Por: Jorge Eduardo García Pulido
La glorieta de La Minerva es, para los tapatíos, mucho más que una intersección vial o un punto de reunión para festejos deportivos. Es un altar cívico donde reside el sincretismo de nuestra identidad: una deidad romana con rostro mestizo que custodia la ciudad bajo la premisa de «Justicia, Sabiduría y Fortaleza». Sin embargo, la reciente intención de inscribir el nombre de la actual presidente en su pedestal ha abierto un debate profundo sobre el respeto al patrimonio, el rigor de la historia y las prioridades de una administración que enfrenta retos mayúsculos en las calles.
Para comprender la magnitud de lo que este monumento representa, es necesario acudir a su origen. Minerva es la heredera romana de la Atenea griega, pero con matices que definen su esencia en nuestra ciudad. Mientras que Atenea es la diosa de la guerra estratégica y la sabiduría pura, Minerva añade a estas facultades el patronato de las artes, el comercio y la justicia civil. La diferencia fundamental radica en que Minerva representa la inteligencia aplicada a la construcción de la sociedad y la defensa del orden cívico, más que al conflicto mismo. En Guadalajara, esta figura se vuelve única gracias al escultor Joaquín Arias, quien en 1956 le otorgó rasgos indígenas, creando una simbiosis que nos recuerda que nuestra fortaleza proviene de la unión de dos mundos.
El honor y el rigor histórico deben caminar de la mano. La narrativa oficial ha impulsado con fuerza la idea de un hito sin precedentes; no obstante, en el ejercicio periodístico y en la memoria de las instituciones, la verdad debe ser compartida con exactitud. Si bien es cierto que la actual titular es la primera mujer en acceder al cargo mediante el voto popular, la historia registra que el mando municipal ya ha sido ejercido por una mujer. En marzo de 2021, Bárbara Lizette Trigueros Becerra asumió la presidencia municipal de Guadalajara como interina. Omitir este antecedente en el afán de construir un hito de primicia absoluta no solo es una imprecisión, sino una falta de empatía hacia el camino trazado por otras mujeres en la política local. El Cabildo, al conceder estas iniciativas, debe velar por que el bronce sea un reflejo fiel de la cronología de nuestra ciudad, pues el honor se debe a quien realmente lo merece, sin matices que borren el pasado.
Desde la arquitectura y el urbanismo, La Minerva es un símbolo de permanencia. Intentar vincular la imagen de un funcionario en funciones a un monumento de tal jerarquía se percibe, en el sentir popular, como una suerte de profanación de lo sagrado. La ciudadanía hoy no pide nombres grabados en piedra; pide soluciones grabadas en la realidad cotidiana. La reciente inversión de más de setenta millones de pesos en la remodelación de la glorieta contrasta drásticamente con la vivencia de quienes habitan las colonias de la periferia, donde el bacheo, la iluminación y el servicio de agua son asignaturas pendientes. La majestuosidad de la estatua parece hoy más distante que nunca del suelo que pisan los tapatíos.
La sabiduría que representa Minerva implica la capacidad de leer la realidad con justicia. Los datos más recientes del INEGI correspondientes a abril de 2026 colocan a Guadalajara en un punto crítico, donde el 90.2 por ciento de los tapatíos manifiesta sentirse inseguro en su ciudad. Este incremento refleja una desconexión entre la inversión en imagen urbana y la percepción de paz pública. Es imperativo notar que el 67.2 por ciento de las mujeres reporta sentirse vulnerable en sus trayectos diarios. Resulta paradójico que, mientras se busca celebrar el empoderamiento femenino en un monumento, la mujer tapatía promedio sigue enfrentando una realidad de inseguridad en los cajeros, el transporte y las plazas públicas.
La verdadera trascendencia de un gobernante no se decreta en una sesión de Cabildo ni se garantiza con una placa de bronce. Se construye con la sensibilidad de entender que los símbolos pertenecen a la historia y que el presente pertenece a los ciudadanos. Al final del día, más allá de los honores que el poder se otorga a sí mismo, queda una pregunta fundamental para la reflexión personal de la mandataria: ¿Cómo desea ser recordada realmente por los tapatíos? ¿Como la figura que buscó perpetuarse en el bronce de un monumento preexistente, o como la presidente que tuvo la sabiduría de Minerva para transformar el miedo de las calles en la seguridad y la paz que Guadalajara tanto reclama? El tiempo, y no una placa, será el encargado de dar la respuesta definitiva.
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