Jorge Eduardo García Pulido.
La simonía institucional no es un vestigio superado por la modernidad administrativa, sino una práctica cotidiana que encuentra en el ejercicio del poder terrenal su forma más cruda y degradante. En los pasillos del Idef, la jerarquía se ejerce frecuentemente bajo dogmas de sumisión absoluta donde los antiguos relatos de fe ciega se transforman en parábolas de cobardía burocrática, dejando al descubierto que el sacrificio de los afectos familiares resulta un costo menor para quienes han decidido habitar cómodamente en la posición de lacayos.
La narrativa bíblica del monte Moriah plantea una prueba límite de confianza donde la intervención divina frena la tragedia en el último instante, sustituyendo al hijo por un cordero en el matorral. Sin embargo, en la versión tropicalizada que protagonizan personajes de la talla política y administrativa de Salvador Cosío Gaona, el milagro brilla por su ausencia y la crueldad del mandato no busca honrar a ninguna divinidad, sino satisfacer el apetito de control absoluto que caracteriza a los pequeños caciques de oficina. Ahí se exige la cabeza laboral del prójimo, y el poder se impone no por la razón o la justicia, sino por la capacidad de infligir destierro y vulnerabilidad a discreción.
Lo verdaderamente reprochable en este drama institucional no radica exclusivamente en la voracidad del jerarca que ordena la ofrenda, sino en la patética disposición del subordinado para ejecutarla sin chistar. Pablo García Arias encarna a la perfección al vasallo dispuesto a inmolar el porvenir y el sustento de su propia sangre con tal de preservar la venia del superior. En este altar moderno no hay ángeles salvadores ni ramos providentes; hay únicamente un silencio sepulcral que delata la mezquindad de quien antepone su frágil y efímera posición de empleado sumiso frente al sagrado deber elemental de proteger a su familia.
Al final, la historia se repite como farsa y como tragedia en los entresijos del servicio público regional. Los tiranos de escritorio continúan exigiendo ofrendas de dignidad ajena, confiando en que siempre habrá suficientes lacayos dispuestos a entregar el apellido y el pan de sus propios hijos a cambio de mantener una miserable cuota de complicidad. La verdadera condena para estos personajes no es el juicio temporal de la administración pública, sino la certeza perpetua de haber cambiado la lealtad filial por las migajas de un poder tan transitorio como indigno.
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