Jorge Eduardo García Pulido
Existe una fascinación casi cínica en la forma en que el poder decide «descubrir» lo que el pópulo lleva siglos inventando. Es el fenómeno donde el arrabal se vuelve artículo de lujosolo cuando la élite decide ponerle un marco de oro.
La historia de la pizza Margherita es el ejemplo perfecto de este colonialismo cultural doméstico. En 1889, la reina no inventó el sabor; simplemente le puso un sello de aprobación real a lo que los cargadores del puerto de Nápoles consumían para no desmayarse. Al colocar el tomate, la mozzarella y la albahaca sobre la masa, la monarquía no buscaba alimentar al pueblo, sino apropiarse de su bandera en un plato. La pizza pasó de ser una respuesta directa al hambre urbana a ser un símbolo de identidad oficial, perdiendo en el proceso su esencia de supervivencia para ganar una etiqueta de estatus.
Hoy, esa misma lógica de limpieza de imagen se traslada de la cocina al césped. El fútbol atraviesa en este 2026 su metamorfosis definitiva hacia una realeza corporativa que parece haber olvidado el barro de donde vino. Aquel juego que nació en los llanos polvorientos y que solo necesitaba una pelota de trapo para existir, ha sido finalmente domesticado por la vitrina de cristal de la FIFA. La paradoja es idéntica: el fútbol no necesitaba de los grandes despachos para ser el lenguaje universal de las masas, pero es el poder quien hoy reclama el derecho de otorgarle legitimidad.
La ironía se vuelve agravio cuando se revisa la memoria histórica de los mundiales en México. En 1970 y 1986, el torneo todavía pertenecía a la gente. Eran eventos diseñados para todos, donde el costo de un boleto no representaba una barrera infranqueable, sino una invitación a la fiesta colectiva. En aquellos años, el obrero y el oficinista compartían la grada porque el deporte aún conservaba su cordón umbilical con el pópulo. No se necesitaba pertenecer a una casta financiera para ser testigo de la historia en el Estadio Azteca o en el Jalisco.
Sin embargo, para el 2026, la industria ha decidido que la pasión es un activo de alta gama. Si la reina Margherita convirtió la comida de calle en un banquete de palacio, la estructura moderna ha convertido el grito de gol en un privilegio prohibitivo. Los precios actuales han transformado el acceso al estadio en una aduana económica que expulsa precisamente a quienes sostienen el mito del fútbol en los barrios. Lo que nació en la periferia, en la carencia y el entusiasmo del arrabal, hoy se empaqueta y se vende a precios que el propio creador de esa cultura difícilmente puede pagar.
Ante este escenario de exclusión, resulta aplaudible la postura de la presidente de México al decidir no asistir a los palcos de esta élite. En su papel de representante del pueblo, su ausencia es un mensaje de congruencia ante una organización que ha priorizado el negocio sobre la identidad. Es un gesto que entiende perfectamente que a la oligarquía no se le puede creer, como decía el icónico revolucionario, ni un tantito así. Al final, el estadio ya no es el patio del barrio; es el nuevo palacio de una monarquía global donde el pópulo se queda mirando desde afuera, mientras la dignidad política prefiere no validar con su presencia el secuestro de lo que originalmente nos pertenecía a todos.
Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que La Verdad Jalisco no se hace responsable de los mismos.




