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El país que queremos no se espera, se construye

Capitán Hernández Luna

Estimados lectores de La Verdad Jalisco: ¿ustedes creen que el destino de un país de más de 130 millones de personas se decide únicamente en una mesa de debate político o en una boleta electoral cada tres o seis años? Si su respuesta es afirmativa, permítanme decirles algo con la cabeza fría y el corazón caliente: le están regalando su poder a alguien más.

El México que soñamos —el más justo, el más seguro y el más próspero para todos— no llegará empaquetado desde la oficina de ningún gobierno, de ningún partido ni de ningún líder mesiánico. El país que queremos no se espera; se construye. Y la herramienta principal para levantarlo está, literalmente, en sus manos.

Solemos ver los grandes problemas de la nación como gigantes inalcanzables. Decimos: «La corrupción es gigantesca», «la impunidad nos supera», «la indiferencia no cambia». Y sí, la escala abruma. Sin embargo, la sociedad civil no es un espectador en las gradas de la historia; es la dueña del juego. Cada vez que evitamos tirar basura en la calle, estamos eligiendo el país que deseamos. Cada vez que exigimos cuentas a la autoridad local, apoyamos al comercio de la colonia, nos negamos a pagar un soborno o levantamos la voz ante una injusticia contra un vecino, estamos votando en la vida real.

Hay tres verdades que la sociedad civil necesita abrazar si realmente queremos transformar nuestro entorno:

Primera: el civismo no es teoría, es acción diaria. Nos hemos acostumbrado a exigir derechos sin asumir responsabilidades. La verdadera ciudadanía empieza en la banqueta de su casa, en cómo trata a quien le atiende, en si respeta el paso peatonal o en cómo educa a las generaciones venideras. La ética de un país no es la suma de sus leyes, sino la suma de las acciones de sus ciudadanos cuando nadie los está viendo.

Segunda: la apatía es el verdadero enemigo. El opuesto del amor por nuestra patria no es el odio, es la indiferencia. Pensar que «de todos modos nada va a cambiar» es la profecía autocumplida más peligrosa de nuestra era. Cuando la sociedad se organiza —desde un comité vecinal para iluminar un parque hasta una red nacional para exigir medicinas o fiscalizar el gasto público—, el poder regresa a donde siempre debió estar: a las calles.

Tercera: su voz y sus manos son una fuerza colectiva. Individualmente somos una gota, pero organizados somos el océano. Históricamente, los grandes giros de este país no los han dado los decretos, los ha dado la gente empujando desde abajo: los jóvenes, las mujeres, los trabajadores, los activistas y los vecinos. La historia de México la han escrito las manos que ayudan tras un sismo, las que abren un negocio contra todo pronóstico y las que se unen para exigir justicia.

El país que le dejaremos a quienes vienen detrás no se mide en promesas de campaña; se mide en el compromiso de la persona que ve todas las mañanas frente al espejo. Deje de mirar hacia arriba esperando respuestas y empiece a mirar hacia adelante, porque la transformación real no está en la agenda de nadie más.

El México que desea no es un sueño, está en sus manos. Haga que valga la pena. Eso digo yo, ¿usted qué opina?


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