Por Carlos Anguiano
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Vivimos una paradoja democrática: nunca habíamos tenido acceso a tanta información pública y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil distinguir lo importante de lo accesorio, lo verdadero de lo falso y la información de la propaganda. Cada día llegan al ciudadano cientos de mensajes provenientes de gobiernos, partidos, funcionarios, aspirantes, medios y redes sociales. Hay cifras, anuncios, videos, encuestas, declaraciones, descalificaciones, promesas y respuestas inmediatas. El resultado no necesariamente es una sociedad mejor informada. Puede ser, por el contrario, una ciudadanía saturada, desconfiada y cansada.
A esto se le llama infoxicación: exceso de información que rebasa nuestra capacidad para procesarla, contrastarla y convertirla en conocimiento útil. En política, el problema adquiere una dimensión mayor porque la saturación puede convertirse en una herramienta de persuasión. Cuando todos hablan al mismo tiempo, el ciudadano puede terminar escuchando menos. Cuando una afirmación se repite cientos de veces, puede adquirir apariencia de verdad aunque carezca de sustento. Y cuando la discusión pública se llena de consignas, insultos, dogmas o medias verdades, el debate sobre los problemas reales queda desplazado.
El fenómeno será especialmente visible durante el proceso electoral 2026-2027. El INE señala que la jornada será el domingo 6 de junio de 2027 y que se renovarán las 500 diputaciones federales. Además, en coordinación con los organismos electorales locales, se elegirán gubernaturas, congresos locales, ayuntamientos y otros cargos; en conjunto, están en juego más de 19 mil cargos de elección popular. No es poca cosa: será un enorme volumen de candidatos, campañas, mensajes, plataformas, propaganda y contenidos circulando simultáneamente.
En ese escenario, la manipulación no necesariamente llegará como una mentira evidente. Puede presentarse como una cifra sin contexto, una fotografía engañosa, un video recortado, una encuesta utilizada como argumento de autoridad, una promesa imposible, una comparación incompleta o una afirmación diseñada para provocar miedo, enojo o entusiasmo. También puede aparecer desde cualquier lado del espectro político. El ciudadano no debería asumir que todo mensaje institucional es neutral ni que toda crítica opositora es automáticamente cierta. La responsabilidad democrática comienza precisamente cuando dejamos de creer por simpatía y empezamos a preguntar por evidencia. También exige reconocer una realidad incómoda: la desinformación funciona mejor cuando confirma aquello que ya queremos creer. Por eso, el ciudadano debe desconfiar tanto del mensaje que coincide perfectamente con sus convicciones como del que las contradice. La verificación no debe utilizarse para defender una preferencia, sino para corregirla cuando los hechos la desmienten.
Pero hay otra consecuencia menos visible: la apatía. El exceso de mensajes puede producir distancia. El ciudadano que recibe propaganda todos los días puede terminar pensando que todo es lo mismo, que nada cambia y que su participación no tiene sentido. Esa conclusión es peligrosa porque la saturación informativa puede terminar haciendo aquello que ninguna democracia debería buscar: que la gente deje de participar por cansancio.
Por eso, frente a la infoxicación electoral necesitamos menos ruido y más criterio. Antes de compartir, verificar. Antes de creer, preguntar. Antes de rechazar, conocer. Revisar quién afirma, qué evidencia presenta, cuándoocurrió el hecho y qué dicen las fuentes originales. Comparar propuestas concretas con resultados comprobables y no únicamente con discursos. La ciudadanía también puede aprender a administrar su atención: no todo mensaje merece una reacción y no toda polémica merece convertirse en debate.
La democracia no se fortalece con ciudadanos permanentemente indignados, sino con ciudadanos capaces de pensar, contrastar y decidir libremente. Tampoco se fortalece convirtiendo cada diferencia política en una guerra de identidades. Un gobierno puede tener aciertos y errores; una oposición puede formular críticas pertinentes y también exageraciones. Un candidato puede ofrecer propuestas valiosas y, al mismo tiempo, hacer promesas que deban ser revisadas. La madurez cívica consiste en evaluar cada afirmación por sus méritos y sus pruebas, no por la camiseta de quien la pronuncia.
En 2027 tendremos que convivir con una enorme cantidad de información política. El desafío no será recibirla toda, sino saber qué hacer con ella. La salida no es desconectarnos de la política, sino elevar nuestro nivel de exigencia frente a ella. Que la información no nos canse hasta la indiferencia; que nos prepare para participar. Porque frente a la propaganda, la mejor defensa ciudadana sigue siendo una sociedad informada, crítica y activa.
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