Por: Jorge Eduardo García Pulido.
La política, cuando se ejerce desde la simulación, deja de ser una herramienta de transformación para convertirse en un lastre para los proyectos que buscan genuinamente el bienestar común. En el caso del Partido del Trabajo en Jalisco, la gestión del Comisionado Político Nacional, José Luis Sánchez González, ha quedado marcada por una profunda contradicción ética que pone en duda la integridad de la dirigencia frente a los cuadros que sí arrojan resultados para la sociedad.
Resulta insostenible la postura de José Luis Sánchez González al mantener una promesa de continuidad frente al diputado Sergio Miguel Martín Castellanos, mientras que, en la opacidad de los encuentros privados, se encarga de desestimar su permanencia. Esta doble moral no solo es una falta de respeto al trabajo legislativo, sino una estrategia de debilitamiento dirigida contra un perfil que ha demostrado ser un motor de gestión eficaz para los jaliscienses. El señalamiento recurrente de la dirigencia, al asegurar que ni el Partido del Trabajo ni el movimiento de la Cuarta Transformación respaldan al legislador, ignora deliberadamente el compromiso de unidad y fraternidad que debe regir a cualquier integrante de este instituto político, donde las diferencias, de existir, no deben ser expuestas como instrumento de ataque contra un compañero.
La crítica que se intenta articular desde la dirigencia contra la labor del diputado carece de sustento ante el respaldo social y los logros tangibles obtenidos en favor del sector agroalimentario del estado. En sus giras de trabajo, el diputado Sergio Miguel Martín Castellanos mantiene un contacto directo con la gente, atendiendo a quienes los actores políticos locales y ciertos círculos cercanos a la dirigencia prefieren ignorar o dejar fuera del esquema de atención. Es precisamente ese trabajo de cercanía, sumado a una gestión de recursos para el campo mexicano que no es un beneficio personal sino una responsabilidad cumplida con resultados sin precedentes, lo que define su labor. Es un error estratégico y una falta a la ética de servicio confundir la capacidad de gestión y la influencia política con una deslealtad al proyecto. Quien ostenta una posición de mando tiene la obligación estatutaria de ser el principal promotor de la cohesión y el respeto hacia sus compañeros, evitando a toda costa la descalificación pública o privada que tanto daño hace a la vida interna del partido.
Para comprender la magnitud de la crisis que atraviesa la dirigencia estatal, basta con contrastar dos realidades. Por un lado, Sergio Miguel Martín Castellanos ha trabajado en pro de Jalisco sin distinción de banderas políticas, logrando posicionar al Partido del Trabajo como una pieza estratégica en el tablero estatal, siempre alejado de los escándalos. Por otro lado, la agenda del Comisionado Político Nacional parece distanciarse de la realidad territorial. Si bien la causa palestina es una bandera humanitaria legítima y necesaria frente a la tragedia del genocidio, es un hecho que ni Palestina ni Venezuela votarán para alcanzar el crecimiento del tres por ciento que el Partido del Trabajo requiere urgentemente en Jalisco. La falta de gestión territorial ha estancado al partido, mientras la dirigencia prioriza causas ajenas a las necesidades apremiantes de los ciudadanos de nuestro estado.
La hipocresía se extiende también hacia la figura de Leonardo Almaguer, cuya cercanía con la dirigencia parece haber expirado en el momento exacto en que dejó de ser útil a sus intereses, replicando el patrón de abandono hacia quienes en su momento le brindaron apoyo. Asimismo, resulta alarmante la narrativa que busca imponer el Comisionado al sentenciar que el diputado Guízar tampoco tendrá lugar en el proyecto, revelando una agenda de exclusión sistemática. Esta falta de palabra se agrava con los señalamientos sobre el incumplimiento de compromisos empeñados con líderes sindicales a quienes solicitó ayuda y que hoy esperan, sin éxito, que la palabra dada se cumpla permitiendo que su suplente tome posición. El Partido del Trabajo merece una dirigencia que honre su palabra y fortalezca su presencia en el territorio, no una que sacrifique a sus mejores perfiles para sostener una ambición personal que, hasta ahora, solo ha cosechado división y resultados invisibles.
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