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El deber de la concordia: un llamado a la madurez democrática

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Por Capitán I. Hernández Luna.

Estimados lectores de La Verdad Jalisco, hoy México atraviesa una de las transiciones políticas más complejas de su historia moderna. La crisis a la que nos enfrentamos no reside únicamente en la alternancia de poderes o en la reconfiguración del sistema de partidos, sino en una polarización social que parece haber permeado hasta la médula del debate público. Como militares, aprendemos que la cohesión es la base de cualquier operación exitosa; sin embargo, en el ámbito civil, esa unidad se encuentra actualmente bajo una presión sin precedentes.

La objetividad nos obliga a reconocer avances en la visibilización de sectores históricamente vulnerables, pero también nos exige señalar con honestidad los desafíos técnicos y de seguridad que persisten. El fortalecimiento institucional no debe ser un juego de suma cero donde el triunfo de una visión signifique el desmantelamiento de la otra.

La estabilidad de una nación no depende de la voluntad de un solo hombre o de un solo grupo, sino de la solidez de sus contrapesos. En el retiro, uno valora más que nunca el espíritu de la Constitución: ese pacto que nos permite convivir a pesar de nuestras diferencias. La politización de la justicia y la judicialización de la política son fenómenos que, de no atenderse con neutralidad, debilitan la confianza ciudadana en el Estado de Derecho.

Para que México navegue con éxito por estas aguas turbulentas, es imperativo elevar el nivel del discurso. La crítica debe ser constructiva y el ejercicio del poder, autocrítico. No podemos permitir que la crisis política se convierta en una parálisis administrativa.

Como militares retirados, nuestra lealtad sigue siendo hacia la bandera, no hacia las siglas. Por ello, el llamado es a la templanza. México necesita ciudadanos informados, críticos pero participativos, y una clase política que entienda que el mando es, ante todo, servicio.

La situación actual del país es un llamado a la madurez democrática. No se trata de quién ostenta el mando hoy, sino de qué país entregaremos mañana. La verdadera fortaleza de México no reside en sus conflictos, sino en su capacidad de resiliencia y en la voluntad inquebrantable de su gente por vivir en un país donde la ley sea el único soberano. Es momento de dejar atrás el lenguaje de la división y retomar el de la construcción nacional. Por el bien de la República, el deber nos llama a la concordia.


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