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AQUELLOS A QUIENES NADIE QUISO MIRAR; MARTHA PACHECO: EL ARTE DE DEVOLVERLE UN ROSTRO AL OLVIDO

 

«Hay personas que no desaparecen del mundo. Desaparecen de nuestra mirada».

Por Mariana Navarro
Periodista cultural y escritora. Especialista en ética aplicada, comunicación e innovación con enfoque humano.

Hay rostros que una ciudad aprende a olvidar.

El hombre que duerme bajo un techo prestado por la noche. La mujer cuya existencia transcurre detrás de los muros de una institución psiquiátrica. El desconocido cuyo cuerpo permanece sobre una mesa de medicina forense, esperando que alguien pronuncie su nombre.

Alguna vez fueron niños. Alguien los sostuvo entre sus brazos. Tuvieron una voz, una historia, quizá una fotografía familiar donde todavía sonreían.

Pero llegó un momento en que la sociedad dejó de preguntar quiénes eran.

Y entonces apareció Martha Pacheco.

No para salvarlos. El arte, por sí solo, no puede corregir las injusticias del mundo.

Apareció para hacer algo que parecía sencillo y resultó profundamente perturbador: mirarlos.

Mirarlos hasta que la indiferencia dejara de ser una respuesta posible.

LA PINTORA QUE ELIGIÓ LO QUE OTROS EVITABAN

Nacida en Guadalajara en 1957, Martha Pacheco encontró en la pintura y el dibujo un territorio donde las certezas sociales podían ser cuestionadas.

Egresada de la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara e integrante del Taller de Investigación Visual, construyó una trayectoria de más de cuatro décadas que la situó entre las figuras relevantes de la pintura figurativa mexicana.

Pero su importancia no radicó solamente en el dominio de la técnica.

Su mirada se dirigió hacia los márgenes.

Mientras el mundo multiplicaba imágenes del éxito, la juventud y la belleza, Pacheco eligió representar a quienes rara vez eran invitados a formar parte de ese universo.

Su trabajo cuestionaba una convención profundamente arraigada: la idea de que únicamente lo hermoso, lo admirable o lo socialmente aceptado merece permanecer en una imagen.

Frente a esa tradición, la artista parecía formular otra posibilidad.

También la vulnerabilidad tiene un rostro.

También la muerte pertenece a la historia humana.

También quien ha sido excluido conserva una dignidad que ninguna circunstancia debería arrebatarle.

Sus series no ofrecían un consuelo fácil.

Mucho menos una belleza complaciente.

Obligaban a mirar aquello que habitualmente procuramos mantener lejos.

Y esa decisión estética encerraba una interrogación moral.

¿Qué revela de nosotros aquello que somos incapaces de mirar?

EL SILENCIO QUE HABITA UNA IMAGEN

Hay una diferencia profunda entre observar el sufrimiento y reconocer a quien lo padece.

La primera acción puede quedarse en la curiosidad. La segunda exige una respuesta interior.

Cuando una persona aparece en una obra de arte, su imagen adquiere una permanencia que quizá nunca tuvo en la mirada pública.

Sin embargo, esa representación también plantea preguntas difíciles.

¿Quién decide qué sufrimientos pueden exhibirse?

¿Qué ocurre con la intimidad de quienes no pudieron autorizar su representación?

¿Dónde termina el testimonio artístico y comienza el riesgo de convertir el dolor ajeno en espectáculo?

La obra de Martha Pacheco no debería quedar al margen de estas preguntas.

Por el contrario, su legado ofrece una oportunidad para discutirlas con profundidad.

Porque la ética del arte no consiste únicamente en proteger la libertad creadora.

También exige reconocer la humanidad de aquellos a quienes el arte representa.

La sensibilidad no queda demostrada por la intensidad de una imagen, sino por el respeto con que se aproxima a una vida ajena.

Y quizá ahí se encuentra una de las tensiones más fecundas de su producción.

Pacheco llevó al espacio artístico experiencias que nuestra sociedad había relegado al silencio.

No eliminó ese silencio.

Lo hizo visible.

CUANDO LOS ARCHIVOS TAMBIÉN RECUERDAN

En el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara se presenta actualmente la exposición Martha Pacheco. Archivo y memoria, abierta del 25 de septiembre de 2026 al 10 de enero de 2027.

