Por Alberto Jiménez Martinez.
Otra vez, como reloj suizo de mala calidad, el alcalde de Zapopan Juan José Frangie mete la pata hasta el fondo, se atraganta con su propia arrogancia y aparece el gobernador Pablo Lemus con el trapeador, el extintor y la disculpa de turno. El guion ya cansa.
Estos días Frangie se volvió viral por tratar a una reportera como si fuera su sobrina regañada en la mesa familiar: “Ya párale mijita”, “bájale”, “puras preguntas con jiribilla”, “déjame atender a los medios que sí valen la pena”. Todo porque le preguntaron lo obvio: Rentas estratosféricas en Zapopan, agua que parece café con leche y gentrificación que expulsa a la gente de su propio municipio. El señor respondió con el clásico “lo bueno cuesta caro” y remitió el problema al gobernador, como niño que le pasa la tarea al papá.
A la semana después, Lemus sale en Puerto Vallarta, en pleno CANADEVI, anunciando una gran iniciativa de vivienda social: tope de 1.1 millones, condonaciones de impuestos, descuentos del 90%, convenios con SIAPA y todo el kit. El mismo día, el mismo tema. Coincidencia, dicen. Yo digo que es el cuarto de guerra de Zapopan que vuelve a fallar y el equipo estatal que corre a apagar el incendio.
Esto no es nuevo. Es un patrón. Frangie (o su asesor Lalo Mar, según murmuran los pasillos) prende la mecha con declaraciones altaneras, minimizaciones clasistas o ataques a la prensa, y Lemus tiene que salir a rescatar la narrativa de Movimiento Ciudadano. Zapopan se quema en redes, el alcalde se disculpa a regañadientes dos días después, y el gobernador aparece como el estadista sereno que “sí resuelve”.
¿Quién dirige realmente Zapopan? Porque parece que el presidente municipal es el niño problema y el gobernador el papá que lo saca de la dirección. Un tándem donde uno genera el escándalo y el otro cosecha la foto de solución. Bonito equipo.
Mientras tanto, la gente de Zapopan sigue pagando rentas que parecen hipotecas de Miami, recibiendo agua turbia y viendo cómo las torres premium suben como hongos mientras los jóvenes se van a Tlajomulco o más allá.
“Lo bueno cuesta caro”, dice Frangie. Claro, compadre, sobre todo cuando tú y los tuyos viven en las zonas donde “lo bueno” ya lo tienen asegurado.
Lemus puede seguir salvando los muebles. Puede anunciar todas las iniciativas que quiera. Pero tarde o temprano el ciudadano se va a cansar de este teatro de bomberos y pirómanos. Porque al final, los incendios los provoca el mismo equipo. Y el agua sigue sucia. Y las rentas siguen caras.
La bitácora sigue abierta. Próximo capítulo: a ver quién la riega primero. Apuestas abiertas.
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