Por Jorge Eduardo García Pulido.
En los grandes relatos sobre la edificación de monumentos trascendentales, existe la trágica constante del maestro constructor: aquel poseedor del arte, la disciplina y el plano original, capaz de levantar estructuras colosales donde antes solo había dispersión. El verdadero artífice no solo traza los cimientos, sino que forma a los aprendices, les enseña el uso de las herramientas de precisión y les entrega los medios para erigir la obra. Sin embargo, la historia registra con amargura que la ambición de los subordinados suele rebasar a su gratitud. Impacientes por asumir un liderazgo que no sabían edificar por sí mismos, aquellos a quienes instruyó terminaron por conspirar contra el diseñador principal, buscando despojarlo de su mérito para apoderarse del templo ya erigido.
La trayectoria de Salvador Caro Cabrera en la vida pública de Jalisco representa con precisión el devenir de aquel edificador incomprendido y traicionado por sus propios pupilos. Tras romper de manera definitiva con la vieja estructura del PRI, Caro Cabrera emprendió un camino de reconstrucción política que lo llevó a transitar por el PT y a labrar, piedra sobre piedra, el andamiaje organizativo de lo que más tarde se consolidaría como Movimiento Ciudadano en la entidad. Cuando pocos creían en la viabilidad de una opción alternativa en el estado, fue su capacidad operativa, su rigor metodológico y el apoyo estratégico que brindó a Pablo Lemus para convertirse en su primer impulsor lo que permitió articular una verdadera fuerza electoral en Jalisco.
En ese proceso de edificación, Salvador Caro no solo diseñó la estrategia organizativa, sino que formó, proyectó y respaldó a toda una cantera de cuadros que hoy ocupan las posiciones más relevantes de la función pública municipal, legislativa e institucional. Bajo su tutelaje y estructura política crecieron liderazgos fundamentales, encabezados principalmente por Verónica Delgadillo, así como Carmen Julia Prudencio, Rocío Aguilar Tejeda, Salma Meza, Misrahim Piedras, Martín Almádez, Juan Francisco Ramírez Salcido, Marco Valerio Pérez Gollaz, además de perfiles clave en la seguridad pública como Juan Pablo Hernández en la policía tapatía y Maribel Reyes en la comunicación social —quien hoy desempeña sus funciones en Tlajomulco—. Con una lealtad absoluta hacia el proyecto colectivo, Caro Cabrera puso a disposición de Enrique Alfaro Ramírez a todo este equipo de trabajo, su maquinaria territorial y su capital operacional, convirtiéndose en el pilar fundamental que hizo posible el histórico triunfo de 2015 en Guadalajara, acontecimiento que catapultó al movimiento hacia el control del poder estatal.
Sin embargo, una vez alcanzada la cúspide y consolidado el poder, la ingratitud de los beneficiarios de su esfuerzo no tardó en manifestarse con crueldad. Aquellos aprendices que deben sus carreras, sus candidaturas y sus cargos al trabajo minucioso del maestro, comenzaron a verlo con recelo y temor. En lugar de reconocer al artífice que hizo posible la victoria y la estructura de la que hoy se benefician, la cúpula optó por el aislamiento, la difamación y el regateo. Quienes un día recibieron cobijo en su equipo hoy lo señalan, lo ningunean y pretenden tratarlo como un apestado dentro de la misma casa que él ayudó a erigir.
La historia de la gestión pública enseña que las estructuras levantadas sobre la traición suelen tambalearse cuando carecen de la sabiduría de su creador. Los malagradecidos pueden usurpador los puestos y colgarse las medallas de la victoria, pero carecen de la capacidad técnica y del temple para mantener la solidez del proyecto en momentos de crisis. Salvador Caro Cabrera permanece como el verdadero artífice de la transformación política de la capital tapatía; aunque hoy pretendan deslucir su nombre y negar su legado, la firmeza de las bases que dejó demuestra que el mérito del constructor sobrevive siempre al olvido de sus perseguidores.
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