
Por Manuel Carranza
Hay gobiernos que cometen errores…
Hay gobiernos que enfrentan crisis.
Y hay gobiernos que, frente a ambas cosas, optan por algo aún más preocupante:
Negar, desplazar o diluir la realidad hasta hacerla irreconocible.
El problema no es un episodio aislado…Es un patrón.
Y en el caso de Claudia Sheinbaum, ese patrón comienza a consolidarse como una forma de gobernar.
Lo ocurrido recientemente (y la manera en que se respondió) no puede analizarse como un desliz menor.
La reacción ante cuestionamientos sobre la confianza en el país volvió a exhibir una constante: iIterrupciones, evasivas y una narrativa que pretende sustituir los hechos con afirmaciones generales.
Decir que “hay confianza en México” no es, en sí mismo, una falta; lo es cuando esa afirmación se pronuncia sin reconocer la fractura evidente entre el discurso oficial y la experiencia cotidiana de los ciudadanos.
Pero el rasgo más delicado no es la frase…Es el método.
Porque no es la primera vez.
En días recientes, tras un hecho violento en Teotihuacán, la respuesta institucional se centró, en buena medida, en cuestionar cómo fue posible que un arma ingresara al lugar, desplazando el foco hacia fallas operativas más que hacia la responsabilidad integral del Estado en materia de seguridad.
El hecho fue calificado como “aislado”.
La narrativa, nuevamente, buscó acotar el problema en lugar de enfrentarlo.
En otro episodio, al darse a conocer la presencia de agentes estadounidenses en territorio nacional, la respuesta fue tajante: El gobierno “no estaba enterado”
Más que una explicación, la declaración abrió un dilema mayor:
O se trata de una falta de información en temas sensibles de seguridad, o de un intento por deslindar responsabilidades.
En ambos casos, el resultado es inquietante.
La lógica se repite incluso en el terreno internacional.
Mientras durante años se habló de tensiones diplomáticas con España, la narrativa reciente sostiene que “nunca ha habido crisis”.
No es un matiz menor:
Es la reconstrucción del pasado en función de la conveniencia del presente.
Y cuando la presión aumenta, el recurso cambia, pero no el fondo.
Se apela a factores externos: “Ofensivas mediáticas”, desinformación o incluso noticias falsas como explicación del desgaste político.
La crítica, en lugar de asumirse como parte esencial de la vida democrática, se redefine como distorsión.
Así se construye una narrativa donde el poder rara vez se equivoca.
Donde las fallas siempre están en otro lado:
En administraciones pasadas, en actores externos, en percepciones equivocadas o en interpretaciones malintencionadas.
Pero gobernar no es administrar versiones…
Es asumir consecuencias.
Porque mientras el discurso se acomoda, la realidad persiste.
Y esa realidad incluye un país donde, pese a algunos indicadores a la baja, la violencia sigue siendo un factor estructural, con desapariciones en aumento y episodios de alto impacto que continúan marcando la agenda pública.
Incluye también protestas sociales que han sido descalificadas como motivaciones políticas, aun cuando surgen de agravios concretos y acumulados.
En ese contexto, la incapacidad para procesar la crítica se vuelve un problema de fondo.
No es solo una cuestión de estilo, sino de sustancia democrática. Interrumpir, minimizar o descalificar no fortalece la investidura; la debilita.
Porque el poder que no escucha termina aislándose.
Y el poder aislado, inevitablemente, se equivoca más.
Hay algo particularmente delicado en todo esto:
El trato a las víctimas.
En cada episodio violento hay personas concretas, familias, historias truncadas.
Reducir esos hechos a calificativos como “lamentable” o a promesas de investigación sin un seguimiento claro no solo resulta insuficiente; puede percibirse como una forma de distancia institucional.
Y la distancia, en estos casos, lastima…
La política exige más.
Exige algo que no se puede simular:
Responsabilidad.
Responsabilidad para reconocer errores sin rodeos.
Responsabilidad para no refugiarse en el pasado cuando el problema es del presente.
Responsabilidad para entender que la crítica no es un ataque, sino un termómetro.
Porque cuando un gobierno convierte la evasión en doctrina, corre el riesgo de perder algo más que credibilidad:
Pierde contacto con la realidad.
Y cuando eso ocurre, ya no se trata de narrativa…
Se trata de gobierno.
Y de sus consecuencias.
Opinar es cuestionar, pero tambien construir.
#MCarranza
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