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El Mundial que no puede ocultar a México

Por Carlos Anguiano

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Cuando el balón ruede y los estadios se llenen durante la Copa Mundial de la FIFA 2026, México buscará presentarse ante el mundo como una nación moderna, vibrante y hospitalaria. Habrá ceremonias impecables, campañas internacionales de promoción turística y discursos oficiales cargados de orgullo nacional. Las imágenes mostrarán ciudades iluminadas, aficionados celebrando y una narrativa cuidadosamente construida alrededor de la fiesta deportiva más importante del planeta. Pero fuera de los estadios existe otro México. Uno que no desaparece porque las cámaras decidan mirar hacia otro lado.

El Mundial llegará en uno de los momentos más complejos para el país en las últimas décadas. La presión de Estados Unidos sobre el gobierno mexicano en materia de seguridad y combate al crimen organizado ha escalado de manera evidente. Las acusaciones de narco política, los señalamientos contra funcionarios y autoridades locales, así como las exigencias de mayor contundencia frente a los cárteles, ya forman parte de la conversación diplomática permanente entre ambos países. El problema dejó de ser únicamente de percepción internacional; hoy representa un asunto de credibilidad institucional.

A ello se suman escándalos recientes que exhiben el nivel de penetración criminal en distintas estructuras del Estado. El llamado “huachicol fiscal” mostró redes complejas donde operadores ilegales, empresarios, funcionarios aduanales y estructuras de corrupción permitieron durante años pérdidas multimillonarias para el país. El fondo del problema no es solamente el robo de combustible o la evasión fiscal. Lo verdaderamente alarmante es la sensación cada vez más extendida de que el crimen organizado no siempre opera fuera del sistema, sino muchas veces dentro de él o protegido por él.

Diversos sectores sociales advierten que aprovecharán la atención mediática internacional para visibilizar problemáticas que durante años han sido ignoradas. Transportistas, productores agrícolas y organizaciones civiles han planteado posibles protestas y bloqueos durante el torneo para denunciar inseguridad carretera, extorsiones, abandono económico y violencia regional. No se trata de grupos que estén en contra del fútbol. Son ciudadanos que entienden que, en México, muchas veces el poder solamente escucha cuando existe presión pública internacional.

Sus denuncias no parten de exageraciones. Responden a una realidad cotidiana que millones de personas viven todos los días. Hay regiones enteras donde circular por carretera implica temor constante; municipios donde la extorsión se ha normalizado; comunidades donde el Estado aparece solamente en temporada electoral o después de una tragedia. El Mundial podrá traer espectáculo, inversión y turismo, pero difícilmente logrará borrar la percepción de inseguridad que acompaña a buena parte del territorio nacional.

También existe una herida aún más profunda que cualquier estrategia de comunicación gubernamental difícilmente podrá ocultar: la crisis de desapariciones forzadas. México vive una tragedia humanitaria imposible de ignorar. Colectivos de madres buscadoras y miles de familias buscan a sus hijos, hermanos o padres en fosas clandestinas, terrenos abandonados y registros oficiales incompletos. El país acumula más de cien mil personas desaparecidas y detrás de cada cifra existe una historia rota, una familia destruida y una deuda moral pendiente.

Activistas sociales han señalado que utilizarán el escaparate internacional del Mundial para recordar al mundo que, detrás de la fiesta, existe un país atravesado por el dolor y la impunidad. Y tienen razón. El verdadero patriotismo no consiste en esconder las tragedias para proteger la imagen gubernamental; consiste en exigir justicia incluso cuando resulta incómodo para el poder.

A esto se suman otros riesgos históricamente vinculados a eventos masivos internacionales, como la trata de personas y la explotación sexual en corredores turísticos vulnerables. La combinación entre turismo masivo, impunidad y presencia criminal representa un desafío enorme para las autoridades, particularmente en un contexto donde las capacidades institucionales siguen mostrando importantes limitaciones.

México no tendría por qué avergonzarse de su cultura, de su gente ni de su capacidad de organización. El país posee talento, creatividad y una enorme fuerza social. Lo verdaderamente preocupante es la normalización del fracaso institucional, la costumbre política de administrar las crisis en lugar de resolverlas y la obsesión por controlar la narrativa antes que enfrentar la realidad.

El Mundial puede convertirse en una vitrina extraordinaria para México, pero también en un espejo incómodo. Porque mientras el mundo celebra goles y consume la imagen festiva del país, millones de mexicanos seguirán viviendo con miedo a desaparecer en una carretera, a ser víctimas de extorsión o a pasar años buscando a un familiar sin obtener respuesta del Estado. El problema nunca ha sido que el mundo vea nuestras heridas. El verdadero problema sería que nosotros sigamos fingiendo que no existen.


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