
Por Jorge Eduardo García Pulido
Se toma nota…
Hace unas semanas un tal Simón Levy salió a picarle el costado a Enrique Alfaro. No con un expediente. Con una acusación tan ligera que en Guadalajara la primera reacción no fue el enojo: fue la risa nerviosa. ¿Eso? ¿En serio? En las mesas se miraban unos a otros como cuando alguien suelta un dato gordo y se le nota que no trae ni el apellido bien puesto. Ridícula, irresponsable y, para colmo, fuera de tiempo. Llegó en un momento raro, sin razón a la vista, sin timing y sin explicación. La pregunta era la misma del Ágora al último tequila de Providencia: ¿por qué ahora y por qué así?
Ya salió el peine.
Esta columna recibió información. Quien pidió difamar al exgobernador no fue un fiscal, ni un periodista con carpeta, ni siquiera un enemigo de peso. Fue Alberto Razo. Un desconocido. El X de Zapopan. El pelón de los seguros. El mismo que Levy acaba de sacar a relucir como su “candidato ciudadano” para la alcaldía. Levy lo hizo. Con ligereza. Sin más trámite que el encargo de su propio abanderado.
Hoy ya se entendió el chiste. Levy no escribió porque se le prendió el foco. Escribió porque se lo pidieron. La bravata del uno la cocina la urgencia del otro. El golpe no nació de un hallazgo, ni de información, ni siquiera de un chisme de pasillo con nombre y apellido. Nació de una mesa, de un interés local y de la prisa de existir rumbo a Zapopan. Razo quería ruido en Jalisco. Levy se lo fabricó.
El recibo está firmado. Quedó el anuncio del candidato. Quedó el origen del golpe. Un operador de fuera que dispara a pedido y un X de Zapopan que le sopla la pluma. Hasta ahí llega la operación. Lo demás es humo, like y la esperanza de que en esta tierra todavía se traguen el cuento de que un tuit refundó un estado.
En Jalisco ya vimos este teatro. Primero el escándalo. Luego el nombre. Al final, el interés. Esta vez ni siquiera se tardaron en acomodar las piezas.
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