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El ocaso de una era: el legado de Francisco Robles Ortega en Guadalajara.

 

Por Alberto Jiménez Martinez

La sucesión en la Arquidiócesis de Guadalajara representa un momento clave para la Iglesia mexicana.

El proceso se produce tras la renuncia canónica del cardenal José Francisco Robles Ortega, marcando una transición generacional y una oportunidad para definir el nuevo rostro del episcopado nacional.

La renovación en una de las diócesis más influyentes del país implica varios desafíos.

En primer lugar, la llegada de prelados más jóvenes, llamados a adaptar el liderazgo de la Iglesia a las complejas realidades sociales contemporáneas.

En segundo término, se abre la posibilidad de consolidar un perfil más pastoral y dialogante, dejando atrás los estilos marcadamente ideológicos y las confrontaciones políticas que caracterizaron otras épocas.

La línea impulsada por los 2 últimos papas privilegia una Iglesia cercana, misionera, moderada, enfocada a la justicia social y con mayor capacidad de escucha.

Asimismo, junto con las arquidiócesis de México y Monterrey, Guadalajara constituye una sede estratégica para la vida eclesial del país.

La decisión sobre el sucesor de Robles Ortega enviará una señal clara sobre el rumbo que Roma desea imprimir a la Conferencia del Episcopado Mexicano.

Mucho se ha hablado sobre la huella que deja Francisco Robles Ortega en Guadalajara.

A mi juicio, algunos rasgos de su gestión merecen especial atención.

En primer lugar, su estilo de gobierno fue percibido por numerosos sectores del presbiterio como distante y poco cercano, lo que terminó por generar un creciente alejamiento entre el arzobispo y una parte importante de los más de mil sacerdotes y centenares de religiosos que integran la arquidiócesis.

En segundo lugar, la estrategia de promoción vocacional no logró revertir la tendencia descendente en el número de seminaristas y vocaciones sacerdotales.

Durante los quince años de su gobierno pastoral, las vocaciones experimentaron una disminución significativa, reflejo de una crisis que no es exclusiva de Guadalajara, pero frente a la cual no se impulsaron respuestas particularmente innovadoras.

A diferencia de otros obispos latinoamericanos, Robles Ortega no consiguió conectar plenamente con las nuevas generaciones ni encabezar una renovación profunda acorde con el espíritu pastoral promovido por los 2 pontificados.

El próximo 29 de junio concluye una gestión iniciada en 2012.

La herencia que deja el cardenal José Francisco Robles Ortega presenta claroscuros; sin embargo, para no pocos observadores, el peso de las sombras supera al de las luces.

Más que un periodo de transformación, su paso por la Arquidiócesis de Guadalajara será recordado por haber preservado la estructura institucional heredada, aunque sin imprimir una renovación de gran calado.

La transición que ahora se abre representa, para la Iglesia tapatía, la oportunidad de recuperar el dinamismo pastoral y reencontrarse con una sociedad profundamente distinta a la de hace quince años.


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