Jorge Eduardo García Pulido.
Más allá de los desfiles modernos y el espectáculo mediático, la celebración que hoy ilumina hogares y panteones es el resultado de siglos de resistencia indígena y fusión hispana.
Cada 1 y 2 de noviembre, México se transforma en un puente entre dos mundos para recibir a sus fieles difuntos. Declarada por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad —reconocimiento que abarca las prácticas de 41 pueblos originarios en 20 estados del país—, esta festividad no es una tradición prehispánica intacta ni una simple copia del calendario europeo, sino uno de los fenómenos de sincretismo y mimetización religiosa más complejos de nuestra historia.
El origen: de la semilla mesoamericana a las reliquias europeas
Para las antiguas civilizaciones mesoamericanas, la muerte carecía del sentido moral del cielo o el infierno cristianos; morir era parte de un ciclo agrícola donde el cuerpo regresaba a la tierra como semilla para alimentar la vida. Entre los mexicas, el destino del alma dependía de la causa del fallecimiento: quienes morían por causas naturales emprendían un viaje de cuatro años hacia el Mictlan; los ahogados o fulminados por un rayo iban al Tlalocan; los guerreros caídos y las mujeres muertas en su primer parto acompañaban al Sol (Inchan Tonatiuh Ilhuícatl), y los lactantes llegaban al árbol nodriza del Chichihualcuauhco.
Sin embargo, como documentó la historiadora del INAH Elsa Malvido, las fechas actuales del 1 y 2 de noviembre (Todos los Santos y Fieles Difuntos) tienen un origen católico medieval instaurado en la Francia del siglo X. Con la Conquista, los españoles trajeron la doctrina del Purgatorio, la exhibición de reliquias óseas de santos y la elaboración de dulces europeos con formas de cráneos y huesos llamados Frutti dei morti, que se colocaban en una «mesa del santo» familiar.
El sincretismo: cómo sobrevivió la ofrenda indígena
El verdadero corazón del Día de Muertos nació del choque y la adaptación entre ambas visiones. Durante la Colonia, la Iglesia prohibió la cremación funeraria indígena porque contradecía el dogma de la resurrección de la carne. Asimismo, los frailes persiguieron y prohibieron el cultivo ritual del amaranto (huauhtli), con cuya masa mezclada con maíz y miel de maguey —llamada tzoalli— los indígenas moldeaban figuras comestibles de sus dioses (ixiptla) y huesos sagrados llamados teomimilli que colocaban en los altares para luego repartirlos y comerlos en comunidad.
Para evitar la censura eclesiástica sin abandonar a sus ancestros, los pueblos originarios recurrieron a la mimetización religiosa: sustituyeron el amaranto prohibido por la harina de trigo y el azúcar de caña traídos por los españoles. Así nació el pan de muerto, cuya forma circular representa el ciclo de la vida y la muerte (o la Omega cristiana), coronado por una esfera que simboliza el cráneo y cuatro tiras (canillas) que evocan tanto las lágrimas como aquellos antiguos huesos de tzoalli.
Significado y diversidad de la ofrenda hoy
En la actualidad, el altar de muertos funciona como un microcosmos donde convergen el catolicismo y la cosmovisión indígena. Mientras que los altares escalonados de dos, tres o siete niveles representan el cielo, la tierra, el purgatorio y los pasos necesarios para el descanso eterno, sus elementos integran los cuatro principios de la naturaleza: el agua para calmar la sed del viaje; la tierra en los frutos de temporada y semillas; el viento en el movimiento del papel picado; y el fuego en las veladoras y el humo del copal que guía a las almas junto con el sendero de flor de cempasúchil y la sal purificadora.
Esta herencia se manifiesta en una extraordinaria riqueza regional: desde la silenciosa velación purépecha (Animecha Kejtsitakua) en el lago de Pátzcuaro, el Janal Pixán maya con su mucbipollo cocido bajo tierra en Yucatán, y la fiesta huasteca del Xantolo con sus arcos solares y danzas de Huehues, hasta los altares colgantes (huacapextles) de Morelos y Veracruz o los retablos monumentales de Huaquechula, Puebla.
Aunque en las últimas décadas la festividad se ha visto rodeada de íconos modernos y comerciales —desde la Calavera Garbancera de José Guadalupe Posada (1913), bautizada y vestida como La Catrina por Diego Rivera en 1947, hasta los desfiles masivos surgidos tras películas de Hollywood como Spectre (2015) y Coco (2017)—, la verdadera esencia del Día de Muertos permanece intacta dentro de los hogares: abrir la puerta, encender una luz y compartir el alimento para demostrar que, mientras exista memoria, nuestros muertos nunca se van del todo.
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