Por: Redacción
Hay verdades de las que poco se habla en los cafés políticos o en las reuniones donde se reparte el papel carbón de las decisiones. Se calla cotidianamente lo que significa caminar varias horas bajo el sol para conseguir una consulta médica, se minimiza el rezago con el que viven cientos de familias en la sierra y se pasa por alto que el verdadero desarrollo de nuestro norte no puede medirse con cifras alegres de escritorio, sino con la realidad que se vive a ras de suelo.
Frente a esa inercia de simulación, voces como la de José Ángel Madera Solís ponen el dedo en la llana y llaman a sacudirse los diagnósticos cómodos. Para el dirigente ganadero, la brújula del trabajo político y social en Mezquitic tiene una sola dirección: la equidad entendida como piso parejo. Y cuando se habla de piso parejo en esta geografía agreste, el balance es muy claro sobre lo que se ha dejado de hacer y lo urgente que resulta rescatar.
Lo primero es entender que la calidad de vida en las comunidades no es un favor que se otorga en tiempos electorales, sino una deuda histórica que hay que saldar con trabajo diario. No podemos hablar de un municipio próspero cuando existen zonas apartadas donde la infraestructura básica sigue siendo un pendiente monumental. Mejorar las condiciones cotidianas de la gente implica garantizar que el esfuerzo de quienes trabajan el campo, de los pequeños comerciantes y de cada familia encuentre un eco real en apoyos eficientes, caminos dignos y oportunidades reales de crecimiento económico.
Pero este balance no estaría completo si no se coloca en el centro a quienes han sostenido la identidad y la resistencia de esta tierra: la comunidad Wixárika. Reconocer la importancia de los pueblos originarios va mucho más allá de colgarse una medalla discursiva o presumir su cultura en los folletos turísticos. Consolidar condiciones de vida dignas para ellos significa respetar su autonomía, blindar su territorio contra el abandono y asegurar que su sabiduría ancestral conviva con servicios públicos de calidad que no sacrifiquen sus tradiciones.
Blinda a la comunidad Wixárika como un patrimonio vivo no es solo un acto de justicia para Mezquitic, sino una responsabilidad con Jalisco y con el mundo entero. Estamos hablando de uno de los últimos reductos de identidad profunda que le quedan al estado, una riqueza cultural que nos define a todos y que hoy exige dejar de ser vista como paisaje para convertirse en la prioridad central de cualquier proyecto que aspire a transformar las cosas de verdad.
La apuesta que exige la región no admite medias tintas. Se trata de hacer un alto en el camino, sacudirse las inercias y demostrar que se puede gobernar con los pies en la tierra, entendiendo que el único progreso válido es aquel donde nadie se queda atrás y donde la dignidad de nuestra gente se convierte en ley de todos los días.
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