Jorge Eduardo García Pulido
Tras concluir la actividad mundialista en nuestra ciudad, Amaury Vergara agradeció a los tapatíos por haber sido la mejor sede del torneo, celebrando un sueño cumplido. Como empresario, hay que reconocer que Amaury lo hizo bien: logró internacionalizar y profesionalizar la casa del Club Deportivo Guadalajara, siendo un anfitrión de altura, especialmente con la delegación de Corea del Sur, a quienes supo atender pese a las vicisitudes internas que ellos mismos enfrentaron. Es un logro que, desde la gestión empresarial, merece celebrarse; muchas felicidades a Amaury.
Sin embargo, a nivel personal, mi postura ha sido clara: no me sumé al fenómeno del *Fan Fest* ni me perdí en la marea mediática. He seguido los encuentros de México, pero me resulta imposible encontrar el sentido a dedicarle tanto tiempo y energía a una distracción que, en el fondo, no genera nada para el crecimiento real de nuestra gente.
Al final, este evento deportivo de verano en Guadalajara nos deja más que estadios vacíos; nos deja frente a un espejo roto. Se nos habló de una supuesta «derrama económica», pero ¿qué ganó realmente la ciudad? Cada día de partido, el gobierno decidió paralizar las actividades escolares y laborales bajo la excusa de buscar un flujo vehicular menos caótico y proyectar una imagen de orden que simplemente no existe. Son decisiones vacías y políticas ligeras diseñadas para maquillar nuestras carencias frente al turista. Mientras el gobierno gastaba los recursos del estado en esta cortina de humo, los problemas reales —la inseguridad, la crisis de desaparecidos y el abandono estructural— permanecen intactos.
Más allá de la crítica social, existe un peligro del que nadie quiere hacerse cargo: el impacto devastador en la salud mental de la población. Pasar abruptamente de la euforia artificial al vacío cotidiano tiene consecuencias terribles. Ese choque genera un estrés postraumático que convierte al individuo en un zombi funcional. El sistema nos impone un remedio perverso: la «resiliencia». Bajo esta etiqueta, aplicada como lo hacen las cúpulas internacionales en los ODS de la ONU, no buscan nuestro bienestar, sino que ignoremos el dolor y el agotamiento para que la cadena de consumo no se detenga. Nos quieren productivos y dóciles, orgullosos de aguantar presiones que, en realidad, son una forma de explotación diseñada por una oligarquía que empodera este gran espectáculo para su propio beneficio: los federativos, la FIFA, el gobierno y las marcas que están detrás.
Todo este montaje tiene una lectura clara: la visita del Rey de España no fue un evento casual, fue la coronación de un proyecto. Vinieron a ungir a sus majestades locales, los gobernantes que priorizaron este despliegue por encima de la realidad de su pueblo. Hicieron este gasto —un dispendio de recursos que no les pertenecen— con un objetivo único: pertenecer a la élite mundial. Para eso trabajan, para eso se movieron y para eso sacrificaron la estabilidad de una ciudad entera. Sinceramente, no veo que su visión alcance para más que para ese reconocimiento externo.
Ahora que la fiesta termina y el Mundial se aleja de nuestra geografía, dejarán los *Fan Fest* activos como una medida desesperada para prolongar ese vacío festivo hasta donde llegue la Selección. Pero es una invitación muy seria a que la gente deje de consumir esa adrenalina falsa. El fútbol es solamente una distracción, no es la vida misma. Debemos buscar nuestra estabilidad emocional, tener claras nuestras emociones y entender que, cuando el espectáculo se apague definitivamente, las autoridades ya no tomarán el papel que ahora fingen. Este vacío no debe ser una depresión por la fiesta perdida, sino el punto de quiebre para despertar. La verdadera dignidad no se encuentra en el aplauso del turista ni en la sumisión, sino en nuestra capacidad de mirar la realidad de frente, rechazar las etiquetas que nos explotan y tomar, por fin, el control de nuestro propio destino.
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