Jorge Eduardo García Pulido.
Es en los términos del desdén y la soberbia que en la villa del IDEFT se ha levantado una sombra que el pueblo ya no consiente. Como si el tiempo se hubiese detenido en los años de Lope de Vega, hoy el Comendador ha hecho del mando tiranía, y del respeto, olvido. Su proceder, más que administrativo, es desalmado; un hombre que ha deshumanizado la gestión, viendo en cada trabajador no un ser con dignidad, sino una pieza útil para fines estratégicos. ¿Cómo confiar en quien solo busca el beneficio propio mientras pisotea la humana condición de quienes hacen posible la institución?
Las voces de los trabajadores han comenzado a alzar el vuelo en son de despedida. Se han presentado renuncias que no nacen del azar, sino del hartazgo ante la figura del licenciado Grey, quien, con su trato déspota y vejatorio, se ha erigido como el principal motor de esta desbandada. Es él quien, con una actitud que denigra la labor del operador, ha convertido el entorno institucional en un camino de espinas, obligando a quienes ponen su esfuerzo diario a buscar refugio lejos de la deshonra. Lo que hoy se vive es una fractura moral provocada por este operador de la tiranía, a quien la cúpula protege mientras el tejido humano se desgarra.
Pero no ha de entenderse este retiro como una simple partida, sino como un ejercicio de derechos que la ley protege contra el abuso. La Ley Federal del Trabajo, en su espíritu de justicia social, es clara: el trabajo es un derecho y un deber social, no una mercancía, y exige respeto absoluto a la dignidad. Lo que resulta en una ofensa mayor es la disparidad en la justicia administrativa: cuando se trata del allegado, del compadre o del fiel servidor del Comendador, la liquidación llega con prontitud y benevolencia; pero para aquel que no es amigo del Comendador, para el trabajador que no se pliega a los caprichos de Grey y sus métodos de opresión, la liquidación se vuelve un calvario, un trámite que no llega, un derecho que se intenta negar. La vulneración a los derechos humanos y la explotación mediante tratos vejatorios no solo contravienen la norma, sino que exponen a la institución a responsabilidades que van más allá de lo administrativo, pues la dignidad no está sujeta a la voluntad caprichosa de un superior desalmado.
¿Qué es lo que busca el pueblo, si no el derecho a trabajar sin que la palabra sea látigo? Esta serie de renuncias no es un hecho aislado, es el síntoma de una estructura que se agrieta por la soberbia de sus mandos. La denuncia, fundamentada en la Ley, es un espejo donde se mira la deficiencia de la gestión del Comendador; es el recordatorio de que ningún presupuesto, por complejo que sea, justifica el pisoteo de la humana condición bajo el yugo de sujetos como Grey. El Comendador, en su ceguera, caerá por sus propias palabras, pues quien siembra tiranía y desigualdades solo cosecha el olvido y la justicia que el pueblo, tarde o temprano, reclama.
Pues bien sabe el mundo que, si la base se mueve y el cimiento se retira, la cúpula, por alta que parezca, no es más que torre de naipes al viento. Como aquellos castillos humanos que en Barcelona se levantan al cielo, el poder del Comendador depende de quienes sostienen la estructura desde el suelo; mas, cuando el trabajador se quita y el apoyo se desmorona, toda la gloria de la cúpula se desploma y cae en el mismo polvo de su propia altivez. ¿Quién causó tal ruina? Fuenteovejuna, señor, que al ver su dignidad ultrajada, ha dejado caer el castillo que solo sobre el respeto debió edificarse.
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