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El contrapeso de los expresidentes y la crisis de territorialidad en Guadalajara


Por Jorge Eduardo García Pulido.

El mapa político de Guadalajara experimenta un fenómeno de reconfiguración interna sin precedentes en la historia reciente de Movimiento Ciudadano. En el centro de esta transformación se ha articulado un bloque de contrapeso compuesto por tres expresidentes municipales: Ismael del Toro Castro, Eduardo Martínez Lomelí y Juan Francisco Ramírez Salcido. La convergencia de estos tres perfiles, caracterizados por una amplia trayectoria en la administración pública local y un reconocido dominio del trabajo de campo, adquiere una relevancia estratégica fundamental al constatar que ninguno de ellos forma parte de la actual estructura gubernamental que encabeza la edil Verónica Delgadillo García.

Este distanciamiento entre la cúpula gobernante en el Palacio Municipal y la tríada de exalcaldes expone una fractura en el diseño de gobernabilidad de la capital jalisciense. Mientras la gestión actual intenta consolidarse en medio de cuestionamientos sobre su legitimidad de origen y estilo de trabajo, la coincidencia de estos actores fuera de la nómina municipal constituye un polo de poder paralelo con capacidad de interlocución directa con las bases sociales y los liderazgos seccionales que históricamente sostuvieron el proyecto político en la ciudad.

La relevancia de Del Toro Castro, Martínez Lomelí y Ramírez Salcido estriba en que representan la memoria operativa y la continuidad administrativa de los gobiernos tapatíos de la última década. Cada uno de ellos ha ejercido la titularidad del Poder Ejecutivo municipal y ha encabezado áreas neurálgicas del Ayuntamiento, acumulando un bagaje técnico y político que hoy se encuentra al margen de las decisiones municipales. Ismael del Toro Castro, presidente municipal constitucional durante el periodo 2018–2021, cimentó su liderazgo en la creación de esquemas de seguridad ciudadana con enfoque comunitario y en la articulación de redes vecinales en las zonas tradicionales de Guadalajara. Su peso político en el partido y su conocimiento de las estructuras de base continúan siendo una referencia para los cuadros locales.

Por su parte, Eduardo Martínez Lomelí fungió como presidente municipal interino en 2021 y asumió en dos ocasiones la Secretaría General del Ayuntamiento. Desde la Secretaría General, Martínez Lomelí se consolidó como el operador de la gobernabilidad interna, coordinando la relación con las bancadas edilicias, el presupuesto participativo y los procesos clave de entrega-recepción y transición hacia la presente administración.

Asimismo, Juan Francisco Ramírez Salcido ejerció la alcaldía interina en el tramo final del trienio 2023–2024, habiendo presidido previamente comisiones edilicias estratégicas como la de Vigilancia e Inspección. Su gestión garantizó la estabilidad financiera y operativa del municipio antes del relevo de gobierno.

La ausencia de estos tres perfiles en el actual organigrama municipal no solo representa la marginación de la experiencia acumulada, sino que deja al gobierno de Verónica Delgadillo desprovisto de interlocutores probados frente a las demandas de las colonias y los sectores productivos de la ciudad. El surgimiento de este contrapeso se da en el marco de un proceso electoral cuyo desenlace dejó serias dudas sobre la capacidad operativa de la estructura que acompañó a Verónica Delgadillo. Aunque las autoridades jurisdiccionales, culminando en la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, desecharon las impugnaciones de la oposición y validaron la elección municipal, el trámite legal no logró disipar la percepción de debilidad política.

Plataformas de análisis e investigación política en redes sociales, de manera destacada la cuenta en X @BitacoraPol, documentaron de forma pormenorizada las deficiencias, inconsistencias y deficiente contención de crisis exhibidas por el equipo oficialista durante el periodo de cómputos e impugnaciones. Las publicaciones expusieron la vulnerabilidad de la defensa electoral, resaltando eventos críticos registrados en demarcaciones clave como el Distrito 9 de Guadalajara. En dicho distrito se denunció el hallazgo de paquetes electorales en condiciones irregulares y la falta de resguardo adecuado, lo que derivó en confrontaciones públicas y señalamientos de negligencia operativa.

