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El Grupo Político que Vendió la Dignidad de un Estado

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Jorge Eduardo García Pulido

Decía Ernesto Guevara de la Serna que al imperialismo no se le podía creer ni un tantito así —haciendo el gesto con los dedos para mostrar una rendija mínima pero definitiva—; hoy, esa advertencia se traslada al centro del movimiento en Jalisco. La rendija se abrió y por ella se escapó la dignidad de una oposición que hoy es indistinguible de su verdugo.

Resulta complejo de explicar cómo el Doctor Carlos Lomelí pudo confiar en Miguel de la Rosa para coordinar la bancada. Existe un contraste evidente: mientras el Doctor utiliza la conferencia matutina de los lunes para señalar con firmeza los fallos del gobierno estatal, en el Congreso la operatividad parece caminar en otro sentido. De la Rosa, desde una posición de comodidad, mantiene una comunicación que termina por beneficiar la agenda de Pablo Lemus.

El 18 de febrero será recordado en la historia política del estado como el día en que la esperanza de millones de ciudadanos fue desmantelada bajo el lenguaje edulcorado de la «cordialidad institucional». La fotografía de aquel encuentro entre el oficialismo y el coordinador de la bancada de MORENA, Miguel de la Rosa, no fue un acto de diplomacia, sino la escenificación de una entrega definitiva. Lo que llamaron «diálogo» fue el canje de la combatividad legislativa por una bolsa de doscientos millones de pesos; un recurso que, bajo el disfraz de apoyos municipales, ha servido como un eficaz sedante para una bancada que decidió archivar el humanismo mexicano en el cajón de las partidas presupuestales.

Esta crisis de identidad no es producto del azar, sino de una estrategia fallida encabezada por un grupo que, lejos de consolidar la transformación, parece estar cavando su fosa política. Figuras como Alfonso Ramírez Cuéllar y el Dr. Ramiro López Elizalde cargan hoy con la responsabilidad de una estructura que se desmorona desde adentro, operando bajo la lógica de una facción que, cínicamente, ya mira hacia la gubernatura del estado sin haber entregado resultados mínimos de congruencia. Al mimetizarse con las formas del oficialismo, este grupo ha dejado huérfana a una militancia que esperaba un contrapeso y no una sucursal del poder en turno.

Los traidores al humanismo son desde Tlaquepaque. En este municipio, el epicentro del extravío, la situación roza lo absurdo. Mientras San Pedro enfrenta retos críticos de seguridad y desarrollo, la administración de Laura Imelda Pérez vive en una barcarola de romanticismo político que no aterriza en soluciones reales. El ejemplo más nítido de este desprecio a la inteligencia ciudadana es su política de incentivar el pronto pago del predial regalando balones de fútbol. Cambiar la responsabilidad fiscal y la política pública por un objeto de cuero es la mejor metáfora de una gestión que trata a su gente con un asistencialismo básico y ramplón, mientras sus integrantes se reparten el futuro del estado en mesas de negociación opacas.

Ante este escenario de ambiciones desmedidas, perfiles institucionales como Lucio Ernesto Palacios Cordero, actual titular del Infonavit en Jalisco, deberían tomar distancia de esta «bola de nieve» que va a reventar en la nada. Un abogado y maestro por la UNAM con trayectoria en el Senado y la Cámara de Diputados no debería permitir que su nombre sea arrastrado por una facción que confunde el servicio público con el mercadeo presupuestal y que ha convertido la política jalisciense en una subasta de principios.

Jalisco no olvida. La dignidad se vendió el 18 de febrero, pero el costo electoral se cobrará con creces ante un grupo que ya no puede ocultar que su única brújula es la ambición de poder al costo que sea, convirtiéndose en el bloque que entregó la lucha de miles a cambio de migajas legislativas. La realidad es preocupante. Mientras el liderazgo del movimiento sostiene una batalla pública de confrontación, su coordinación legislativa parece haber diluido la postura crítica, permitiendo que la estrategia política se filtre y se debilite frente a la administración estatal. Al final, la falta de una línea común en el Congreso termina por restarle fuerza al reclamo del Doctor frente a la ciudadanía.


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