Por Jorge Eduardo García Pulido
En la arena pública, la congruencia es el cimiento de cualquier autoridad moral. Sin embargo, hay quienes prefieren transitar por el camino fácil de la grilla, ese terreno que Francisco Arana ha hecho suyo de tal manera que su actividad política parece reducirse a la obstaculización sistemática y al golpeteo por consigna. Su postura reciente, que cuestiona la presentación de la Banda El Recodo en Tonalá —un evento que buscó llevar un momento de esparcimiento a la población—, es un claro ejemplo de una visión política distorsionada por rencores personales y una notable ausencia de estatura moral.
Resulta revelador observar cómo Arana utiliza una vara de medir sumamente selectiva. Mientras lanza ataques al gobierno municipal por llevar música a los ciudadanos, guarda un silencio cómplice ante los despliegues presupuestales del gobernador Pablo Lemus. Es evidente la falta de tamaños morales cuando se trata de cuestionar las decisiones de su propio grupo político. Mientras el gobierno estatal organiza magnos eventos en la Minerva, con la presencia de artistas de renombre y recursos que claramente no corresponden a una política de austeridad, Arana omite cualquier crítica. Para él, parece que el gasto solo es condenable si se destina a Tonalá y si el promotor no cuenta con su simpatía.
La actitud del regidor obliga a cuestionar si realmente conoce conceptos fundamentales como la empatía, la carencia o la necesidad. Parece que su ejercicio político es más una herencia, un intento por replicar una figura paterna y una lealtad ciega a una estructura, antes que un compromiso genuino con quienes menos tienen. Resulta difícil comprender una postura que se pretende crítica desde la comodidad, ignorando las realidades que viven los tonaltecas día a día. ¿Cómo puede alguien que desconoce las carencias de nuestra periferia erigirse como juez del gasto municipal?
Esta falta de congruencia es, en esencia, el reflejo de un proyecto personal que no ha logrado despegarse de la sombra y del resentimiento. Al atacar la alegría popular de Tonalá, Arana no hace política; hace un uso mezquino de su cargo para intentar saldar deudas que no son de la ciudadanía. La política, cuando se ejerce desde la altura, exige valentía para señalar las injusticias allá donde ocurran, no solo donde el odio personal dicta el camino.
La ciudadanía merece representantes con la capacidad de mirar más allá de sus propios intereses y de la idolatría a figuras que le han fallado a Tonalá. Arana ha demostrado que su prioridad es sostener una forma de obstrucción que, lejos de beneficiar a nuestra gente, solo profundiza el olvido en el que el gobierno estatal ha mantenido a los suburbios del área metropolitana. Es momento de que la política en nuestro estado deje atrás estas prácticas de doble moral y se enfoque, de una vez por todas, en las necesidades reales de quienes habitan nuestras calles.
Acaso Francisco Arana tendrá los tamaños para pedir al gobernador que cancele ese tipo de eventos en la Minerva y exija, en cambio, que se termine la línea del Macroperiférico, que se genere obra pública real en Tonalá o que se garanticen mejores condiciones de vida para los ciudadanos; o simplemente, y lo digo con todas sus letras, ¿se trata solamente de que, de lengua, se come un taco?
Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que La Verdad Jalisco no se hace responsable de los mismos.




