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Las corcholatas tapatías para 2027

Jorge Eduardo García Pulido.

El proceso anticipado para definir la candidatura de Morena a la presidencia municipal de Guadalajara rumbo al 2027 está cobrando una factura alta. La constante disputa pública y la efervescencia de las llamadas «corcholatas tapatías» comienzan a generar un profundo desgaste en la base militante, que observa cómo las indefiniciones y los constantes jaloneos parecen estancarse en un choque de fuerzas.

En este escenario de alta fricción, el tablero guinda exhibe perfiles de naturalezas muy distintas, cada uno con fortalezas específicas que intentan inclinar la balanza. Cobra vigencia el refranero popular: mientras algunos perfiles hacen mucho ruido y se exponen al escrutinio constante, otros operan bajo el radar para llevarse todas las nueces.

En el flanco del músculo tradicional, el senador Carlos Lomelí Bolaños se mantiene como una figura de peso insoslayable. Su principal fortaleza radica en un arraigo estructural inmenso y un nivel de conocimiento de marca personal (name ID) que lo mantiene a la cabeza de los números duros en intención de voto abierto. Es la carta probada de movilización, aunque su nivel de exposición lo someta a un desgaste crónico por campañas de contraste.

Como contrapeso directo, la diputada federal Merilyn «Mery» Gómez Pozos representa el ascenso demoscópico más acelerado. Su mayor fortaleza estriba en el formidable apalancamiento que le otorga presidir la Comisión de Presupuesto en San Lázaro, sumado a una narrativa fresca. Al no cargar con los pasivos históricos de la vieja guardia, posee una facilidad nata para conectar con las clases medias metropolitanas y unificar el voto progresista.

Desde una trinchera distinta, el coordinador legislativo Miguel de la Rosa aporta la táctica del choque. Su virtud estratégica es la capacidad para cohesionar ideológicamente a las bases más puristas de Morena mediante una alta confrontación discursiva frente al gobierno estatal, fungiendo como el ariete legislativo y un operador leal de los bloques de poder guindas.

En la búsqueda de la disrupción ciudadana asoma José de Jesús Salazar Zazueta. Su fortaleza es el pragmatismo territorial asimétrico; operando desde la sociedad civil y articulando litigios estratégicos durante crisis urbanas, ofrece un perfil con nulos saldos negativos. Es la opción ideal para capitalizar el hartazgo hacia la clase política tradicional sin necesidad de polarizar.

Por otro lado, un caso de movilidad evidente es el de Sergio Chávez Dávalos, actual alcalde de Tonalá. Su carta fuerte es la experiencia administrativa comprobada y el control de gestión. En su intento por dar el salto territorial hacia la capital, ha buscado exhibir respaldo federal y mediático; sus recientes acercamientos con la secretaria de Bienestar, Ariadna Montiel, junto a perfiles como Juncal Solano, buscan validar un peso político nacional que compense su origen periférico frente a las bases tapatías.

Sin embargo, el verdadero juego de definiciones bajo el radar se mueve en los bloques de poder claudistas. Aquí resalta el papel de María Padilla Romo, actual directora del Centro SICT en Jalisco. Su ascenso a la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes en este segundo piso de la Cuarta Transformación no fue obra de la casualidad, sino producto del respaldo directo de Efraín Morales. Este dato adquiere una relevancia mayúscula al recordar que fue precisamente Morales el operador que amarró la candidatura de José María Martínez a Guadalajara en la pasada elección.

Al contar con este respaldo estructural, Padilla Romo se encuentra sólidamente vinculada al grupo claudista de primera línea, compartiendo lazos con figuras como Ernesto Palacios, Miguel de la Rosa, Laura Imelda Pérez y Alfonso Ramírez Cuéllar. Pero su mayor ventaja táctica rumbo al 2027 es la buena relación y cercanía que mantiene simultáneamente con el senador Carlos Lomelí Bolaños.

Esta doble validación representa un activo político invaluable. A diferencia del proceso electoral pasado, el perfil de Padilla Romo demuestra que una eventual postulación suya no rompería al interior de los circuitos de Morena en Jalisco. Al poder transitar con fluidez entre el grupo de Efraín Morales y la estructura del doctor Lomelí, se erige como un factor de cohesión.

Mientras las demás corcholatas tapatías se desgastan en el escrutinio diario y el ruido mediático que fatiga a la militancia, las corrientes alineadas al proyecto federal avanzan posiciones de forma estratégica. En medio del griterío, la discreción y el tejido de alianzas sólidas perfilan a quienes, sin hacer tanto eco, se preparan para aglutinar a todas las facciones guindas.


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