La exposición pública de estos eventos evidenció que la candidatura oficialista careció de un despliegue de defensa territorial efectivo en los momentos de mayor presión. La victoria, al sustentarse predominantemente en resoluciones de gabinete jurídico y no en un triunfo holgado respaldado por las casillas, dejó un saldo de fragilidad política que continúa lastrando el arranque del gobierno municipal. Uno de los factores desencadenantes de esta brecha entre el gobierno saliente y el entrante se atribuye a la injerencia de asesores y consultores externos, identificados en el ámbito político local como «los regios». Este grupo estratégico importó modelos de campaña y gestión basados en la mercadotecnia digital y la pauta publicitaria, desestimando la complejidad de la geografía electoral tapatía.

El mapa electoral de Jalisco se divide en 20 distritos uninominales con un total de 3,570 secciones electorales. Dentro de esta estructura, el municipio de Guadalajara abarca una vasta red territorial distribuida entre los distritos locales 8, 9, 11, 13 y 14, sumando cerca de mil secciones electorales. Cada una de estas secciones presenta particularidades socioeconómicas y liderazgos de barrio que requieren una presencia permanente y un conocimiento detallado del terreno.

La estrategia instrumentada por los consultores externos pasó por alto la interacción directa con los presidentes de colonos y los operadores históricos en sectores emblemáticos como Polanco, Oblatos, San Andrés y Lomas del Paraíso. Al ignorar la dinámica propia de las casi mil secciones electorales de Guadalajara, la cúpula gobernante provocó un severo desconecte entre las políticas de la presidencia municipal y las necesidades reales de los barrios, abriendo el espacio para que la tríada de expresidentes mantenga la verdadera ascendencia sobre las estructuras territoriales. A las deficiencias de control territorial se suma un creciente deterioro en la percepción pública de la edil Verónica Delgadillo García. Diversos sectores de la sociedad civil, agrupaciones comunitarias y analistas políticos han comenzado a encuadrar su desempeño bajo cuestionamientos por priorizar la imagen institucional sobre la atención efectiva de los problemas urbanos prioritarios, tales como la prestación de servicios públicos, la recolección de residuos, la seguridad en las colonias y el mantenimiento vial.

Consciente del distanciamiento con las bases y del peso que ejerce el grupo de los tres expresidentes, la administración municipal ha amagado con emprender intentos de acercamiento. Sin embargo, en el consenso político tapatío se asevera que cualquier intención de desplegar una «operación cicatriz» resulta extemporánea e ineficaz por diversos factores estructurales. En primer lugar, existe una pérdida del tiempo político oportuno, pues la conciliación con las estructuras operativas y los liderazgos desplazados debió darse tras la jornada electoral y no como una medida desesperada ante el desgaste de la gestión. En segundo lugar, la cerrazón en la conformación del gabinete y la decisión de integrar un equipo de gobierno sin la participación de las corrientes de Del Toro, Martínez Lomelí y Ramírez Salcido selló una postura de exclusión difícil de revertir. Finalmente, se evidencia una clara incompatibilidad de modelos de gestión: mientras la presidencia municipal insiste en la intermediación de asesores externos sin arraigo local, los liderazgos seccionales exigen una interlocución basada en el conocimiento real de las calles y el cumplimiento de acuerdos.

La articulación de Ismael del Toro Castro, Eduardo Martínez Lomelí y Juan Francisco Ramírez Salcido como un contrapeso político consolidado confirma que el control real del territorio en Guadalajara no se ejerce por decreto desde la presidencia municipal. Si la actual gestión persiste en un esquema caracterizado por la distancia social y el despliegue puramente mediático, la brecha con la estructura tradicional terminará por condicionar irreversiblemente el futuro político de la capital de Jalisco.


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