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Inteligencia artificial vs. Videojuegos

Por Carlos Anguiano
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Durante años, los videojuegos cargaron con una reputación injusta. Se les acusó de provocar aislamiento, distracción y pérdida de tiempo. Para muchos adultos, pasar horas frente a una consola era sinónimo de flojera mental. Sin embargo, la evidencia científica terminó desmontando parte de ese prejuicio. Hoy, universidades y organismos internacionales reconocen que ciertos videojuegos pueden fortalecer habilidades cognitivas como la memoria, la atención, la coordinación y la resolución de problemas. La paradoja es contundente: mientras los videojuegos comienzan a ser reivindicados por estimular procesos mentales activos, la inteligencia artificial enfrenta un debate mucho más delicado: el riesgo de convertirnos en personas cada vez menos críticas, más dependientes y cómodamente incapaces de pensar por cuenta propia.

La diferencia de fondo es importante. Muchos videojuegos obligan al usuario a reaccionar, analizar escenarios, tomar decisiones rápidas y aprender del error. Investigaciones recopiladas por la Universidad de Rochester y la Universidad de California señalan que determinados videojuegos mejoran la capacidad de respuesta, la atención visual y la creatividad. La propia Universidad Nacional Autónoma de México ha documentado que algunos videojuegos pueden estimular memoria, concentración y habilidades sociales.

Eso no significa ignorar sus riesgos. La Organización Mundial de la Salud reconoció desde 2018 el trastorno por uso de videojuegos cuando existe pérdida de control y afectaciones graves en la vida cotidiana. Pero incluso en ese diagnóstico hay un matiz relevante: el problema no es la herramienta en sí misma, sino el abuso y la incapacidad para establecer límites saludables.

Con la inteligencia artificial ocurre algo distinto. Su enorme capacidad para responder preguntas, redactar textos, resumir documentos o generar ideas representa un avance tecnológico extraordinario, pero también una tentación silenciosa: dejar de esforzarnos intelectualmente. Hoy millones de personas recurren a plataformas de IA para resolver tareas que antes requerían lectura, análisis, contraste de fuentes y razonamiento propio. La rapidez es fascinante. El peligro también.

La UNESCO ha advertido que la expansión de la inteligencia artificial en la educación obliga a fortalecer el pensamiento crítico y mantener siempre el control humano sobre estas tecnologías. El organismo insiste en que los estudiantes no deben convertirse en consumidores pasivos de respuestas automáticas, sino en usuarios capaces de cuestionar, interpretar y evaluar la información generada por sistemas algorítmicos.

Y ahí aparece la verdadera preocupación contemporánea. Un videojuego normalmente exige participación activa; la inteligencia artificial puede promover exactamente lo contrario: la delegación permanente del esfuerzo mental. Un estudiante puede entregar una tarea impecable sin comprender realmente el tema. Un profesionista puede depender de respuestas automatizadas para tareas que antes requerían reflexión profunda. Poco a poco, la comodidad tecnológica amenaza con sustituir capacidades humanas esenciales.

La historia demuestra que cada avance modifica nuestros hábitos. La calculadora redujo el cálculo mental; el GPS disminuyó nuestra orientación espacial; las redes sociales fragmentaron nuestra capacidad de atención. Pero la inteligencia artificial toca algo todavía más delicado: el razonamiento mismo. El riesgo no consiste en que las máquinas piensen, sino en que nosotros dejemos de hacerlo.

La discusión pública, quizá, ha estado enfocada en el enemigo equivocado. Durante décadas se satanizó a los videojuegos, aun cuando muchos de ellos desarrollan estrategia, lógica y capacidad de reacción. Mientras tanto, hoy enfrentamos una tecnología capaz de resolver casi cualquier tarea intelectual en segundos, y cuya utilización irresponsable podría debilitar habilidades básicas de análisis, creatividad y pensamiento crítico.

Ni los videojuegos son villanos absolutos ni la inteligencia artificial representa una amenaza inevitable. Ambas herramientas pueden potenciar habilidades o deteriorarlas. Todo depende del uso que hagamos de ellas. Un videojuego puede estimular coordinación, toma de decisiones y trabajo en equipo, pero también derivar en adicción. La IA puede democratizar el conocimiento y aumentar la productividad, o convertirse en una muleta permanente que atrofi e la capacidad humana de razonar.

Por eso el desafío no es tecnológico, sino cultural y educativo. La inteligencia artificial debe utilizarse como apoyo, no como sustituto de la inteligencia humana. Consultar una herramienta no puede reemplazar la obligación de leer, contrastar, reflexionar y construir criterio propio. En una época donde las máquinas pueden responder casi todo, el verdadero valor humano seguirá estando en algo mucho más complejo: la capacidad de cuestionar, imaginar y pensar con autonomía.


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