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El verdadero orgullo de ser mexicanos

Por Carlos Anguiano

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Septiembre tiene algo que ninguna campaña política puede fabricar: la capacidad de recordarnos quiénes somos. Basta ver una bandera mexicana ondeando en una plaza, escuchar los primeros acordes del Himno Nacional o contemplar a miles de familias reunidas para celebrar nuestras fiestas patrias para entender que el patriotismo, cuando es auténtico, no necesita consignas partidistas. México es mucho más grande que cualquier gobierno, presidente, partido o ideología.

Por eso estas fechas deberían servir también para revisar una tarea que hemos dejado en segundo plano: fortalecer el civismo desde las escuelas. No como una materia decorativa ni como un conjunto de fechas que los estudiantes memorizan para aprobar un examen, sino como una formación permanente para comprender lo que significa ser mexicano y, sobre todo, lo que significa ser ciudadano. Respetar a los demás, cumplir las leyes, participar, escuchar al que piensa diferente, cuidar los espacios públicos, rechazar la corrupción y actuar con solidaridad también son expresiones de amor a México.

Tenemos razones de sobra para sentir orgullo. Somos una nación con una riqueza cultural extraordinaria, con tradiciones que han sobrevivido generaciones, con una gastronomía reconocida en el mundo, con música, literatura, pintura, arquitectura, artes populares y un folclore que forman parte de nuestra identidad. Desde las grandes civilizaciones originarias hasta las expresiones contemporáneas, México ha construido una cultura propia, diversa y profundamente reconocible.

También emociona encontrar nuestros símbolos nacionales lejos de nuestras fronteras. En una pelea de box, en un partido de futbol, en unos Juegos Olímpicos o en cualquier competencia internacional, ver izarse la bandera y escuchar el Himno Nacional cuando un mexicano alcanza la victoria produce una emoción difícil de explicar. Lo hemos vivido recientemente con deportistas que han llevado el nombre de México a escenarios internacionales, como Isaac del Toro en el ciclismo. Más allá de preferencias políticas, esos momentos nos recuerdan que hay algo que nos une.

Pero justamente por eso debemos tener cuidado con el falso nacionalismo. Amar a México no significa amar a un partido político. Defender a un gobierno no equivale a defender a la patria. Convertir los símbolos nacionales en instrumentos de propaganda partidista es un despropósito y, además, una práctica profundamente contraria al espíritu democrático. La bandera pertenece a todos; el Himno Nacional pertenece a todos; la historia y la identidad de México pertenecen a todos.

Nadie puede apropiarse de la patria para descalificar a quien piensa diferente. Tampoco es ético utilizar el sentimiento nacional para intentar convertir una opción política en sinónimo de mexicanidad. México es plural, diverso y democrático. Cabemos quienes pensamos distinto, quienes votamos diferente y quienes tenemos distintas maneras de entender el futuro del país. El verdadero patriotismo no exige uniformidad: exige respeto.

En las escuelas debemos recuperar con mayor fuerza la educación cívica. Nuestros niños y jóvenes necesitan conocer la historia, pero también comprender los valores que hicieron posible construir una República: libertad, responsabilidad, justicia, igualdad, respeto, participación y solidaridad. Necesitan saber que ser mexicano no consiste únicamente en celebrar el 15 de septiembre, sino en comportarse todos los días como ciudadanos dignos de este país.

Y esa enseñanza no puede quedar solamente en manos de los maestros. Cada madre y cada padre tiene una responsabilidad enorme. Enseñemos a nuestros hijos a amar a México sin odio hacia nadie; a respetar nuestra bandera y entonar el Himno Nacional con orgullo y pasión; a conocer nuestras tradiciones y valorar nuestra cultura. Pero, sobre todo, enseñémosles a ser buenos ciudadanos: honestos, responsables, solidarios, respetuosos de la democracia y capaces de tender la mano a quien lo necesita.

Por eso, en estas fiestas patrias hagamos cada uno nuestra parte. Cada madre, cada padre, cada maestro tiene en sus manos la posibilidad de formar mejores mexicanos. Enseñemos a nuestros hijos a conocer y valorar nuestra historia, a respetar la bandera, a cantar nuestro Himno Nacional con orgullo y pasión, pero también a entender que ser mexicano implica responsabilidad, solidaridad, honestidad y respeto por quien piensa diferente.

Que este septiembre no sea solamente una celebración. Que sea un compromiso. El compromiso de recuperar el civismo, fortalecer nuestra democracia y construir desde nuestras familias comunidades más unidas, más respetuosas y más solidarias.

Porque México no pertenece a un partido, a un gobierno ni a una ideología. México nos pertenece a todos. Y el mejor modo de demostrar que lo amamos es trabajar, cada día, para dejarlo un poco mejor de cómo lo encontramos. El mejor homenaje que podemos rendirle a México es construir, desde nuestra familia y nuestra comunidad, el país que queremos dejar a nuestros hijos.


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