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CULTURA DE PAZ

​Por: Lic. Óscar Arturo Herrera Estrada

​La indiferencia social y la falta de integración comunitaria ante los problemas comunes constituyen los principales obstáculos para alcanzar una verdadera paz.

​En gran medida, los medios de comunicación nos han condicionado a normalizar la injusticia, el sufrimiento y la violencia, tanto en el plano social como en el estructural. Nos hemos acostumbrado a contemplar lo que ocurre a nuestro alrededor —con familiares, vecinos, compañeros y comunidades— como si fuera algo ajeno. Con la comodidad de quien elude compromisos, solemos decir: «ese no es mi problema», descuidando nuestra responsabilidad como miembros de una ciudad, un centro educativo, un credo y una sociedad.

​Bajo la lógica destructiva de la violencia, suele operar la premisa de que «no busca quién se la hizo, sino quién se la paga». En contraste con el ideal de convivencia pacífica, vemos a diario en nuestras calles actitudes individualistas, intolerantes y agresivas, prestas a la confrontación verbal o física. Estas conductas nos alejan de la sociedad armónica y solidaria que con urgencia necesitamos.

​La situación en Jalisco. En nuestra entidad, diversas decisiones desafortunadas y omisiones institucionales por parte del Gobierno del Estado han contribuido al deterioro de la paz social.

​Desde administraciones pasadas hasta la actual, se ha permitido el suministro doméstico de agua con metales pesados y bacterias que ponen en riesgo la salud pública. Esta problemática se ha agudizado en los últimos cinco meses: a los hogares del Área Metropolitana de Guadalajara llega agua turbia, con fétido olor y altos índices de contaminación, lo que genera una comprensible indignación ciudadana.

​A dicho escenario se sumó el intento de las autoridades por impulsar esquemas orientados a la privatización del recurso mediante una iniciativa enviada al Congreso del Estado, detonando un mayor descontento social.

​Asimismo, la represión ejercida durante la primera manifestación multitudinaria en defensa del agua —donde los cuerpos de seguridad incurrieron en el uso desmedido de la fuerza contra manifestantes que ejercían su derecho constitucional a la protesta— fracturó la convivencia social. Este clima se enturbió aún más con la irrupción de grupos encapuchados ajenos a la marcha, cuya actuación pareció orientada a provocar y desvirtuar una movilización legítimamente ciudadana y pacífica.

​El incumplimiento en el calendario oficial de tandeos ha profundizado el malestar: existen colonias que superan los quince días sin suministro regular, mientras que el reparto mediante pipas resulta insuficiente para abastecer a miles de familias. La brecha entre el discurso oficial y la realidad cotidiana no hace más que minar la confianza colectiva.

​No obstante, representa un signo de certidumbre la asignación de recursos extraordinarios por 13 mil millones de pesos por parte del Gobierno Federal, encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, así como la garantía de que el recurso hídrico no será privatizado. Esto abre una vía concreta hacia la resolución del conflicto.

​Construir juntos la cultura de paz

​Solo mediante la participación activa de todos los sectores será posible recomponer el tejido social y consolidar una paz duradera. No se parte de cero: existen escuelas, centros religiosos, organizaciones civiles y plataformas digitales que pueden emplearse de forma responsable y constructiva.

​La escuela debe consolidarse como un espacio de formación ciudadana y humana, no únicamente de instrucción técnica. Su labor radica en inculcar la verdad, la gratitud y la solidaridad, formando generaciones críticas e involucradas con su entorno.

​Las iglesias y comunidades de fe desempeñan un papel clave al fortalecer la fraternidad, el cuidado del prójimo y la superación del individualismo.

​Las empresas, colegios profesionales y organizaciones de la sociedad civil deben promover la paz mediante hechos concretos y estándares éticos en sus entornos laborales y comunitarios.

​Finalmente, como ciudadanos y vecinos, corresponde superar la apatía y asumir una postura solidaria: «este asunto también me concierne». Cuando las instituciones educativas, las iglesias, la iniciativa privada, las familias y las autoridades asumen su parte, la paz deja de ser una aspiración abstracta.

​La cultura de paz trasciende la simple ausencia de conflicto o el cese de las confrontaciones; radica en hacer comunidad, garantizar el respeto mutuo, actuar con solidaridad y salvaguardar la dignidad inherente a toda persona.

​Si La Verdad Jalisco lo permite y los lectores nos acompañan, en la siguiente entrega analizaremos: El sentido de pertenencia social y comunitaria.


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