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Claudia García Hernández: La dignidad de la izquierda desde el corazón de Tonalá.

Por Jorge Eduardo García Pulido.

La historia de Claudia García Hernández es, ante todo, una historia de convicciones que no se aprenden en los libros, sino que se respiran en casa. Su vocación no es un golpe de suerte; es el fruto de un linaje de libre pensamiento donde su abuelo y su padre le enseñaron, desde niña, que la igualdad entre hombres y mujeres no es un tema de debate, sino la base misma de la justicia. Creció bajo el ala de una formación humanista, cercana a esas corrientes críticas que abanderó Heberto Castillo, las cuales no solo agitan el pensamiento, sino que obligan a comprometerse con la realidad.

Ese compromiso la llevó a caminar por las comunidades indígenas. Ahí, en el contacto directo con la enseñanza bilingüe, Claudia no solo aprendió náhuatl; aprendió a mirar el mundo desde la cosmovisión de nuestros ancestros. Ese amor por lo mesoamericano no es una postura para la foto, es el motor que le da sentido a su trabajo. Para ella, defender la soberanía es proteger la raíz; es entender que México es grande porque es diverso y porque guarda en su historia una sabiduría milenaria que hoy, desde su curul en la Cámara de Diputados, se atreve a defender con orgullo y sin cortapisas.

A quienes la vemos de cerca, no nos extraña su camino. Claudia es de esas mujeres que estuvieron ahí cuando todo era cuesta arriba. Vivió el 2006 y el 2012 con la entereza de quien sabe que la lucha por la transformación no es un esprint, sino un maratón. Cuando en 2015 el proyecto de Andrés Manuel llamó a las puertas de Tonalá, ella ya estaba lista. Con el respaldo de compañeros como Alejandro Peña, dio el paso firme para consolidar Morena en su municipio, dejando atrás la etapa de resistencia para entrar de lleno en la construcción de soluciones. Su paso por el Congreso de Jalisco fue apenas el preámbulo; hoy, en la esfera federal, proyecta esa misma tenacidad, la de quien conoce cada calle de sus 38 años en Tonalá y entiende que el servicio público solo sirve si se hace con el corazón en la mano.

Lo que realmente distingue a Claudia es su capacidad de ser, al mismo tiempo, una mujer de una inteligencia exquisita y una cercanía absoluta. No es la política de escritorio; es la mujer que escucha, que analiza y que, sobre todas las cosas, siente el dolor y la esperanza de su gente. Ella dignifica la izquierda en este país porque la ejerce como un acto de amor y no como una ambición de poder. Al verla caminar, uno entiende que su paso por la legislatura federal no es un fin en sí mismo, sino el vehículo perfecto para transformar esos valores ancestrales y ese ideal de igualdad en políticas públicas que toquen la vida de las personas. Tonalá tiene en ella a una digna representante, pero sobre todo, el país tiene en Claudia García a una mujer que entiende que la verdadera política es, finalmente, el arte de cuidar lo nuestro.


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