral y referente doctrinario, Andrés Manuel López Obrador. En las páginas de Grandeza —particularmente desde su Introducción y a lo largo de sus Capítulos 1 y 2—, el expresidente articula una crítica radical contra el pensamiento colonizador y el darwinismo social que históricamente ha mirado con arrogancia a las comunidades originarias, reivindicando la vigencia del «México profundo» y de la «civilización negada» de la que hablaba Guillermo Bonfil Batalla.
En esa obra, concebida como el cimiento teórico del llamado Humanismo Mexicano, López Obrador sostiene como dogma que la verdadera fortaleza ética, la fraternidad y la vocación democrática de México emanan de las raíces, usos, costumbres y sentido comunitario de sus pueblos originarios, los cuales han resistido siglos de imposiciones externas. Al pretender tratar a Tonalá como un territorio de conquista ideológica sencilla —donde basta enviar a una influencervinculada a la Red Brolan para capturar una candidatura mediante encuestas o acuerdos cupulares—, Morena contradice frontalmente los dogmas de su propio apóstol.
Tonalá no es un set de grabación ni una plaza vacante para compensar cuotas mediáticas nacionales; Tonalá es para sus originarios y para quienes honran su suelo con trabajo comprobable en sus calles y en su Cabildo. Insistir en someter la soberanía del barro y del sol al yugo de una imposición partidista es olvidar, una vez más, que en esta tierra nadie gobierna dándole la espalda a su historia.
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