
Por Carlos A. Anguiano
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Durante meses, el nombre de Donald Trump ha vuelto a dominar conversaciones públicas y privadas. No es casualidad. Su figura condensa tensiones más profundas: el reacomodo del poder global, la disputa por la hegemonía económica y el debilitamiento de los equilibrios que marcaron el final del siglo XX.
El mundo dejó atrás el esquema bipolar de la Guerra Fría para transitar a una etapa multipolar. Hoy compiten Estados Unidos, China, Rusia y bloques emergentes con capacidad económica, energética y tecnológica. En ese tablero, Europa muestra signos de desgaste estructural: menor crecimiento, presión migratoria y pérdida de peso geopolítico. En contraste, Asia y Medio Oriente han ganado centralidad.
En ese contexto, Trump no irrumpe como una anomalía, sino como una expresión clara de una estrategia nacional estadounidense: recuperar influencia global. Su narrativa —Make America Great Again— no es únicamente retórica electoral; responde a una preocupación real en amplios sectores de su país sobre pérdida de liderazgo frente a China y otros actores.
Conviene precisar: la política exterior de Estados Unidos no depende de una sola persona. Es una política de Estado con objetivos de largo plazo. Sin embargo, los estilos importan. Trump representa una versión más directa, confrontativa y mediática de esa estrategia. Comunica con claridad, simplifica mensajes complejos y conecta con una base electoral que demanda firmeza.
En materia internacional, el uso del poder económico, militar y tecnológico sigue siendo central. Las tensiones recientes en Medio Oriente —particularmente entre Israel e Irán— ilustran un patrón conocido: conflictos regionales con implicaciones globales. A ello se suma la guerra entre Rusia y Ucrania, que mantiene abierto un frente estratégico en Europa del Este.
No obstante, es importante evitar lecturas alarmistas. Aunque existe un incremento en conflictos simultáneos, no hay evidencia concluyente de una inminente tercera guerra mundial. Las potencias siguen operando bajo una lógica de contención: confrontan, pero evitando escaladas irreversibles, especialmente en el terreno nuclear.
Un elemento clave en este escenario es la economía. Históricamente, los periodos de conflicto han detonado procesos de innovación industrial, tecnológica y financiera. La industria armamentista, la logística, la energía y la tecnología suelen dinamizarse en contextos de tensión. Sin embargo, esto no implica que la guerra sea deseable, sino que forma parte de una lógica de poder donde los intereses económicos son determinantes.
Para México, el análisis debe ser sobrio. La relación con Estados Unidos es estructural, no coyuntural. Compartimos más de 3,000 kilómetros de frontera, un intercambio comercial superior a los 800 mil millones de dólares anuales y una integración productiva profunda. No hay margen para lecturas simplistas.
Las declaraciones de Trump sobre el crimen organizado en México deben leerse en clave política interna estadounidense. Sin embargo, también evidencian un problema real: la expansión del narcotráfico y la debilidad institucional para contenerlo. Negarlo no ayuda. Exagerarlo tampoco.
¿Existe riesgo de una intervención directa? En el corto plazo, no hay indicios firmes de una acción militar abierta. Sí hay, en cambio, presión creciente en temas de seguridad, migración y comercio. Estados Unidos actúa en función de intereses, no de afinidades.
En el plano interno, México atraviesa un proceso de reconfiguración del poder. La concentración política que caracterizó al sexenio anterior comienza a fragmentarse en distintos grupos. Esto es natural en sistemas democráticos, pero exige mayor coordinación y claridad estratégica.
El desafío central es evitar que la política interna debilite la capacidad de respuesta frente a un entorno internacional complejo. La seguridad, la inversión y la gobernabilidad no pueden quedar atrapadas en disputas de corto plazo.
El mundo está cambiando con rapidez. Estados Unidos busca reposicionarse, China avanza, los conflictos regionales persisten y las economías se reconfiguran. México no puede ser un espectador pasivo.
La tarea es clara: fortalecer instituciones, recuperar el control territorial, mejorar la competitividad económica y construir una política exterior pragmática. La soberanía no se defiende con discursos, sino con capacidad real de decisión.
Hoy más que nunca, se requiere una ciudadanía informada, crítica y participativa. Entender el contexto global no es un lujo académico, es una necesidad práctica. Lo que ocurre fuera impacta directamente en nuestra vida cotidiana.
El momento exige menos estridencia y más responsabilidad. Menos narrativa y más resultados. México tiene con qué salir adelante, pero necesita claridad de rumbo.
El llamado es sencillo: asumir la realidad sin miedo, exigir soluciones y participar activamente en la construcción de un país más fuerte. Porque en un mundo en disputa, la peor decisión es no decidir.
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