
Por Manuel Carranza
En México, los ciclos electorales no solo marcan tiempos políticos; también exhiben, con una claridad cada vez más preocupante, las prácticas que han degradado el ejercicio público.
Aún lejos de la jornada electoral, comienzan a multiplicarse los perfiles que buscan posicionarse ante la ciudadanía…
No es nuevo.
Lo que sí resulta cada vez más evidente es la superficialidad de muchas de estas apariciones:
Acciones de alto impacto visual, pero de bajo (o nulo) impacto social.
La escena se repite:
Presencia en colonias populares, actividades simbólicas, discursos ensayados y cercanía momentánea.
Sin embargo, detrás de esa narrativa persiste una constante:
La ausencia de resultados estructurales y la falta de continuidad en el compromiso.
La política, en estos casos, se convierte en representación escénica, no en instrumento de transformación.
REPRESENTACIÓN SIN CAPACIDAD:
EL VACÍO EN LAS INSTITUCIONES.
Al observar el desempeño de diversos actores en espacios legislativos, el problema adquiere otra dimensión…
La representación política no debería ser un trámite ni una posición decorativa.
Sin embargo, la evidencia pública (reflejada en debates, iniciativas y participación parlamentaria) muestra que, en muchos casos, prevalece la improvisación sobre la preparación, y la lealtad política sobre la capacidad técnica.
Esto no es menor…
Cuando quienes legislan carecen de profundidad en el análisis o de compromiso con su función, el impacto se traduce en leyes deficientes, discusiones estériles y decisiones alejadas del interés público.
El costo no es político…
Es social.
DISTANCIA SOCIAL Y DESCONEXIÓN CON LA REALIDAD.
Uno de los rasgos más preocupantes de la política contemporánea es la creciente distancia entre quienes gobiernan y quienes son gobernados.
Existen antecedentes públicos (documentados por medios de comunicación y declaraciones abiertas) que evidencian actitudes de desprecio o insensibilidad hacia distintos sectores de la población.
Más allá de casos específicos, el problema es estructural:
Una desconexión profunda con la realidad cotidiana de millones de personas.
Cuando esa distancia se normaliza, la representación pierde sentido y la confianza se erosiona.
NEPOTISMO Y REDES DE PODER:
LA POLÍTICA COMO PATRIMONIO.
Otro de los elementos que alimenta el descontento ciudadano es la persistencia de prácticas como el nepotismo y la concentración de poder en círculos cerrados.
Diversos reportajes y análisis periodísticos (publicados en medios como El País, El Universal e Infobae) han documentado la presencia recurrente de redes familiares dentro de estructuras gubernamentales.
No se trata de casos aislados, sino de un patrón que se repite en distintos niveles de gobierno.
Cuando el acceso a posiciones públicas depende de vínculos personales y no de méritos, la institucionalidad se debilita y la percepción de injusticia se profundiza.
La política deja de ser un espacio de servicio para convertirse en un mecanismo de reproducción de privilegios.
INTERESES PERSONALES Y DEGRADACIÓN DEL OFICIO POLÍTICO.
A lo anterior se suma una realidad incómoda:
La presencia de actores que conciben la política como una vía de beneficio personal.
Testimonios, investigaciones y dinámicas ampliamente señaladas en el ámbito público apuntan a prácticas informales en la toma de decisiones, acuerdos fuera de los canales institucionales y una lógica de negociación basada en intereses particulares.
Sin generalizar, es innegable que estos comportamientos existen y afectan la percepción colectiva del sistema político.
El problema no es únicamente ético; es funcional.
Cuando el interés individual predomina, el interés público queda relegado.
ENTRE LA INDIGNACIÓN Y LA NORMALIZACIÓN.
Quizá el aspecto más preocupante no es la existencia de estas prácticas, sino su normalización.
La ciudadanía observa, cuestiona e incluso se indigna, pero al mismo tiempo convive con una realidad que se repite elección tras elección.
Esa repetición ha generado un desgaste profundo en la confianza hacia las instituciones y hacia quienes las integran.
No se trata de descalificar a toda la clase política, sino de reconocer que existe una crisis de credibilidad que no puede seguir siendo ignorada.
MÁS ALLÁ DE LA CRÍTICA.
Señalar estas fallas no responde a un ánimo de confrontación, sino a la necesidad de colocar sobre la mesa una discusión impostergable.
La política, en su esencia, es una herramienta para organizar la vida pública, generar equilibrio social y construir futuro.
Pero para que cumpla esa función, requiere perfiles preparados, ética en el ejercicio del poder y una verdadera conexión con la ciudadanía.
Mientras estos elementos no sean la regla, sino la excepción, el desencanto seguirá creciendo.
Y con él, el riesgo de que la política pierda su valor como espacio de representación y se consolide únicamente como un mecanismo de interés.
Porque cuando la política se reduce a espectáculo, no solo fallan quienes la ejercen: También se debilita la capacidad de la sociedad para exigir, participar y corregir…
Ahí está el punto de quiebre.
Opinar es cuestionar, pero también construir.
Manuel Carranza.
#MCarranza
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