Bajo la curaduría de Patricia Montelongo Calleja, la muestra reúne más de doscientos elementos, entre obras, fotografías, dibujos, esculturas, estampas y documentos pertenecientes a distintas etapas de su trayectoria.

Por primera vez, parte de su archivo personal se presenta en diálogo con su producción artística.

Hay bocetos, anotaciones y procesos creativos que permiten aproximarnos a la manera en que construyó sus imágenes.

Y ese encuentro entre obra y documento modifica nuestra comprensión de la artista.

Una pintura terminada puede parecer definitiva.

Un boceto revela, en cambio, que detrás de esa aparente certeza existieron búsquedas, decisiones y caminos descartados.

El archivo recuerda que toda creación tiene una vida anterior.

Que antes de una imagen hubo observación.

Antes de una composición hubo preguntas.

Y antes de convertir a alguien en protagonista de una obra fue necesario detenerse frente a su existencia.

La exposición posee, además, una dimensión significativa para Guadalajara.

Recupera el legado de una creadora formada en sus instituciones culturales y proyectada posteriormente hacia circuitos nacionales e internacionales.

Pero no debería limitarse a una celebración retrospectiva.

También puede convertirse en una oportunidad para preguntarnos qué clase de ciudad hemos construido.

Una ciudad puede inaugurar museos, multiplicar festivales y presumir una programación cultural extraordinaria.

Sin embargo, su verdadera relación con la cultura también se revela en la manera en que trata a quienes habitan sus márgenes.

Porque el arte no existe únicamente para decorar nuestra idea del mundo.

A veces existe para demostrar que esa idea está incompleta.

LOS NOMBRES QUE SE QUEDARON ATRÁS:

Conviene establecer una distinción indispensable.

La pintura no sustituye las responsabilidades de las instituciones. Una obra tampoco puede hablar en nombre de todas las personas que experimentan situaciones semejantes.

Pero sí puede modificar nuestra percepción.

Puede impedir que un problema quede reducido a una cifra.

Puede recordarnos que detrás de las clasificaciones administrativas existen biografías.

El arte puede acercarnos a esa ausencia.

No para completarla artificialmente, sino para impedir que dejemos de preguntarnos por ella.

Y quizá esa sea una de sus responsabilidades más importantes en una sociedad acostumbrada a recibir imágenes sin detenerse a comprenderlas.

La sensibilidad también necesita educación.

No basta con ver.

Es necesario aprender a mirar.

LA ÚLTIMA MIRADA

Martha Pacheco murió en 2021.

Su obra permanece en museos, colecciones y archivos. La exposición del MUSA permite reencontrarnos con su trayectoria, estudiar sus procesos y abrir nuevas preguntas sobre el lugar que ocupa su creación en la historia del arte mexicano.

Pero el sentido más profundo de ese encuentro no termina al abandonar las salas.

Continúa afuera.

En la calle por donde caminamos apresuradamente.

En el hospital donde alguien espera una visita que quizá no llegará.

En las instituciones donde se acumulan expedientes que, antes de ser documentos, fueron vidas.

El arte no puede obligarnos a ser compasivos.

Pero puede mostrarnos el instante exacto en que decidimos dejar de serlo.

Y esa revelación puede resultar más incómoda que cualquier imagen.

Volvamos entonces al principio.

A esos rostros que una ciudad aprende a olvidar.

El hombre bajo el techo prestado por la noche.

La mujer detrás de los muros.

El desconocido cuyo nombre todavía falta.

Siguen siendo personas, aunque nuestra atención se haya retirado de sus historias.

Martha Pacheco no les concedió la dignidad. La dignidad ya les pertenecía.

Lo que hizo fue recordarnos que habíamos dejado de reconocerla.

CONCLUYENDO

Y ahora que conocemos su mirada, resulta imposible formular la misma pregunta de antes.

Ya no se trata únicamente de saber por qué ella decidió mirar a quienes otros evitaban.

La pregunta verdaderamente importante es otra:

¿A quién estamos dejando de mirar nosotros?

Porque hay personas que no desaparecen del mundo.

Desaparecen de nuestra mirada.

Y tal vez la primera forma de devolverlas a nuestra conciencia sea tener el valor de volver los ojos hacia ellas.


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