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Claudia Sheinbaum: un gobierno que empieza a transformar los resultados en legado

Emilio Ulloa

Hay gobiernos que administran el presente y gobiernos que intentan modificar el futuro. El segundo año de Claudia Sheinbaum permite sostener que su administración pertenece a la segunda categoría. A dos años de haber asumido la Presidencia de la República, el balance muestra algo más importante que una sucesión de cifras: la consolidación de un proyecto político que ha buscado dar continuidad a la transformación iniciada en 2018 y, al mismo tiempo, imprimirle un sello propio.
El principal mérito de la presidenta ha sido gobernar en un contexto particularmente complejo sin renunciar a las prioridades que ofreció a los mexicanos y su liderazgo ganado en las urnas. La economía ha enfrentado incertidumbre internacional, tensiones comerciales y un escenario geopolítico marcado por conflictos que afectan los mercados, los energéticos y las cadenas productivas. Sin embargo, México ha preservado su estabilidad macroeconómica, el empleo y una trayectoria favorable de los salarios reales.
No es un asunto menor. Durante décadas se quiso convencer a los mexicanos de que estabilidad económica y política social eran conceptos incompatibles. El gobierno de Sheinbaum ha demostrado que pueden coexistir disciplina económica, aumento de salarios, inversión pública y ampliación de derechos sociales. Pero si existe un ámbito donde el cambio comienza a ser particularmente visible es el de la seguridad.
La estrategia encabezada por la presidenta ha partido de una premisa distinta a la de los gobiernos que apostaron exclusivamente por la confrontación: inteligencia, coordinación institucional, investigación y persecución de las estructuras criminales. La conducción de Omar García Harfuch al frente de la estrategia federal ha contribuido a imprimir mayor capacidad operativa a las instituciones de seguridad.
La reducción de los homicidios representa, en este sentido, uno de los indicadores más importantes del segundo año de gobierno. No significa que el problema esté resuelto, ni sería responsable afirmarlo. México continúa enfrentando regiones donde la violencia criminal es una realidad cotidiana, pero tampoco sería serio desconocer que existe una tendencia favorable y que el Estado mexicano ha recuperado capacidad para enfrentar a organizaciones que durante años construyeron auténticos espacios de poder territorial.
La seguridad, además, ha comenzado a dejar de ser concebida exclusivamente como una cuestión policial. La política social, la recuperación de espacios públicos, la atención a los jóvenes y la generación de oportunidades forman parte de una estrategia más amplia. La idea es sencilla: un Estado que solamente persigue delincuentes llega tarde; un Estado que también genera condiciones de bienestar puede prevenir que miles de jóvenes sean capturados por las organizaciones criminales.
Otro de los grandes éxitos del gobierno de Sheinbaum se encuentra en la política social: las pensiones, las becas, los apoyos para mujeres y los programas destinados a jóvenes y sectores vulnerables han adquirido una dimensión que trasciende el asistencialismo. La apuesta consiste en convertir determinados apoyos en derechos sociales permanentes y en ampliar la capacidad del Estado para garantizar condiciones mínimas de bienestar.
Esta visión tiene una consecuencia política profunda. Durante los gobiernos del PRI y el PAN se convirtió en dogma la idea de que el Estado debía retirarse de la economía y limitar su responsabilidad social. La Cuarta Transformación ha planteado exactamente lo contrario: el Estado debe recuperar capacidades, intervenir donde sea necesario y colocar el bienestar de la población en el centro de las decisiones públicas.
Sheinbaum ha profundizado esa concepción.
También debe reconocerse el esfuerzo realizado en infraestructura. Los proyectos ferroviarios, carreteros, hidráulicos y energéticos expresan una idea de país que había perdido fuerza durante décadas: la infraestructura pública no es solamente una obra física, sino un instrumento de integración territorial, desarrollo económico y reducción de desigualdades.
Lo mismo ocurre con la salud y la educación. Son áreas en las que todavía existen enormes desafíos y donde los resultados no pueden medirse únicamente por el número de obras inauguradas o programas anunciados. Se necesita que el ciudadano perciba mejores hospitales, medicamentos disponibles, escuelas dignas, maestros mejor remunerados y servicios públicos eficientes. Pero sería igualmente injusto ignorar la magnitud del esfuerzo que representa reconstruir capacidades institucionales que fueron debilitadas durante años.
El segundo año de Claudia Sheinbaum tiene, además, una característica política fundamental: la presidenta ha conseguido mantener la continuidad del proyecto de transformación sin convertirse simplemente en una administradora del legado de Andrés Manuel López Obrador. Ese era uno de los principales interrogantes al comenzar su gobierno: ¿sería posible mantener la orientación política de la Cuarta Transformación y, al mismo tiempo, construir una identidad presidencial propia?
La respuesta comienza a ser evidente.
Sheinbaum ha desarrollado una forma de gobernar distinta. Su estilo es menos estridente, más técnico y profundamente institucional. Su formación científica se refleja en la manera de abordar problemas complejos y en la importancia que concede a la planeación. Pero detrás de esa personalidad existe una definición política clara: mantener al Estado como protagonista del desarrollo y preservar la prioridad de los sectores históricamente excluidos.
Por ello, el balance de estos dos años no debe reducirse a la popularidad presidencial ni a una lista de programas gubernamentales. Lo verdaderamente relevante es que México se encuentra inmerso en una disputa sobre el tipo de Estado que quiere construir. Y ahí se encuentra quizá el mayor éxito político de Claudia Sheinbaum.
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