Por Jorge Eduardo García Pulido
La memoria en la política no es un adorno decorativo; es la única lente que permite entender por qué los vacíos del presente se llenan con las viejas mañas del pasado. En Guadalajara, el intento por proyectar un control absoluto de las estructuras del partido naranja en el Lienzo Charro de los Zermeño terminó por exhibir, en realidad, el síntoma de una vieja dolencia: la incapacidad de construir liderazgo real cuando las riendas no responden al impulso propio.
Aquellos que caminaron los pasillos de Movimiento Ciudadano en sus años de gestación recuerdan bien los días en que la hoy presidente municipal de Guadalajara daba sus primeros pasos a la sombra de Salvador Caro Cabrera. De esa época data un pasaje revelador. En las vísperas de una contienda donde Caro buscaba la curul federal por el Partido Revolucionario Institucional, un operador de campo —de esos que verdaderamente mueven la tripa del barrio— organizó un acto masivo que abarrotó el recinto con el apoyo de la agrupación de los Strucks.
El éxito fue rotundo, pero ajeno. Ante la evidencia de una convocatoria que no llevaba su sello ni su control, la reacción de la entonces joven política no fue el reconocimiento, sino la frustración. La salida para aminorar el peso del evento ajeno fue acudir de inmediato al superior para acusar al organizador de faltas de respeto hacia su familia. Descalificar al artífice para no aceptar la eficacia del acto. Aquella escena, vista a la distancia, no era una anécdota aislada: era el trazo inicial de un perfil que prefiere la movilización obligada del personal de nómina antes que reconocer que los hilos del verdadero control territorial nunca han estado en sus manos.
Por eso, mientras en el Lienzo Zermeño se pasaba lista a la burocracia municipal para simular un músculo que ya no es orgánico, la verdadera articulación de la ciudad se tejía en otra mesa, lejos de los reflectores y fuera de los boletines oficiales.
Ahí, en el refugio discreto de un restaurante tapatío, se reunieron las piezas que guardan la memoria operativa del municipio: Ismael del Toro Castro, el hombre que encabezó los destinos de Tlajomulco y Guadalajara; Francisco Ramírez Salcido, el exalcalde interino que hoy atiende las tareas de la subsecretaría; y un personaje cuya presencia no necesita letras mayúsculas para sentirse. Se trata de esa figura que camina entre sombras, el operador de absoluta confianza del exgobernador, el que simula neutralidad mientras trae, lleva, organiza y orquesta cada pliegue de la estructura de base. Un caballo de Troya enquistado en las tripas del proyecto, cuyo principio no es la disciplina a la alcaldía, sino la certidumbre de que la gente de campo responde a su mando directo.
Pero el problema de fondo para la administración tapatía no es solo la coexistencia de este mando paralelo, sino el aislamiento que provocan las ausencias. El dato político de mayor peso en el evento masivo no estuvo en el presídium, sino en la geografía del vacío. La inasistencia de Enrique Alfaro Ramírez dejó en claro la distancia del fundador; sin embargo, el boquete operativo más severo lo causó el alejamiento de los referentes que garantizan el rendimiento electoral en la calle.
La ausencia de figuras clave para la estructura metropolitana no solo debilita el discurso de unidad, sino que desarma la defensa del partido en las casillas. Sin el respaldo de cuadros como Priscila Franco —pieza fundamental en el control y movilización de distritos urbanos estratégicos—, o de Rocío Aguilar Tejeda, cuyo arraigo en el oriente tapatío y en sectores comunitarios de peso decisivo como La Hermosa Provincia aseguraba la cohesión del voto de base, el proyecto oficialista se queda sin escudos.
Esta desarticulación compromete la valía y la estrategia del proyecto, pues se pierde la experiencia de quienes saben operativizar el territorio bajo presión, sustituyendo el trabajo político de colonia por el pase de lista administrativo.
En términos de cantidad y calidad de voto, al romper con los liderazgos que movilizaban votantes orgánicos, las casillas que históricamente garantizaban el triunfo de Movimiento Ciudadano quedan vulnerables y sin la estructura humana necesaria para su defensa legal y territorial el día de la elección.
En cuanto al orden y la confianza, se fractura la cadena de mando con los brigadistas y líderes comunitarios de toda la vida, generando una crisis de credibilidad donde la militancia percibe que el trabajo de años ha sido desplazado por la imposición burocrática.
Esta fragilidad estructural se acentúa cuando en la cúpula, la intermediación de las viejas figuras de la política jalisciense empieza a mostrar signos claros de caducidad. Hay operadores históricos que, tras décadas de acomodarse en cada coyuntura y cobijarse en la tibieza de la mediación perpetua, han estirado su vida útil más allá de lo decoroso. Insistir en la permanencia o aspirar a una reelección cuando el tiempo de la caducidad ha vencido no transmite experiencia, sino una insistencia penosa,Guadalajara se encuentra así en un cruce de caminos. Por un lado, una gestión que apela al despliegue de la nómina para llenar el expediente de la popularidad; por el otro, un aparato subterráneo que mueve la verdadera maquinaria bajo la premisa de que el territorio le pertenece. Entre la frustración de no mandar en el origen, la pérdida real de la fuerza electoral en las calles y la simulación de mandar en el presente, la capital tapatía observa cómo el poder real no se ejerce desde el despacho principal, sino desde las mesas donde los hilos nunca dejaron de jalarse.
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